Continuando nuestra serie sobre la historia de las peregrinaciones, nos acercamos hoy a la sociedad en la que surgió el Camino de Santiago, un mundo de crisis y violencia. (Peregrinaciones y peregrinos (13): El mundo en el que nació el Camino de Santiago
Por Tomás Alvarez.
Obviamente, para conocer el mundo en el que se inició la peregrinación a Santiago debemos buscar los testimonios de aquella época, y uno de los más gráficos se halla en las ilustraciones de los beatos, en las que se descubre el espíritu dramático y atormentado de aquellos tiempos lejanos.
Cuando miramos las pinturas de aquellos códices, quedamos fuertemente impactados por su carácter expresionista. Asombra la violencia y expresividad en el colorido; en los gestos… Esos colores agresivos y planos; esas líneas simples y exageradas; esas actitudes violentas hablan de crisis y violencia…

Los beatos nos reflejan un mundo de crisis y violencia. Beato de Saint-Sever; conocido como Apocalipsis de Saint-Sever, (París, Bibliothèque Nationale, MS lat. 8878) manuscrito iluminado del siglo XI. .
* Fuente Commons/Wikimedia.
El testimonio de los iluminadores
Stephanus Garsia, es el iluminador de uno de los códices famosos, el de Saint-Sever, el único conocido de la época románica allende los Pirineos. En una de sus ilustraciones aparecen unos asaltantes destruyendo un templo, en cuyo interior se hallan unas victimas inermes. En la misma ilustración aparecen unos hombres armados que decapitan a otras dos personas… Colores planos y chillones; sangre y armas afiladas… Son imágenes que dan pavor y nos hablan de una época teñida por la miseria, violencia y destrucción; una destrucción que se traduce en paisajes de muerte y ruinas.
La peregrinación a Compostela es un fenómeno surgido en la Alta Edad Media; un periodo realmente duro, tiempo de crisis y violencia comprendido entre el hundimiento del Imperio Romano y el año 1000, aproximadamente.
Un mundo de crisis y violencia
El Imperio Romano era un mundo opulento y lujoso para los que habitaban en los territorios allende el Rin o el Danubio, pobladores de impenetrables selvas de bosques tupidos; moradores de chozas donde apenas había unos útiles rudimentarios… y armas.
En el tramo final de ese imperio, desde el siglo III en adelante, la violencia está en alza. Fue a partir de ese tiempo cuando las ciudades construyen unas murallas cada vez más gruesas. Los yacimientos arqueológicos nos dan cuenta de cómo a medida que pasan las décadas aumenta la preocupación por la seguridad.
En la antigüedad, León fue la sede del ejército romano en Hispania. Rodeando la ciudad está la muralla; erigida en el final del siglo III o comienzos del IV, con un perímetro de unos 2000 metros; unos cinco metros de grosor y 10 de altura; alternando los lienzos con torres semicirculares. En realidad la fortificación visible en la actualidad es la última de tiempos romanos, porque anteriormente hubo otras, la primera de la época augusta, cuando se rodeó el campamento militar con simples cercas de madera y fosos. Luego hubo otras dos obras en los siglos I y II. La actual se levantó con piedra de diversa procedencia, granitos, cuarcita y «opus caementicium» y conserva 36 cubos, prácticamente la mitad de los que tuvo originalmente.
Hay un punto excelente para ver estas murallas sucesivas, una adosada a las otras. Está al lado de la basílica de San Isidoro, cerca de la torre románica. Allí se percata el observador de que a medida que pasaban las décadas el afán por defenderse era mayor y por eso la cerca crecía en fortaleza y grosor. A medida que decaía el Imperio Romano crecía la violencia. Primero las bandas de bagaudas y luego los bárbaros que fueron asentándose en el territorio y finalmente se adueñaron de él. Apenas calmada la tempestad de los bárbaros aparece otra venida del este, los ataques del islam.
Violencia, más allá de las invasiones
Pero la violencia iba mucho más allá de las invasiones. El poder de los señores sobre sus súbditos se asienta en la violencia, y la grandeza de los señoríos se asienta en la violencia; una violencia que afectaba a todos los estamentos… los religiosos incluidos. Y esa inestabilidad general arreciaba en los momentos de crisis, invasiones, cambios de monarca, etc. En esos períodos se olvidaba todo tipo de normas para saciar la sed de venganza o para la apropiación de las riquezas vecinas. No se respetaba ni a emperadores ni a dignatarios eclesiásticos.
Momentos como los del final del primer milenio, cuando en la Península Ibérica dominaban los ejércitos de Almanzor, fueron particularmente siniestros y destructivos. Y luego, tras los conflictos, las rencillas y ajustes de cuentas continuaban. Así, por ejemplo, tras las invasiones del caudillo cordobés, el obispo de Astorga, de nombre Jimeno, acabaría siendo asesinado por un señor del Bierzo que se opuso a devolver las tierras que había ocupado durante los momentos turbulentos en los que llegaron las tropas cordobesas.

Beato de Saint-Sever; conocido como Apocalipsis de Saint-Sever, (París, Bibliothèque Nationale, MS lat. 8878) manuscrito iluminado del siglo XI. En él se observan los caballos con cabezas de leones.
. * Fuente Commons/Wikimedia.
La violencia estaba también reflejada en el paisaje, sembrado de murallas y ruinas. El mundo opulento romano se hundió y en su lugar quedaron ruinas… Muchas de las viejas ciudades romanas acabaron desapareciendo; en otras, las ruinas perduraban aún en tiempos del Renacimiento, para emoción de los poetas o inspiración de los pintores.
Ruinas, mil años después
A partir del siglo XI comenzó a crecer la economía en Occidente. Llegaron los tiempos del románico y el gótico; surgieron las ciudades y se ampliaron los conocimientos, las capacidades de iniciativa y crecimiento personal, en buena medida retornando a mirar los modelos clásicos… El Renacimiento pleno hizo entrar a la humanidad en una nueva era.
Sin embargo, mil años después de la caída del Imperio Romano, Roma aparecería aún como un cascarón de ruinas, pese a que los arquitectos del Renacimiento iban dando a las ciudades nueva vida. El arquitecto y pintor francés Étienne Dupérac, dejó grabados en los que la Ciudad Eterna, en el siglo XVI, aún no había recuperado su opulencia; y donde los ganados pastaban entre las venerables e irreconocibles ruinas de la urbe que dominó Occidente.
Esa visión melancólica de las ciudades en ruinas también movía el ánimo de los poetas. Así, el sevillano Rodrigo Caro, al contemplar en Itálica –patria de Trajano– los destrozados edificios públicos, las soberbias estatuas tendidas en el suelo y mutiladas, los arcos hundidos… escribió su triste canción a Fabio: “Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora/campos de soledad, mustio collado,/fueron un tiempo Itálica famosa…”

El arquitecto y grabador Étienne Dupérac, dejó en el siglo XVI impresionantes imágenes del hundimiento de la grandeza de Roma. https://commons.wikimedia.org/
Sobre la epidermis de ruinas surgieron nuevas ciudades. En muchas de ellas, aún hoy perviven vigorosas construcciones de tiempos de Roma. Así ocurre en poblaciones como Nimes, por ejemplo, la ciudad francesa de la que conocemos la famosa Maison Carrée o su anfiteatro (Arènes), o Arlés, Tréveris o Tarragona. Largos tiempos en los que la decadencia fue dejándose atrás, merced a un nuevo resurgir de la cultura, del comercio y de la iniciativa del hombre.
…Y a medida que avanzaba ese resurgimiento, iba cambiando también la mirada del ser humano. Y también cambiaba la esencia de la peregrinación.
Capítulo anterior (Peregrinaciones y peregrinos. 12)
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