El amante del arte siente algo especial al contemplar la catedral de León. Ante ella, no sólo encuentra la belleza y armonía de un edificio que emerge en medio del caserío de la ciudad, sino la representación de un tiempo y un arte: el gótico. En este reportaje, intentaremos acercarnos al alma del templo.

Por Tomás Álvarez

El ser humano tiene en su interior un resorte que se despierta ante las armonías (el hombre lleva la música en sí mismo, decía Goethe) y esas armonías se generan por los sonidos, las formas, los colores… Por eso nos conmovemos ante la belleza del canto de un pájaro; el bronco sonido del mar batiendo unos abruptos rompientes de la costa; ante una Anunciación de fra Angelico, o al contemplar una grandiosa catedral gótica.

…Y la catedral de León nos emociona profundamente por su enorme belleza en la que se funden la luz y las armonías del gótico, para generar algo así como una sinfonía que nos envuelve y subyuga; al igual que lo hacían los cantos de las sirenas, descritas en la Odisea.

En la misma portada del templo hay una figura que nos ayudará a comprender la sensación de gozo y armonía. Esa figura es la de la Virgen Blanca que –en el centro del pórtico-  recibe al recién llegado con una misteriosa sonrisa.

 Vista nocturna de la fachada de la catedral de León.

Vista nocturna de la fachada de la catedral de León. Imagen de Tomás Álvarez.

Un cambio en el Medioevo

Frente a las formas adustas del románico, frente a la severidad del clásico pantocrátor, la Virgen Blanca nos revela un tiempo nuevo. En ella ya no está la severidad del románico sino una mirada cargada de dulzura; ya no hay desproporción anatómica sino armonía. El mundo medieval ha cambiado. El dramatismo de la muerte y el aviso de la condenación se vuelven aquí invitación a compartir y amar. Ya no hay geometrización, sino movimiento en los pliegues de la ropa o en los cabellos de la Virgen y del niño Jesús. La Virgen –como el Cristo románico- bendice, pero además sonríe; el niño hace lo mismo.

La presencia del Cristo en los grandes templos románicos, un Cristo justiciero, adusto o incluso sufriente, se sustituye ahora por la Virgen Blanca y el Niño, radiantes, alegres y cargados de afecto.

No se conoce con exactitud el nombre del autor de la obra gótica, pero es indudable que era un consumado maestro de la escultura; una escultura que humaniza el arte, que recupera el realismo, que consigue una composición llena de belleza y equilibrio, donde los ropajes juegan un papel importante, y permiten al espectador, incluso, intuir que envuelven a un cuerpo humano joven y bello.

Un cambio radical. Frente al temor reverencial que nos infunde el Cristo, la Virgen nos habla en otro lenguaje, nos sugiere un sentimiento afable, cercano al amor cortés, platónico y místico.

Dos símbolos del arte

Cristo es símbolo del Románico; la Virgen lo es del gótico. Multitud de iglesias románicas tiene a un Cristo en actitud de bendecir, en el tímpano de la entrada o presidiendo el ábside. Es el pantocrátor, muy popular desde el arte bizantino. Cristo, sentado en su trono, nos muestra las Escrituras y bendice al creyente. En el arte gótico la protagonista es ella, la Virgen. Multitud de catedrales góticas, desde la de París a la de León, están bajo la advocación de María.

La dualidad nos muestra que la concepción del mundo ha cambiado: a la edad de los cantares de gesta ha sucedido la de la lírica amorosa; a una sociedad en la que los guerreros construyen castillos sucede otra en la que los burgueses encargan palacios góticos, y a un arte en el que la mujer encarna el pecado sigue otro donde ésta se presenta como ser amante, amado y bello. El Cristo románico preside una iglesia más oscura y cargada de mensajes admonitorios; y ahora, la Virgen nos ofrece el amor, la esperanza, y nos invita a entrar al templo de la luz.

El templo de la luz

En efecto, el edificio gótico es el templo de la luz, porque los avances de la construcción han permitido a los maestros medievales una construcción prácticamente sin muros.

El arte gótico es hoy sumamente apreciado, tanto por las obras que dejó como por la estima que gozó en tiempos cercanos, sobre todo a partir del Romanticismo. Pero en cambio la palabra gótico tiene un sentido peyorativo en su origen, definía un estilo bárbaro; era el arte previo al Renacimiento, que, a su vez, era la recuperación de la esencia clásica.

La arquitectura románica se había basado en una concepción del edificio en la que el papel de la pared era esencial, ya que sobre ella reposaba la techumbre. Esto obligaba a realizar gruesos muros, con pequeños vanos.

En la arquitectura gótica la pared perdió su papel, porque la techumbre descansa sobre las columnas. Las paredes ya no son necesarias para sostener, sino para cerrar un espacio, algo que podía hacerse también con vidrio: de ahí que los grandes templos góticos puedan estar rodeados casi únicamente de ventanales.

La transformación luminosa

¿Cómo se ha conseguido ese cambio? La respuesta está en los arcos apuntados y las bóvedas de crucería. Quien haya visitado otro maravilloso templo muy cercano, el de la Real Abadía de San Isidoro, recordará la nave, con unos tirantes metálicos que van de un lado a otro de la pared, casi donde arranca la bóveda. Esos tirantes se pusieron allí porque los empujes del peso de la bóveda de cañón tienden a abrir el edificio por arriba, lo que podría acabar hundiendo la techumbre, algo que ha pasado en muchos templos y palacios de aquella época.

Los arcos de las bóvedas recogen el peso de las mismas y lo transmiten a los pilares. En el gótico, el arco apuntado tiene un empuje más vertical, esto permite una mejor distribución de cargas y consecuentemente unos edificios más elevados, más aéreos.

Para completar ese equilibrio, se construyen los arbotantes, contrafuertes exteriores al propio edificio. El arbotante recoge el empuje del arco de la bóveda, en su arranque, y lo lleva a un estribo (contrafuerte) que va adosado a una nave lateral, y que suele ir coronado por un pináculo, que le otorga una imagen verticalizada y, además, contribuye con su peso a empujar hacia abajo la fuerza transmitida por el arbotante. En definitiva: con estos elementos, el peso de la techumbre se transmite al suelo sin necesidad de pared alguna.

Interior de la catedral de León, en la que se funden la luminosidad y las armonías del gótico.

Interior de la catedral de León, en la que se funden la luminosidad y las armonías del gótico. Fotografía de J.M. Rodríguez Montañés

…Y la bóveda de Crucería

Junto con el arco apuntado, otro elemento característico del gótico es la bóveda de crucería. Ésta se forma por la intersección en ángulo recto de dos bóvedas de cañón apuntado. Esta bóveda también se llama nervada, porque tiene dos o más nervios diagonales que se cruzan en la clave. Esos nervios o arcos son el armazón básico, el esqueleto de la estructura, y entre ellos se hacen los paños intermedios.

Como vemos, hecha la estructura o esqueleto básico del templo – nervaduras, columnas, arbotantes y estribos- el edificio ya se sostiene; ahora ya se pueden llenar los vanos con rosetones o vidrieras, para dejar paso a la luz, la luz tornasolada del gótico.

El fruto de la experimentación

En realidad, el gótico es fruto de la experimentación del propio románico. A él se llegó desde distintos lugares, como Durham (Inglaterra) donde existe una catedral iniciada al final del siglo XI, en la que ya se hizo una bóveda con arcos apuntados transversales y se adoptó el uso de arbotantes que se disimularon en el triforio. Más tarde se perfeccionaron estos hallazgos en el entorno de  París, desde donde irradió al resto del continente.

Surgieron entonces las grandes catedrales del Gótico; como Chartres, Reims, Bourges y Estrasburgo en Francia; Colonia y Friburgo en Alemania; Lincoln y Salisbury en Reino Unido; León, Toledo, Burgos y Sevilla en España. Y también los magníficos edificios civiles, como el Palacio Ducal de Venecia, el Ayuntamiento de Bruselas o la Lonja de la Seda de Valencia.

Las disciplinas artísticas.

Comenzamos el artículo refiriéndonos a la escultura, con una obra excepcional, la Virgen Blanca. Pero el paso del románico al gótico fue gradual. Las estatuas del Portal Real de la catedral de Chartres, de una dignidad impresionante, están a caballo de los dos estilos. Luego se siguió evolucionando, otorgando naturalidad en los gestos, expresividad y volumen a los cuerpos y rostros. Más adelante, en el caso de Borgoña (nordeste de Francia) Claus Sluter avanzaría hacia una escultura de rostros con expresión intensa, vestimentas y cabellos con mucho volumen y un toque dramático que incluso preludia el Barroco español.

En la pintura, la evolución también fue paulatina, aunque hay que apuntar algunos aspectos. Primero, la escasez de muros, por lo que lo pictórico se refugió básicamente en altares y la ilustración de libros, verdaderas joyas en las que se vuelca un trabajo preciosista.

En la renovación de la pintura cabe citar el papel de los italianos y en concreto Giotto, quien fue capaz de emancipar la pintura italiana del estilo bizantino, dándole una seña realista, naturalista. Aun desconociendo las teorías de la perspectiva, las composiciones de Giotto adquieren cierta tridimensionalidad, libertad de movimiento, y en los rostros se lee lo más hondo del alma. El otro polo de desarrollo de la pintura sería el ámbito de Borgoña-Flandes.

 …Y la luminosidad de las vidrieras.

Vimos cómo el modelo de construcción gótico liberaba al edificio de las paredes, y para el cerramiento se recurrió en las iglesias más notables a inmensos ventanales que se llenaron de cristal colorista, creando un ambiente sorprendente.

En el Museo de la Obra de la Catedral de Estrasburgo se halla una vidriera en la que se representa la cabeza de Cristo, proveniente de una abadía benedictina de Wissemburg, en el norte de Alsacia. La obra parece ser la primera vidriera con un personaje, y corresponde a los días en los que este arte empezaba a desplegarse por Europa. Es una obra de la primera mitad del siglo XI. En siglos posteriores la vidriera adquirió una difusión extraordinaria, para plasmar por doquier escenas bíblicas y de bienaventurados. Ejemplos excepcionales son las catedrales de Chartres, León y la Sainte Chapelle parisina.

La vidriera, además, tiene algo revolucionario: la liberación de la identidad. El artista aplica las piezas de colores con cierta libertad. Primero, porque es imposible marcar las degradaciones de los tonos con el reducido elenco de vidrios disponibles; segundo, porque los más reputados maestros usaban los tonos intensos, vibrantes, tal vez inspirados en las iluminaciones de códices y libros de horas. El resultado fue una extraña irrealidad que los acercaba a lo mágico… a la fe.

vidrieras

La catedral de León es una de las más importantes del arte gótico, en especial por sus vidrieras. En la imagen, las de la cabecera del templo. Imagen de Guiarte.com

La catedral de León

La catedral leonesa es un maravilloso modelo de iglesia gótica. Se halla junto al flanco este de la muralla romana, ocupando el espacio que antiguamente correspondía a unas grandes termas. En ese mismo lugar hubo una iglesia edificada en el inicio del siglo X, donde ya se coronaba a los reyes leoneses, y que quedó dañada por Almanzor. En el siglo XI se construyó una nueva, románica, de tres naves separadas por pilares de sección cuadrada con columnas adosadas, y con tres capillas absidiales.

Durante el obispado de Manrique de Lara (1181-1205) se inició la actual catedral gótica, cuya construcción debió ir penosamente hasta mediados del siglo XIII, cuando accedió a la silla episcopal Martín Fernández, en cuya época (1260) ya estaba funcionando la Capilla Mayor. Diversos maestros –Simón, Enrique, etc.- trabajaron en estos años, en una tarea que estaría bastante encarrilada ya en el inicio del XIV. Las torres aún se terminarían más tarde.

Problemas de estabilidad

Desde el siglo XIV se apreciaron fallos en la estabilidad del edificio por una mala cimentación, sobre edificación previa romana; problema al que hubo que sumar la endeble calidad de la piedra. Ya en el siglo XV, Jusquín, maestro de origen holandés, tuvo que construir una estructura, bautizada como la Silla de la Reina, destinada únicamente a fortalecer el equilibrio del hastial sur, y otra, Limona, para fortalecer el del norte.

Precisamente Jusquín fue quien terminó el hastial del norte, en el que aparece un bellísimo vano triangular, y quien realizó gran parte de la torre del lado suroeste.

Los problemas del edificio continuaron. En 1631 cayó parte de las bóvedas de la nave central y se encargó a Juan Naveda que cubriera el crucero con una gran cúpula, añadido que destruyó los equilibrios góticos. El edificio siguió deteriorándose por esto, por unos pináculos añadidos por Joaquín de Churriguera y por el propio terremoto de Lisboa (1755).

Cerrada al culto

En el siglo XIX, la iglesia se cerró al culto porque estaba destrozada. Numerosos arquitectos pasaron por ella, y el Estado, con el apoyo de la Real Academia de Bellas Artes, tomó la iniciativa para salvarla. Personaje clave en el proyecto de recuperación fue Juan Madrazo, quien, siguiendo las teorías del francés Viollet-le-Duc, elaboró un cuidadoso proyecto de restauración, en el que se recuperó el Gótico primitivo, se restauraron las vidrieras y el crucero sur; se quitó la cúpula y se eliminaron las estructuras barroquizantes de la fachada.

En esta tarea participaron sucesivamente los arquitectos Demetrio de los Ríos y Juan Bautista Lázaro. La catedral se reabrió al culto en 1901.

La planta de la catedral

La planta de la catedral sigue el modelo de la de Reims (Francia) aunque es de menores proporciones. Si avanzamos desde la entrada oeste nos encontramos con un plano de tres naves, durante cinco tramos, que se amplía a cinco naves para hacer un monumental crucero, al que sigue una cabecera con gran presbiterio, rodeado por una girola a la que abren las capillas hexagonales.

Como característica hispana, las torres están fuera de planta, lo que no ocurre en las catedrales francesas, por lo que la fachada no tiene la tradicional verticalidad de las galas. Las medidas son 90 metros de largo, 30 de alto y 29 de ancho. La torre sur alcanza unos 68 metros, casi cuatro más que la norte, y el hastial de la portada principal, 50 metros.

Los arbotantes, dobles, son airosos y vuelan sobre la girola y las naves laterales. En el interior, el alzado también es similar a los de Chartres y Amiens, con tres pisos, triforio y los grandes ventanales altos de tracerías góticas.

Un recorrido: la fachada

La fachada occidental constituye un ámbito ante el que el visitante ha de detenerse, no sólo para ver la monumentalidad de esta, sino para examinar los pórticos, con muestras de la mejor estatuaria gótica hispana.

En el imafronte hay tres vanos de acceso, separados por unos arcos lancetados. En la puerta central hay diversos elementos de interés, empezando por el parteluz, donde se ubicaba la Virgen Blanca. La actual es una copia, muy buena.

El programa del tímpano está dedicado al Cristo en majestad presidiendo el Juicio Final. Debajo, a su derecha, los elegidos gozado de la gloria, a su izquierda los condenados, en ollas hirvientes y devorados por monstruos.

Un detalle importante del Cristo: ya no es el de rostro justiciero y adusto del Románico, sino un ser lleno de bondad, rodeado de sendos ángeles, la Virgen y san Juan, ambos suplicantes. Nótese también el protagonismo de la Virgen en esta imagen: la tenemos en el parteluz y de nuevo en el tímpano.

La puerta que vemos a la izquierda, la de San Juan, aporta escenas de la infancia de Jesús: la visitación, el parto y hasta la anunciación a los pastores. Sobre este registro, otro con la adoración de los Magos y la huida a Egipto, y en el cimero, la matanza de los inocentes, una escena dramática, efectista, en cuyo vértice aparece un niño atravesado por una lanza.

La entrada de la derecha, la de San Francisco, muestra escenas de la muerte y coronación de la Virgen. En el centro, un Cristo coronado bendice a su madre.

Las portadas laterales

La portada sur se integra por otras tres puertas. La más notable, la central, denominada de San Froilán, en referencia al santo que preside el parteluz. El tímpano está dominado por la figura de Cristo bendiciendo con su mano derecha, rodeado de los evangelistas. Excelentes trabajos en las arquivoltas y jambas.

En la portada norte-la más tardía- aún podemos ver las policromías. En el tímpano, un Cristo, de pie, bendiciendo, inserto en una mandorla que sujetan cuatro ángeles. Junto a ellos, los evangelistas. En el parteluz se halla la Virgen del Dado, de serena belleza.

En las jambas, diversos personajes, entre ellos uno especial, el llamado Ángel de Reims, similar a otro de la ciudad francesa.

Los arbotantes no sólo otorgan verticalidad a la construcción gótica, sino que embellecen y liberan al edificio de paredes, permitiendo que estas se sustituyan por vidrieras. Fotografía de Tomás Alvarez

Los arbotantes no sólo otorgan verticalidad a la construcción gótica, sino que embellecen y liberan al edificio de paredes, permitiendo que estas se sustituyan por vidrieras. Fotografía de Tomás Alvarez

Las vidrieras

En el interior merece la pena detenernos en varios aspectos, empezando por las vidrieras, que al igual que la arquitectura, son de inspiración francesa. Tradicionalmente se las vincula a las de Amiens y Reims y las más antiguas proceden del siglo XIII. Otras proceden de los siglos XV y XVI.

Con 134 ventanales y 3 rosetones, éste es el mayor tesoro de vitrales de la Península Ibérica: 1.800 metros cuadrados de vidrio.

Hay una lectura religiosa en las vidrieras. En la penumbra, en el lado norte, se hallan los personajes del Antiguo Testamento. En el extremo oriental, por donde llega la luz, se halla el árbol de Jesé, símbolo de Cristo, en tanto que en el mediodía -en el ámbito de la luz- está el Nuevo Testamento y el triunfo de la Iglesia.

Una de las vidrieras más populares es la quinta ventana del muro norte, con una temática profana que se sale del ciclo iconográfico. Es del XIII y se dice que probablemente perteneció a algún palacio real leonés y que se instaló en el XIV en la catedral. En ella podremos ver escenas caballerescas, de juglares y cetrería.

Los rosetones

Entre los rosetones, el del norte es el más antiguo, del XIII, presidido por un Cristo Rey, y rodeado de personajes que tocan instrumentos de música. Algo posterior es el occidental, en el que aparece la Virgen con el niño, rodeada de ángeles con trompetas, en tanto que el hastial sur, destrozado en los avatares del templo, es de creación relativamente reciente.

No es fácil ver con detenimiento la totalidad de las vidrieras, por eso proponemos otra mirada a la girola, donde hay excelentes trabajos. Conviene detenerse en la más oriental, la capilla de la Virgen Blanca. Es una obra maestra de los vitrales del Renacimiento, corresponde al siglo XVI y es de Rodrigo de Herreras. En el panel de la izquierda, los ángeles anuncian el Nacimiento de Jesús a los pastores; en el centro, la escena de la Natividad, a la derecha la Adoración de los Reyes. Todo, con un fondo de paisajes y arquitecturas clásicas. Entre las rosas de la parte superior hay una con una fuerza extraordinaria, la del Padre Eterno con el Espíritu Santo presidiendo la escena. Una belleza.

El arte sepulcral

De los sepulcros, nos debemos detener en dos. El primero, el del obispo Martín, el Zamorano. Es excepcional, una obra del maestro de la Virgen Blanca. Arriba, un friso magnífico con los dignatarios que asisten al funeral y la escena de las plañideras. Un friso comparable a los mejores del arte grecolatino. Encima, un calvario prácticamente destruido por el Mal de la Piedra y una bella arcada lobulada.

En el frente de la tumba otro trabajo magnífico: un palacio de aires góticos del que sale un grupo de criados con alimentos que distribuyen a los mendigos, paralíticos y peregrinos. Dos magníficas escenas por su valía artística y por ser un testimonio excepcional de la ciudad del siglo XIII.

Otra obra magnífica es el sepulcro de Ordoño II, el monarca que donó su sede palatina para edificar en ella la primera catedral. El friso de la Pasión de Cristo es del siglo XIII. Lo mejor de él, el Descendimiento. Un trabajo exquisito por su movimiento y composición. El resto, también interesante, es del siglo XV.

El pan es el gran ejee de la gastronomía de la peregrinación

El pan es la esencia de la gastronomía de la peregrinación. Este relieve  sepulcral gótico de la Catedral de León, muestra a los peregrinos y mendicantes recibiendo pan. Imagen de Tomás Alvarez

Hay un tercer sepulcro, más modesto, que siempre me ha emocionado. Es de mediados del XV y aúna la sencillez y el mensaje humanista que dirige al visitante. Corresponde al un canónigo, Juan de Grajal, y está en el claustro. En la obra, un ángel sostiene un texto en latín, bajo una arcada gótica, enmarcada por un alfiz también gótico. Dice: Oh! tú, quienquiera que seas, que pasas y contemplas la mezquina superficie de este mármol; mira dónde lleva la vana gloria del mundo. Fui canónigo en León y estudié leyes para proteger a los necesitados; un nombre cubierto de títulos y unas sienes coronadas de laurel proclaman mi amor a la Justicia. Pero ¿para qué sirven tales honores y la multitud desolada de amigos y deudos? Nadie puede ayudarte en este trance…»  

Nicolás Francés. El pintor de la catedral

Unos datos sobre las pinturas. El “rey” de los pintores de la catedral de León es Nicolás Francés, cuya obra se halla en diversos puntos: en la girola, tras la Capilla Mayor; en la capilla de Santa Teresa, en el arranque norte de la girola; en el claustro, y –sobre todo- en el Altar Mayor, donde hay varios temas (de un conjunto iconográfico mayor pero perdido en gran parte) entre los cuales alguno tiene encanto especial, como el traslado de los restos de Santiago en un carro de bueyes.

El pintor galo, del que se documenta su estancia en León en 1434, aporta una obra realista, con figuras que reflejan un aire borgoñón por su acusada volumetría.

Hay otra pintura magnífica del Gótico, un descendimiento, llamada también Llanto sobre Cristo muerto. El cadáver se halla en una sábana blanca y es contemplado por la Virgen María y otros personajes. Detrás aparece la cruz y un paisaje de inspiración flamenca. Se ha atribuido la obra al llamado Maestro de Palanquinos. Destaca su fuerza expresiva gótica, y la incorporación de formas y técnicas de origen flamenco.

La orfebrería

Por lo que se refiera a la orfebrería, la referencia es Enrique de Arfe, artista de origen alemán del que cabe destacar la urna que existe en el altar mayor donde se guardan las reliquias de San Froilán, pero los conocedores del arte saben que su gran obra no está a la vista.

Este artista llegó a León en 1501 para hacer una famosísima custodia del Corpus, que desapareció en la Guerra de la Independencia. En el catedral quedó el arca de San Froilán, en la que, bajo arcos de medio punto, se presentan relieves de santos. Pilastras y círculos están repletos de elementos vegetales.

Y el coro

Las armonías de las catedrales hispanas se destrozaron en parte con la construcción de los grandes coros en medio de la nave central. El de León es notable. En la sillería trabajaron los maestros Jusquín, Juan de Malinas y Copín de Holanda. Los relieves son excelentes, llenos de naturalidad y elegancia. El trascoro fue realizado con planos de Juan de Badajoz, y con un programa decorativo diseñado por Juan de Juni y Esteban Jordán.

La obra del coro es magnífica, pero no deja de ser un conjunto heterogéneo metido en medio de la Jerusalén Celestial gótica.

Las catedrales francesas no tienen ese añadido interrumpiendo la perspectiva de la nave y con ello la imagen del edificio gana en armonía y majestuosidad. Aún siento temblor al recordar la primera vez que entré en la catedral de Chartres y caminé por medio de la nave principal hacia la cabecera, sintiendo el cambio de la perspectiva visual a medida que mis pasos avanzaban sobre el suelo del tiempo. Una pena que cuando se restauró la catedral leonesa no se atrevieran a llevarse este conjunto a un museo. De esa forma, la catedral aún tendría una belleza más sublime y León contaría –como muchas catedrales francesas- con un museo de la catedral de un valor emblemático.

Sepulcro del rey Ordoño II, en la catedral de León.

Sepulcro del rey Ordoño II, en la catedral de León. Imagen de J.M. Rodríguez Montañés

La Jerusalén Celestial

El conjunto de la catedral gótica es una representación sublime de la Jerusalén Celestial, una imagen ideal del cosmos, basada en la belleza y la armonía, y conseguida mediante juegos de números, de figuras geométricas, y de la luz.

La armonía del templo se basa en el juego repetitivo del número tres y en el uso del triángulo equilátero. La planta tiene tres naves, los alzados de la nave mayor y la lateral se dividen en tres partes; la altura de la nave mayor es tres veces su anchura; tres hastiales enmarcan las tres portadas, divididas a su vez en tres puertas. En las vidrieras y rosetones aparece el juego del tres; número que en el Medioevo significaba dinamismo y perfección.

En el interior, el cromatismo de la luz transforma el espacio, otorgándole una esencia incorpórea. Los teólogos asignaban a los cuerpos espirituales cualidades de ingravidez, transparencia y luminosidad. En cambio, la piedra representaba lo contrario: gravitación, corporeidad, pesadez. Los constructores de las catedrales lograron crear una espiritualidad en el interior del edificio a través de la luminosidad cromatizada de las vidrieras que hacía irreal la propia piedra. Ese sensación de incorporeidad e infinitud se lograba también mediante la estilización del propio edificio, merced a los juegos de las columnas y los arcos apuntados…

El correr de los siglos no fue capaz de ocultar la dignidad y sublime belleza de la Virgen Blanca y el Niño, maravillosa obra del pórtico de la catedral de León, ahora recogida en el interior. La copia que se mantiene en el exterior también alcanza una gran calidad. J.M. Rodríguez Montañés

Armonía, música y dulzura

Como cierre de la visita, merece la pena detenerse en la catedral, en alguno de los bancos que hay ante el coro, para contemplar con serenidad el conjunto; sentir el milagro de los vitrales, las armonías del musicales del edificio.

A lo largo de la visita, en numerosas arquivoltas, en las vidrieras y en bajorrelieves podremos ver seres dedicados a la música. Hasta en el coro hay un jabalí que toca la gaita… Hay música en el monumento, hay una sinfonía, un aura de misterio, a la que contribuyen los ritmos de las columnas, de las ventanas, y la espiritualidad de esa luz que modifica la frialdad de la piedra.

Hay armonía, música y alegría. La dulce imagen de la Virgen Blanca parece haber contagiado a multitud de los seres que pueblan esta ciudad de Dios.

Este texto es parte de uno de los capítulos del libro Tres días para acercarse al arte, de Tomás Alvarez, editado por Everest