El rey Manuel I de Portugal fue en realidad un personaje afortunado. Durante su reinado, los navegantes portugueses se expandieron por el Atlántico y el Índico; con él floreció el arte (estilo Manuelino), y con sus empresas marítimas creció la riqueza de Portugal. Satisfecho con tanto bien, Manuel I viajó en 1502 a Santiago de Compostela, para dar gracias al Apóstol Santiago.
Por Tomás Alvarez
Sin ser tan famosa como la peregrinación de la reina santa Isabel de Portugal, la de don Manuel I también es una de las más notables de la monarquía portuguesa y –sobre todo- más documentada.

Composición con detalle de retrato del rey Manuel I (Museu de Marinha), y una joya de arte manuelino portugués: la iglesia del monasterio de los Jerónimos de Lisboa( fotografía de Beatriz Alvarez). Estuvo Manuel I en Compostela en el año 1502
Un gran rey
Este rey portugués recibió el apelativo de “el afortunado” por los hechos acaecidos en su tiempo de gobierno. Nació en 1469 cerca de Lisboa, en la villa de Alcochete, ubicada en la desembocadura del Tajo. Falleció en Lisboa en 1521.
En el año 1495 fue designado sucesor del trono portugués por su primo Juan II, en una época de notable protagonismo de Portugal en la navegación por los océanos. Los años sucesivos siguieron siendo exitosos para la historia del país. Vasco de Gama descubrió la ruta hacia el Índico bordeando África del Sur, Álvarez Cabral llegó a Brasil, se establecieron colonias en Oriente… y sus empresas florecierron en las costas sureñas asiáticas, comerciando con productos que proporcionaron riqueza y prestigio.
Monarca religioso, se preocupó de los asuntos de la iglesia e impulsó el arte del final del gótico. Prueba de ello son, por ejemplo, el grandioso monasterio de los Jerónimos y la torre de Belén, en la propia ciudad de Lisboa. Al estilo artístico de este periodo se denominaría Manuelino, por el nombre del monarca.
Política matrimonial
Otra iniciativa de gran calado fue su vinculación con la política matrimonial de los Reyes Católicos. Don Manuel se casó con Isabel de Aragón, hija de los monarcas hispanos y cuando falleció Juan, el único hijo varón de estos, Isabel pasó a ser heredera de todos los reinos peninsulares. La unión no se llegó a producir por la muerte de la propia Isabel.
Los historiadores lo han tratado con gran respeto y han dejado patente su elevada religiosidad que le llevó a peregrinar a Compostela. En la Crónica de Don Manuel, Damião de Góis se relata aquel viaje, iniciado en octubre de 1502.
El rey partió a la ciudad de Apóstol, satisfecho por la expansión portuguesa por los mares del Orbe. En 1500 se había descubierto la costa brasileña y un año más tarde empezó su exploración. En el mismo 1502 Portugal descubrió la isla de Santa Elena, que sería en el futuro un enclave estratégico para el avance hacia el Atlántico sur. Y también se llegó a la India…

Portada de la iglesia del monasterio de la Santa Cruz de Coímbra, obra de estilo manuelino, reformada en el XIX con una entrada barroquizante. Es uno de los monumentos de mayor interés histórico y cultural de Portugal. Imagen de Tomás Alvarez
Don Manuel I en Compostela
El rey salió desde Lisboa y marchó hasta Coímbra, donde visitó el convento de Santa Cruz. Allí vio la tumba del rey Alfonso I; sepultura que le pareció excesivamente humilde para el valor histórico del monarca fundador del reino de Portugal. Como resultado de aquel viaje, en 1507, el rey hizo reconstruir el monasterio y dignificar el enterramiento.
De Coímbra pasaría por Montemor o Velho, Aveiro y Oporto, donde ordenó construir también una nueva sepultura para los restos de san Pantaleón, patrono de la ciudad.
Sin dar publicidad a su marcha, el monarca siguió hacia el norte y pasó desde Valencia do Miño a Tuy. Desde allí, la comitiva real siguió el camino directo a Compostela, ciudad en la que se reveló ya la calidad del viajero. Manuel I sería recibido con gran pompa por los dignatarios religiosos, civiles y la nobleza gallega.
Una lámpara de plata para la catedral de Santiago
El Monarca permaneció tres días en la ciudad del Apostol, en los que hizo diversas donaciones, regresando seguidamente a Lisboa.
Poco después de su llegada a la capital portuguesa, encargó una gran lámpara de plata con forma de castillo, para la catedral de Santiago, pieza que –según el relato de Damião de Góis- “era la más rica de todas las que se habían ofrecido en aquel lugar hasta entonces”. No se olvidó de dotar a la sede compostelana de las correspondientes rentas, para que la lámpara diera luz continuamente, día y noche, “como siempre lo hizo después”.
Por desdicha, aquella lámpara donada por el rey «desapareció» en el curso de los siglos. Se cree que pudo ser robada durante la invasión napoleónica, en los inicios del siglo XIX… La historia de materiales «desaperecidos» de la Seo compostelana es amplia, y de numerosas épocas.
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