En medio de una geografía montañosa, tan dura como bella, en el entorno del paso de Somport, perviven unas ruinas humildes que son un símbolo universal de la caridad. Son los restos del monasterio de Santa Cristina.

Por Tomás Alvarez

Siempre ha existido una atracción especial hacia los puertos más duros de las montañas. Así ocurre con el Gran San Bernardo, entre Suiza y el valle de Aosta italiano, por el que siguen marchando los viajeros de la vía Francígena; un duro paso muy recordado por la imagen de los famosos perros alpinos que tenían allí los canónigos del centro de acogida para ayudar al viajero, y que son el emblema canino de Suiza.

restos del monasterio y hospital de Santa Cristina, en Somport

En medio del paisaje pirenaico, unas humildes ruinas cargadas de historia: los restos del monasterio y hospital de Santa Cristina. Fotografía de Tomás Alvarez

Frente a este, el paso de Santa Cristina parece un tanto olvidado, aún cuando tuvo una importancia excepcional en el Medievo y la sigue teniendo para aquellos que desde el sur de Francia eligen entrar en el territorio hispano por el Summus portus, el puerto más alto de la cordillera pirenaica; por donde avanzaron y retornaron peregrinos, mercaderes, pastores y tropas de un lado y otro de las montañas, desde los tiempos de la romanidad a nuestros días.

En el entorno de Jaca

A treinta kilómetros al norte de Jaca, la primera ciudad real de Aragón, se halla este paso; el único de los Pirineos centrales que suele estar abierto todo el año, y donde se alzó desde la profunda Edad Media –tal vez desde el siglo XI– un centro caritativo de fama universal.

El libro V de Códice Calixtino, la primera referencia destacada de algunos itinerarios hacia Santiago de Compostela, dedica un breve capítulo –El IV– a las tres columnas de la caridad en el mundo. Y una es Santa Cristina.

Dice así:

El Señor instituyó en este mundo tres columnas muy necesarias para el sostenimiento de sus pobres, a saber, el hospital de Jerusalén, el de Mon-Joux (puerto del Gran San Bernardo) y el de Santa Cristina, que está en el Somport. Estos tres hospitales están colocados en sitios necesarios; son lugares santos, casas de Dios, reparación de los santos peregrinos, descanso de los necesitados, consuelo de los enfermos, salvación de los muertos, auxilio de los vivos. Así, pues, quien quiera que haya edificado estos lugares sacrosantos poseerá sin duda alguna el reino de Dios”.

Interior de la catedral de Jaca, a treinta kilómetros al sur de Santa Cristina,

Jaca, a treinta kilómetros al sur de Santa Cristina, es la ciudad más importante del Camino Aragonés. En la imagen, interior de su catedral, de notable interés por su aportación al arte románico. Fotografía de Tomás Alvarez.

El Vont sant Jacob y los puertos

Entre los peregrinos santiagueños siempre hubo un respeto especial –y temor– hacia esas montañas, y así se detecta en los cánticos medievales. En el Von sant Jacob germánico se recuerda:

En tierra latina hay cinco montañas,
de los peregrinos bien conocidas,
la primera se llama Roncesvalles,
y los hermanos que por ellas pasan
se le sumen las mejillas.

La otra de Monte Cristeins es llamada;
de San Adrián pudiera ser gemela,
pues entre sí parecen casi iguales,
el hermano que las salva
merecido tiene el cielo.

Rabanal es el nombre de la cuarta,
hermanos y hermanas presto la pasan.
Llaman La Faba a la quinta,
en ella gozan de eterno descanso
muchos hijos de Alemania.

Hermann Künig, la primera guía

Hermann Künig, el autor de la primera guía de peregrinación, publicada en Estrasburgo en 1495, conoció este lied germánico y seguramente por ello en su sintética guía no lleva a los viajeros por el puerto de Somport (Santa Cristina) y en el caso de las dos últimos (Rabanal y el Cebreiro(La Faba)) conduce a los peregrinos por vías más sencillas, con cotas de altitud mucho más bajas. Así ocurrió con la Vía de Santa Marina, entre León y Ponferrada; y con la de Lugo, entre Villafranca y Melide.

No hay mucha certeza sobre los orígenes de Santa Cristina, atribuido –según distintas fuentes- a los mandatarios del naciente Reino de Aragón o de Bearne.

La referencia mítica nos aporta un origen más poético. Dos caballeros francos, en el retorno de España hacia tu tierra, habrían quedado atrapados por una tempestad de frío y nieve y decidieron instalarse allí y hacer un refugio para ayudar a quienes cruzaban por tan duro puerto, en el que podrían morir de hambre y frío. Una paloma habría aparecido en el lugar llevando en el pico una cruz, que posó en el suelo; acto que fue interpretado como un designio divino. Y allí nació el hospital, vinculado originalmente a la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén.

La Orden de Santa Cristina

Más tarde, con sede en este monasterio, se creó la Orden de Santa Cristina, de carácter religioso y militar, destinada la protección del peregrinaje y cuyo ámbito se extendió por centros del Bearne, Aragón y Navarra, y aún tierras más lejanas.

Aquel tiempo, en el pontificado de Inocencio III, fue un momento estelar de esta orden que declinaría luego; entre otros motivos por la aparición de los hugonotes al norte de los Pirineos. En el siglo XVI, los propios monjes dejaron el enclave del puerto y pasaron a residir en Jaca. Fue el paso previo a la desaparición de la Orden, aunque pervivió en la seo de Zaragoza un prior virtual que poco pudo hacer para detener la ruina de la gran institución caritativa.

Las desdichas para este lugar mítico se completaron con un incendio del siglo XVIII, los destrozos de la Guerra de la Independencia y la desamortización, en 1835.

Muros perimetrales del templo del centro monacal y de hospitalidad de Santa Cristina.

En la imagen, la base de los muros perimetrales del templo del centro monacal y de hospitalidad de Santa Cristina. Fotografía de Tomás Alvarez.

El Centro y el Códice Calixtino

El propio texto del Códice Calixtino, que sitúa a Santa Cristina como uno de los centros memorables del mundo de la hospitalidad, en realidad aportó un contenido que no favoreció al hospital.

Compilado con una evidente motivación propagandística, el Códice Calixtino fue precisamente uno de los grandes vectores que incidieron en la mitificación de Roncesvalles, lugar hasta entonces prácticamente desconocido, al que se vinculó directamente con el mundo de Roldan y Carlomagno.

Ese encumbramiento de Roncesvalles llegó de la mano de Pierre d´Audouque, obispo de Pamplona y ex monje de Conques, quien consiguió que el gobernante navarro Sancho Sánchez de Erro pusiera sus dominios de Roncesvalles bajo la dependencia de la abadía francesa.

En todo este entramado de apoyo a Roncesvalles hay que citar tanto las relaciones cordiales de Diego Gelmírez y Pierre d´Audouque, como las de Sancho Sánchez de Erro y Alfonso VI de León, nieto de Sancho Garcés III, y auténtico impulsor de lo que sería el trazado del Camino que viene marcado en el Calixtino.

Alfonso VI de León

Fue con Alfonso VI cuando el Camino de Santiago recibió el mayor de los impulsos. El monarca leonés, hijo de Fernando I,  extendió sus dominios hasta el País Vasco y la Rioja, y fue considerado como imperator totius hispaniae. Esa unificación territorial permitió que el camino alcanzara La Rioja y continuase hacia el territorio galo por Pamplona y Roncesvalles; ámbito donde el poder religioso y político también le eran favorables.

De esta forma, en los textos del Calixtino, no sólo pierde imagen y presencia del paso de Santa Cristina sino también del de Labort, el territorio histórico vasco que se halla en el entorno de Bayona (la Lapurdum romana). Por Bayona estaban pasando regularmente los peregrinos para entrar hacia el País Vasco y el interior peninsular.

La presencia de Bayona era tan importante que aparece en el mapamundi de Al Idrisi (siglo XII) y se sabe que en esta ciudad se instalaron también muy pronto los caballeros hospitalarios de la Orden de San Juan de Jerusalén, para proteger a los viajeros. Sin embargo, el Calixtino tampoco le presta la atención que le correspondía.

Uno de los dos templos románicos de Santa Cruz de la Serós, localidad cercana a Jaca

El entorno de Jaca guarda extraordinarios rincones de arte y belleza. En la imagen uno de los dos templos románicos de Santa Cruz de la Serós, localidad cercana a los monasterios de San Juan de la Peña. Fotografía de Tomás Alvarez.

En espera de un renacimiento.

Para el amante del Camino de Santiago, las ruinas del hospital de Santa Cristina tienen un significado especial. No se trata de un yacimiento grandioso en cuanto a tamaño, pero sí en cuanto a su valor histórico y emocional. Son un canto a la generosidad, a la caridad y a la relación entre las dos orillas de los Pirineos.

En una pequeña terraza, a la vera del espumoso cauce del río Aragón, se extiende el conjunto de muros a lo largo de más de cincuenta metros de longitud. Un cartel medio destrozado aclara al visitante donde estaban algunas de las dependencias del centro… Entre ellas destaca el espacio del templo, con cripta y ábside semicircular… El terreno es húmedo y a los pies de las ruinas mana una fuentecilla que vierte sus aguas al río que dio nombre a un reino.

Al lado de este evocador conjunto de ruinas aparecen las casas de Candanchú, de factura reciente…. Aparentemente, estas son mucho más grandes y espaciosas. Pero las piedras tienen alma, y el alma agónica de los muros del yacimiento sobrevuela el conjunto urbano de techos azulados y las montañas verdeantes, dominando el paisaje.

El gobierno de Aragón y las instituciones oscenses tienen una deuda con estas ruinas que necesitan un plan de musealización y conservación, y –tal vez- la recreación de una institución que vuelva a acoger aquí mismo a quienes cruzan el Somport con el fin de dirigir luego sus pasos hacia el Finisterre. Conocemos el pasado… y el futuro lo podemos soñar, por lo menos.

Para conocer más sobre la huella mítica de Roldán y Carlomagno