La fe mueve montañas… y peregrinos. Desde la antigüedad ha habido famosísimas sendas de fe hacia lugares especiales. En el orbe cristiano destacan tres destinos. Roma, ciudad de peregrinación, es uno de ellos; los otros dos Jerusalén y Santiago de Compostela.
Tomás Álvarez
«Todos los Caminos llevan a Roma», la ciudad que hace dos milenios era capital de un imperio que se extendía desde Mesopotamia a las costas atlánticas de África y Europa; desde las arenas del desierto del Sahara hasta el Mar del Norte; una ciudad muy permeable a las religiones.

Roma ciudad de peregrinación. Su mayor centro de atracción es la Basílica de San Pedro. Interior de la misma. Fotografía de J.M. Fernández Miranda. Guiarte.com
La religiosidad romana.
Los propios romanos eran muy dados a la religiosidad, empezando por su domicilio, donde había cultos del hogar, veneraciones a dioses o genios domésticos protectores de la familia, a los que se les dedicaba una hornacina o un rincón en la propia vivienda. Había también cultos imperiales y una multitud de deidades importadas y romanizadas, especialmente provenientes de las culturas etrusca y griega, aunque a medida que las fronteras imperiales se ampliaban se incorporaban otras divinidades asiáticas como Mitra o Cibeles.
Pese a aquella religiosidad, la sociedad romana pronto empezó a desconfiar de los cristianos, por el origen judío de Cristo; por la “rareza” del culto a un hombre crucificado por el imperio; por objetar la preeminencia de su culto frente a los imperiales, etc.
Los mártires
La sociedad tradicional de Roma tuvo desde un principio prevención hacia el colectivo cristiano, por esa lejanía ideológica… Así no se dudó en atribuir a los cristianos el incendio de la ciudad en tiempos de Nerón; un clima en el que se inscriben las muertes del apóstol san Pedro y de san Pablo, en el siglo I. El primero fue crucificado y el segundo decapitado. La diferencia del trato entre ambos se debía a que Pablo era ciudadano romano y la crucifixión -más humillante- sólo se aplicaba a quienes no tenían tal rango.
Los propios lugares donde fueron ejecutados los mártires cristianos pasaron a ser puntos de devoción donde se levantaron iglesias a las que luego acudían los fieles de Roma y de otros lugares del imperio. Este fue esencialmente el gran atractivo original de la basílica de San Pedro, el lugar donde se hallaba la tumba de san Pedro; «la piedra sobre la que Cristo fundó la iglesia«.

El culto a Mitra se extendió por todo el imperio romano. En la cosmovisión de los antiguos persas Mitra era el dios de la luz. En la imagen, representación de Mitra matando un toro, estatua del Museo Vaticano. Fotografía de J.M. Fernández Miranda. Guiarte.com
Las grandes peregrinaciones
Desde los primeros tiempos de la cristiandad conocemos peregrinaciones a Tierra Santa y Roma, en tanto que habremos de esperar al tramo final del primer milenio para descubrir el prestigio un tercer destino: Santiago de Compostela; una meca de peregrinación que no sólo creció en importancia por la atracción de las reliquias del apóstol, sino por la merma temporal del prestigio de la ciudad de Roma, afectada por cismas y disputas entre distintos poderes y papados.
En esa época medieval, muchos viajeros procedentes de todo el mundo –desde Islandia al Asia Menor- realizaron viajes, peregrinando a las tres ciudades: Jerusalén, Roma y Santiago de Compostela. Así lo hicieron, por ejemplo, santa Brígida de Suecia, el alemán Arnold von Harff o el islandés Bjorn Einarsson.
El papa, con los peregrinos
El papado tradicionalmente fomentó la atracción de la Santa Sede. Son muchas las citas de peregrinos recibidos por el Sumo Pontífice. Nicola Albani, por ejemplo, cuenta en su admirable relato de peregrinación, que en su tiempo el papa recibía diariamente en su mesa a doce peregrinos. Él, que había sido un servidor del obispo de Capua, fue recomendado durante su estancia en la Ciudad Eterna para ser uno de los invitados. Así, el 12 de Junio de 1743 fue invitado a la lujosa mesa de Benedicto XIV en su residencia de Monte Cavallo, actualmente conocido como palacio del Quirinal.
Los relatos de peregrinos también nos hablan del cúmulo de reliquias de la urbe romana. El obispo armenio Martiros de Arzendjan, que también fue recibido por el Sumo Pontífice en 1491, escribió: “Roma tiene 2774 iglesias; 8.000 tumbas de santos en su recinto murado y de otros 400 fuera de sus muros. (…). Yo visitaba entre diez o veinte iglesias cada día, grandes y bellas…”.
Reliquias por doquier
Si en un principio, las reliquias de san Pedro y san Pablo fueron los grandes focos de devoción, a lo largo del tiempo, las iglesias romanas se llenaron de reliquias de todo tipo; vestigios relativos a la vida de los santos y a la propia existencia del mismo Jesús. Un paso esencial lo dio santa Helena, madre de Constantino el Grande, quien trajo innumerables elementos desde Tierra Santa. Entre ellos, un trozo de la que se consideró como la cruz en la que Cristo fue crucificado.
La santa aportó famosísimas reliquias que hoy se hallan en numerosos puntos de Europa occidental; por Roma y por ciudades como Tréveris o Colonia. Pero además buscó en Jerusalén la tumba donde fue enterrado Cristo y, en Belén, el lugar de su nacimiento. Tras ello, encargó la construcción del templo del Santo Sepulcro y la iglesia de la Natividad. Ambos son desde entonces esenciales para el mundo de las peregrinaciones. El del Santo Sepulcro, en concreto, se considera como el lugar más sagrado del cristianismo.

Roma en La Crónica de Núremberg, compilación de Historia mundial impresa en 1493, y maravillosamente ilustrada. Ejemplar de la Biblioteca Estatal de Baviera.
Arte y reliquias
En los templos llama la atención la riqueza de arte y la abundancia de reliquias; muchas de ellas –según la tradición- traídas desde Jerusalén y otros núcleos orientales durante los primeros siglos de la fe cristiana. El viajero encontrará en las iglesias romanas desde clavos de la cruz a maderas de la cuna de la infancia de Cristo, tierra de Jerusalén o la columna de flagelación.
Un ejemplo de esta la confluencia de arte y reliquias es San Pietro in Vincoli. Allí se presentan las cadenas que padeció San Pedro y no lejos del Moisés de Miguel Ángel.
Los propios templos a veces son en algún caso relicario en el que se atesoran partes de otras construcciones paganas. Por ejemplo, en la basílica de San Pedro hallamos restos del panteón de Agripa, la maravillosa obra de Apolodoro de Damasco. El papa Urbano VIII no dudó en despojar al templo de los casetones de bronce del pronaos para finalizar la parte superior del baldaquino, una decisión controvertida ya en aquel tiempo. De ahí la frase Quod non fecerunt barbari, fecerunt Barberini (lo que no hicieron los bárbanos lo hicieron los Barnerini); una alusión a la familia florentina de la que procedía el papa, de nombre Maffeo Barberini.
Las grandes basílicas
En Roma, el mayor centro de atracción ha sido siempre la Basílica de San Pedro, erigida sobre el cementerio en el que se enterraron los restos del apóstol. La primitiva iglesia de tiempos romanos se renovaría en el Renacimiento con obra de Bramante y Miguel Ángel. Surgió así un espectacular edificio cuya grandeza se incrementaría merced a la monumental plaza y columnata de Bernini.
El papa Julio II fue el que impulsó decididamente la tarea de renovación del viejo templo paleocristiano de tiempos de Constantino el Grande. En la nueva construcción destaca la inmensa cúpula, obra de Miguel Ángel, con 130 metros de altura. Debajo de ella está el altar y bajo este, la tumba de San Pedro.
Hoy, este templo, no solo es el mayor del mundo cristiano, sino el mejor lugar para conocer la grandeza del arte y la arquitectura de Italia.
Otro lugar de honda trascendencia es San Pablo extramuros. Esta basílica es la segunda mayor iglesia romana después de la del Vaticano, y ha sido siempre un punto de gran flujo de peregrinos, desde los primeros tiempos de la Iglesia.
En torno a la tumba de Pablo ya se erigió un templo en la época del emperador Constantino, ampliado en época posterior. El edificio actual es fruto de una restauración, en el siglo XIX, tras un incendio.

El conjunto del Vaticano, el Castillo de Sant’Angelo y la zona arqueológica de Roma, son los puntos de mayor atracción para los viajeros que llegan actualmente a la Ciudad Eterna. En la imagen, Ángel de la lanza, del Puente de Sant’Angelo. Fotografía de J,M. Fernández Miranda / Guiarte.com.
La catedral de Roma
Hay otras dos grandes basílicas papales: San Juan de Letrán y Santa María la Mayor.
San Juan de Letrán es la catedral de la ciudad de Roma. Está al lado del palacio de Letrán, donde residieron los papas hasta el llamado Cisma de Aviñón. Cerca se halla el edificio que alberga la Scala Santa. La Scala es otra de las reliquias traídas por Santa Elena: la escalera por la que subió Jesús para ser juzgado ante Pilatos, según la tradición.
El templo de San Juan de Letrán es originario del siglo IV d.C. aunque reformado en el siglo XVII por Borromini. La portada es algo posterior; recuerda a la de la basílica de San Pedro.
Santa María la Mayor, es una obra excelente, con partes que van de lo romano al barroco. Es una basílica originaria del siglo IV; el primer templo cristiano dedicado a la Virgen María.
La ronda de las siete iglesias
Al igual que ocurrió en el caso de San Juan de Letrán, hubo papas que habitaron en el conjunto religioso de Santa María, hasta la construcción del Vaticano. Por su sencillez y su contenido, resultará uno de los lugares más atractivos para el peregrino, incluido su campanario, el más alto de las iglesias de Roma.
Para algunos peregrinos, un objetivo mayor de la visita a Roma es el de hacer la ronda de las siete iglesias; una peregrinación que impulsó san Felipe Neri en el siglo XVI.
En la ronda se incluyen: las cuatro basílicas papales -San Pedro, Santa María la Mayor, San Juan de Letrán y San Pablo Extramuros- más las de San Lorenzo Extramuros, originaria del siglo V y en la que se acogen los restos de san Lorenzo y también reliquias de San Esteban, primer mártir cristiano; la de la Santa Cruz de Jerusalén, construida en el siglo IV para albergar las reliquias de la Pasión que trajo de Jerusalén Santa Elena; y, finalmente, la de San Sebastián Extramuros, originaria del siglo VI y reformada en el XVII, donde se hallan las reliquias de san Sebastián.

La cúpula de la basílica de San Pedro, de Miguel Ángel Buonarroti, una obra maestra del siglo XVI, icono de la grandiosidad de la Iglesia. Imagen de guiarte.com
…Y más centros de devoción cristiana
Pero no acabarían allí las citas al devoto cristiano… Por la ciudad quedan numerosos puntos en los que sentirá la emoción, desde los centenares de catacumbas, muchas de ellas en el entorno de la Vía Apia, hasta el imponente Coliseo, que tal vez le traiga a la mente las sangrientas muertes de los cristianos, entre las fauces de los animales salvajes, en los cruentos días de las persecuciones.
El Coliseo, dañado a lo largo del tiempo por guerras, terremotos y su utilización como cantera para construir nuevos edificios, fue salvado de la destrucción en el siglo XVII por el papa Benedicto XIV, al declararlo lugar sagrado, por la creencia de que aquel era el ámbito donde se martirizaron innumerables cristianos.
Allí, desde su sacralización, se celebra cada Viernes Santo una famosa tradición: el multitudinario Vía Crucis al que asiste el Sumo Pontífice. Sin embargo, los estudiosos recuerdan que la relación del Coliseo con las persecuciones cristianas es incierta, porque los martirios se efectuaban tradicionalmente en el Circo Máximo.
Los caminos a Roma
Comenzamos el relato recordando el dicho de “todos los caminos conducen a Roma”; una frase que parece ligada a la historia del imperio romano, cuando, en el foro de la ciudad, construido por Augusto, se plantó el hito donde se iniciaban los grandes caminos que surcaban la geografía de la Europa romanizada.
Algunos de aquellos caminos siguieron siendo grandes itinerarios de peregrinación como la Vía Imperial que avanzaba por el Trentino hacia el corazón de la Europa germánica; la senda que subía hacia el noroeste en dirección a Flandes y las Islas británicas, llamada Vía Francígena, o las vías que conducían a Arles y Toulouse y enlazaban con la vía de Burdigala a Asturica Augusta, constituyendo uno de los ejes esenciales del camino a Santiago de Compostela…
Nuestros pasos hacia Roma o Compostela siguen discurriendo muy a menudo por sendas que tienen ya dos milenios de historia.
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