Una de las peregrinas santiagueñas más famosas de la Edad Media fue Bona de Pisa. Mística, visionaria y considerada santa por la Iglesia Católica, Bona peregrinó hasta Jerusalén, Roma y Santiago de Compostela.
Por Tomás Álvarez
La santa italiana es especialmente famosa por sus nueve viajes a Compostela. Su agitada vida se describe en varias hagiografías, realizadas unos cincuenta años después de su muerte, donde se recogen testimonios que a veces no concuerdan totalmente.

Santa Bona de Pisa. Fragmento de un óleo del palacio arzobispal de Pisa, sobre una imagen nocturna de la gran catedral románica pisana.
El papa Juan XXIII la declaró como santa patrona de la ciudad de Pisa y de las azafatas. Esto último, en razón a su vida dedicada a la peregrinación, acompañando a numerosos viajeros, a los que asistió en los momentos necesidad.
La historia novelesca de santa Bona de Pisa
La historia de esta mujer es realmente novelesca. Tradicionalmente se estima que nació en el año 1156 en el barrio pisano de Chinzica, al sur del río Arno. Su madre era corsa y su padre un mercader de de vida compleja, de nombre Bernardo, ausente frecuentemente de su ciudad natal y con varios hijos más, frutos de otra relación.
La pobreza de la madre, de nombre Berta, y el abandono del padre, de nombre Bernardo, hizo que la pequeña fuera recogida y criada en el monasterio de San Martino, donde creció en medio de una profunda religiosidad. Aún muy niña describió una visión de Cristo, a quien decidió consagrar su existencia. En años sucesivos tuvo nuevas visiones de personajes bíblicos, entre ellos el apóstol Santiago el Mayor.
A los diez años, Bona decidió hacerse religiosa oblata (terciaria) agustina e inició una vida de ayuno y sacrificio, Cuatro años después marcharía a Jerusalén con un doble objetivo: peregrinar a Tierra Santa y encontrarse con su padre, que residía allí. Eran los tiempos finales del reino cruzado de Jerusalén.

Vista ideal de Jerusalén y del templo de Salomón, xilografía de la Crónica de Núremberg; año 1493.
* Fuente Commons/Wikimedia/Crónica de Núremberg.
En busca del padre
Según uno de sus hagiógrafos la peregrina no conseguiría visitar al progenitor, por la oposición de los otros hijos, que residían en Tierra Santa, y la del Patriarca de Jerusalén, también familiar de su propio padre.
Las versiones de su estancia en Tierra Santa difieren. Uno de los autores la estima en nueve meses y otro en nueve años.
Otra incidencia de esta época de su vida es la captura por unos musulmanes y su rescate con fondos de comerciantes pisanos. Este incidente también tiene dos versiones. En una de ellas ocurrió antes de embarcar de regreso, y según otra en el propio viaje de retorno.
De vuelta a Pisa adquirió fama por sus poderes taumatúrgicos: sanadora de enfermos, protectora de los marineros… y gozó de un aprecio generalizado de las gentes de su ciudad natal.
La gran peregrina
Fue en esta época cuando peregrinó a Roma y a Compostela donde visitaría el templo y las reliquias de Santiago el Mayor; apóstol al que ya había contemplado en visiones durante su vida, en una de las cuales le había sugerido el viaje a España.
También visitó en esta época el santuario de San Miguel Arcángel, en el monte Gargano, ubicado en un promontorio sobre el Adriático, en la región de Apulia; un lugar de gran atracción para el peregrinaje medieval y que en la actualidad ha sido incluido en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO.
Es fama que en esta parte de su vida se sintió muy vinculada a la peregrinación a Santiago, hacia donde siguió una ruta que completó nueve veces. Uno de los autores de la biografía de la santa precisa que esta devoción al peregrinaje la llevó a impulsar la creación de un monasterio dedicado al Apostol, San Iacopo en Poggio, no lejos de Pisa, donde se atendía también a los peregrinos.
Con esclavina y vieira
La Santa murió en 1207 y su cuerpo recibió sepultura en la iglesia de San Martino en Chinzica, con los atributos jacobeos: esclavina y vieira.
En el año 2002 se hizo un estudio científico de los restos, donde se certificó que la santa era una mujer menuda, en buen estado físico, y que había caminado mucho, y no había tenido lesiones graves, lo que desmentía una de las versiones de su cautiverio musulmán, que cita una grave herida en un costado causada por sus captores.
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