La revista Peregrino, editada por la Federación Asociaciones de Amigos del Camino de Santiago, publica en su número (224), correspondiente a abril de 2026, la segunda entrega de un trabajo de Tomás Alvarez, titulado Hospitalidad: una historia milenaria; entrega que se reproduce con autorización de dicha publicación.

Hospitalidad: una historia milenaria (II)

restos del monasterio y hospital de Santa Cristina, en Somport

En medio del paisaje pirenaico, unas humildes ruinas cargadas de historia: los restos del monasterio y hospital de Santa Cristina. Fotografía de Tomás Alvarez

Es cierto que se han dicho excelencias de los centros hospitalarios. Ya en el libro V del Códice Calixtino se pondera la hospitalidad del centro de acogida de Santa Cristina, en la ruta del Somport, cerca de Jaca:  “El Señor instituyó en este mundo -dice el mencionado texto–  tres columnas muy necesarias para el sostenimiento de sus pobres, a saber, el hospital de Jerusalén, el de Mon-Joux (puerto del Gran San Bernardo) y el de Santa Cristina, que está en el Somport. Estos tres hospitales están colocados en sitios necesarios; son lugares santos, casas de Dios, reparación de los santos peregrinos, descanso de los necesitados, consuelo de los enfermos, salvación de los muertos, auxilio de los vivos. Así, pues, quien quiera que haya edificado estos lugares sacrosantos poseerá sin duda alguna el reino de Dios”.

No gozó de menor predicamento el de Roncesvalles, del que se conoce el famoso poema de La Preciosa, del siglo XIII, en el que se dice: “En él nadie siente el rigor el frío, ni la pobreza ni la esterilidad, pues aquí permanece siempre la fuente de la bondad; que ahuyenta el hambre y toda necesidad”.

Junto a los anteriores no iba en zaga el Hospital del Rey de Burgos, famoso por su grandeza y su excepcional menú. Textos del siglo XVI indican que se daba allí a cada peregrino un buen pan, vino, sopa con tocino, y abundante carne.

Hospitales famosos… y los humildes

La Preciosa es un códice medieval conservado en Roncesvalles, con un bello poema sobre la caridad del centro. En la Imagen, la talla gótica de Santa María,

La Preciosa es un códice medieval conservado en Roncesvalles, con un bello poema sobre la hospitalidad del centro. En la Imagen, la talla gótica de Santa María, en la Colegiata. Fotografía de José Holguera

Pero esa abundancia no nos debe confundir porque en la mayoría de los hospitales rurales la atención no iba más allá de un sencillo lecho y tal vez un fogón para calentarse o hacer un caldo caliente. La oferta era techo y fuego, y tal vez un poco de pan. Esa era la realidad que nos revelan las crónicas. La del clérigo boloñés Domenico Laffi nos dice, por ejemplo, que cuando pasó por Hontanas, el lecho fue el propio suelo y la comida un trozo de pan con ajo que le dieron generosamente unos peregrinos alemanes.

Los propios peregrinos se sorprenden cuando en algún pequeño hospital rural les dan una provisión inusual. Así ocurría en San Martín del Camino, un pueblo leonés estepario y pobre, donde según revela el Catastro del Marqués de la Ensenada no existía antaño ni siquiera un solo árbol. Al pasar por allí, el carmelita italiano Giacomo Antonio Naia, elogió el trato recibido en el hospital del lugar, y el francés Guillaume Manier -aún más explícito- precisó que al llegar al hospital él y sus compañeros recibieron una libra de pan y medio cuarto de manteca, metida en piel; además de “aceite de oliva para hacer la sopa y otras cosas”. Un milagro de hospitalidad en un lugar de gente sumamente humilde.

Las limosnas

Los caminantes solían aprovechar el recorrido para recoger alimentos con los que reponerse. En las crónicas descubrimos a peregrinos que capturan carpas de algún río, recogen setas de los campos o rebuscan las uvas que quedaban sin recoger en viñedos ya vendimiados. Y también descubrimos algún asalto a las huertas …que acabó mal para el peregrino.

Al llegar a los pueblos y ciudades el viajero solía recibir de los lugareños alimentos o incluso alguna moneda. Las formas de recoger limosnas eran variadas. Había quien pedía únicamente en los conventos o la casa del sacerdote; otros avanzaban por las calles cantando y voceando en demanda de caridad; en ocasiones, el propio cura u obispo del lugar ponía un acompañante o varios al viajero para guiarle por las calles de la población y conseguir una mayor colecta… y a veces incluso, cuando algún anfitrión recibía a un peregrino con experiencia e historias que contar, encargaba a un sirviente para que hiciera la ronda él sólo, en tanto que el viajero permanecía platicando sobre sus experiencias de la ruta.

La limosna en metálico era en ocasiones harto escasa. Nicola Albani relata que entre Astorga y Melide –algo más de 200 kilómetros– prácticamente nadie le entregó una moneda porque en estas tierras “el dinero es como reliquia”. La crónica de este viajero italiano es particularmente importante porque en ella detectamos la pobreza de los núcleos rurales de buena parte del camino de peregrinación.

Pero si no “caía” alguna moneda, siempre cabía la posibilidad de recibir algo de comida; frecuentemente un trozo de pan o alguna fruta. En ocasiones algún queso o un huevo… raras veces carne, porque la matanza sólo se hacía una vez al año y habría de durar, curada al humo o embutida en tripa, para el resto del ejercicio.

…Y si el viaje se efectuaba cerca de la costa o en una ribera, el peregrino podía recibir un pescado, ora frito y frío, sobrante del yantar de medio día, ora fresco, recién traído de la mar o del río.

Nicola Albani nos contó una gran “cosecha” de sardinas que recibió al pedir por la villa pontevedresa de Redondela. Eran tantas que entregó parte a la hospitalera y aún quedaron muchas para su cena y la de dos mozas castellanas que se unieron a la hora del yantar. Por desdicha, la sobrecena evolucionó por sendas poco edificantes, tal como relató.

Los peregrinos recogían a veces frutos del entorno de la senda o trabajaban en algún oficio para recaudar dinero. En la imagen Nicola Albani (izquierda) fregando suelos en Lisboa. Imagen de su crónica de peregrinación.

La caridad hispana

La caridad hacia el mendicante no era siempre la misma. En el Von sant Jacob, vemos incluso una valoración diferente, en función de los estados que cruzaba la ruta jacobea. En este lied  germánico se destaca la solidaridad de los compatriotas germánicos y la generosidad de las gentes del Languedoc y de España, en contraste con la tacañería de los de Saboya y otras zonas de Francia.

Dice el texto germánico tras dejar atrás la tierra de los suizos:

..Seguimos por la tierra de Saboya,
no nos ofrecen ni vino ni pan;
nuestras esportillas están vacías,
y si un hermano a otro se dirige,
le despiden con una mala historia.
Mas cuando llegamos a Santo Espíritu (Pont Saint Esprit)
nos regalan con pan y vino bueno
y vivimos en puro regocijo;
el Languedoc y la tierra de España
todos los hermanos encarecemos.

En general, las crónicas alaban la caridad de los hogares españoles con los viajeros. Algunos como Albani contraponen esa caridad hispana a la propia escasez en la que viven los donantes. Este, que conoció Portugal en un período de grandeza, afirma que la moneda era muy escasa en algunos puntos de España, en tanto que en Portugal recogió incluso monedas de oro. El propio viajero italiano detecta ya este comportamiento generoso a su llegada a Cataluña. Allí –explica– es infrecuente la entrega de monedas al viajero pero abundante la calidad de los naturales para atender con productos para la alimentación: legumbres, frutas, huevos, queso, leche, manteca, y carne, especialmente en tiempo de matanza.

…Y la picaresca

Con un tratamiento benévolo hacia el transeúnte, la ruta peregrina acabaría siendo en realidad una vía propicia para todo tipo de aventureros y vividores, algo que fue cada vez más palpable a medida que declinaba la motivación religiosa del caminante.

Esta situación se notó especialmente en el final de la Edad Media. Durante el siglo XIV ya habían proliferado los viajes a Compostela carentes de devoción. A veces se iba a la ciudad del Apóstol como aventura caballeresca, otras por ansia de conocer nuevas tierras, muchas veces por vivir en la vía gracias a la sopa gratis y recolectando dinero de los devotos y las cofradías…

En la novela de don Quijote de la Mancha, Cervantes ya aludió a este problema en la escena en la que el propio Sancho se encuentra con un grupo de peregrinos alemanes, a los que entregó la mitad de la hogaza y del queso que portaba. Camuflado entre aquellos viajeros procedentes de Augsburgo viajaba un morisco, Ricote, viejo amigo de Sancho, que no dudó en confesarle el “negocio” de los viajantes extranjeros:

En la imagen una escena referida al Quijote. Peregrinos alemanes comen alegremente con Sancho. Grabado del siglo XVIII, del pintor José Camarón.

Hasta en la literatura aparece tambien la peregrinación como aventura pícara. En la imagen una escena referida al Quijote. Peregrinos alemanes comen alegremente con Sancho. Grabado del siglo XVIII, del pintor José Camarón.

Estos peregrinos –según reveló Ricote- tienen por costumbre venir a España muchos dellos cada año a visitar los santuarios della, que los tienen por sus Indias, y por certísima granjería y conocida ganancia: ándanla casi toda, y no hay pueblo ninguno de donde no salgan comidos y bebidos, como suele decirse, y con un real, por lo menos, en dineros, y al cabo de su viaje salen con más de cien escudos de sobra, que, trocados en oro, o ya en el hueco de los bordones o entre los remiendos de las esclavinas o con la industria que ellos pueden, los sacan del reino y los pasan a sus tierras”

A muchos viajeros les interesaba menos las reliquias del Apóstol que el viaje, y por ello se detenían en los lugares donde mejor trato recibían, pasando de un hospital a otro. Acuciados por el creciente volumen de aprovechados de la caridad, en 1521, en la ciudad de Astorga, los responsables de las seis cofradías asistenciales decidieron evitar el abuso creando la figura del “echador”, un vigilante que recorría los recintos de acogida para poner en la calle a aquellos que se habían aposentado excesivo tiempo en la población, poniendo de manifiesto su desinterés por la peregrinación.

El mundo de la picaresca tenía diversas artimañas. Lo descubrimos en el ya citado relato del peregrino Nicola Albani, quien viajará desde Lisboa a Galicia en el Año Santo de 1745. Él y su compañero hicieron el recorrido provistos de documentos falsificados que acreditaban su vinculación tanto a los dominicos como a los franciscanos. De este modo siempre se aprovechaban de alguno de los numerosos conventos que estas órdenes religiosas tenían en la senda.

Tiempos de cambio

En los días del Renacimiento se registró una gran afluencia de viajeros a Santiago de Compostela, pero también un profundo cambio en la mentalidad de quienes llegaban a este extremo de la Península Ibérica. La sociedad europea reposicionó por esta época la relación entre razón y fe, haciendo gala de una mirada más crítica, propicia al cuestionamiento de todo tipo de tradiciones, leyendas, creencias, milagros y reliquias sagradas.

En el tramo final del siglo XV y el inicio del siglo XVI podemos localizar varios peregrinos críticos con lo que contemplaban en el Camino. Jerónimo Münzer dudaba de las reliquias jacobeas. A él le dijeron que el Apóstol podía estar enterrado bajo el altar Mayor con dos discípulos, pero era una cuestión de fe, según escribió, porque “nadie lo ha visto”. Además, Münzer criticó a la Iglesia compostelana por su afán de ganar dinero y estimó que los fieles que vio en la catedral eran bullangueros y poco devotos.

Arnold von Harff, aún fue más rotundo que Münzer al afirmar que los restos del Apóstol “están en Toulouse, en el Languedoc”. El propio Hermann Künig describió con frialdad su llegada a la ciudad gallega y no dedicó ni una sola palabra a las reliquias. La mirada desmitificadora fue más radical en el peregrino británico Andrew Boorde, quien incluso abandonaría la fe católica tras la peregrinación.

Desde el primer tercio del siglo XVI, los líderes de la Reforma protestante, se mostraron contrarios o críticos con el culto a los santos, los jubileos, las reliquias, las bulas y las indulgencias. Esa crítica partió incluso de personalidades que se mantuvieron dentro de la ortodoxia católica, como Erasmo. Este descalificaría a quienes emprenden una peregrinación a Jerusalén, a Roma o a Santiago, “donde no tienen nada que hacer”, y dejan abandonados la mujer, la casa y los hijos.

A partir de este tiempo se detecta también la preocupación por el control del flujo de transeúntes, tanto en las disposiciones reales como en las normativas de las autoridades religiosas. Cabe destacar la Real Cédula que emitió Felipe II en 1590 para regular las romerías y peregrinaciones, limitando el uso de ropas de romero, limitando las rutas y exigiendo documentos para peregrinar; medidas tendentes a controlar viajes sospechosos, especialmente de viajeros reformistas.

Al rechazo de la Reforma y al efecto negativo de la picaresca, la Ilustración aportó más tarde otra crítica profunda a la peregrinación, interpretando a esta y al culto a las reliquias como asuntos del pasado; vinculados a un mundo de fanatismo y superstición. Entre tanto, la mirada de los caminantes a Compostela seguirá alejándose de la devoción, cayendo en un cierto tipismo literario y curioso.

Pareja de peregrinos, de pintor de la escuela de Aleix Grimou

Pareja con vestimenta de Peregrinos, trabajo atribuído a un discípulo de Alexis Grimou, en el museo de Villa Vauban, de Luxemburgo.

En el siglo XVIII, nos habló de esa actitud pícara de los viajeros el benedictino ilustrado Benito Feijoo, al describir a un muchacho de Lille(Francia) lanzado al Camino para vivir del cuento “con la garantía de la sopa boba (…) como otras muchas  personas que se están dando vueltas por España casi toda la vida”.

Escribe Feijoo: “Vi en esta Ciudad de Oviedo un flamenquillo de catorce a quince años, natural de Lila, de admirable viveza de ingenio, y bien cultivado; pues era buen Latino, mediano Filósofo, hablaba razonablemente la Lengua Francesa, y lo bastante para explicarse en la Italiana y la Española. Decía éste, que pasaba a Santiago con el motivo de voto que había hecho en una grave enfermedad. Como me constase que era pobre, pero movido por la piedad, prendado de su espíritu, le ofrecí sustentarle y darle estudios en la universidad de Oviedo. Aceptó el muchacho para la vuelta de la peregrinación. Pero no volvió. (…) tres años después le he visto vagabundeando en otro lugar”.

Aún más revelador de esa decadencia –por su carácter de sacerdote-  es el testimonio de Diego Torres Villarroel, atrabiliario personaje mezcla también de doctor, catedrático y pitoniso, quien peregrinó en el siglo XVIII con nula devoción y ejerciendo de “oráculo para los ignorantes que (…) acudían llenos de fe y de ignorancia a solicitar las respuestas de sus dudas y sus deseos (…) las mujeres infecundas me preguntaban por su sucesión; las solteras por sus bodas; las aborrecidas del marido me pedían remedios para reconciliarlos…”. En su autobiografía explicó cómo él y sus acompañantes se divertían “…de las fatigas del viaje en las casas de los fidalgos, en los conventos de monjas y en otros lugares, donde sólo se trataba de oír músicas, disponer danzas y amontonar toda casta de juegos, diversiones y alegrías”.

Diego de Torres Villarroel sobre grabado del palacio de Monterrey, en Salamanca,

Retrato de Diego de Torres Villarroel sobre grabado del palacio de Monterrey, en Salamanca, donde habitó y murió este famoso escritor, médico, catedrático y sacerdote salmantino. Imágenes de la Biblioteca nacional de España

Una de las crónicas más interesantes para detectar esa pérdida de valores de la peregrinación es también el relato del viaje emprendido en 1726 por Guillaume Manier desde su lugar de origen, Carlepont, el norte de Francia; una expedición de pícaros, proclives a trifulcas, peleas e incluso al acoso a las jóvenes que hallaban en su senda.

La decadencia de la calidad y los valores del peregrinaje coincidirá con la propia decadencia de una España sumida en graves crisis de la hacienda pública; un problema estructural de un Estado absolutista, con un imperio enorme pero un sistema fiscal ineficiente y anticuado, incapaz de financiar las guerras permanentes con Inglaterra y Francia e incluso en el propio territorio americano, con una corte costosa y una deuda pública creciente, que condujo a la desamortización de  innumerables conventos y cofradías, causando con ello un irreparable daño al sistema asistencial.

Enlace a la primera entrega de este trabajo sobre la hospitalidad