El 8 de marzo de 2026 se cumple el 900 aniversario de la muerte de la emperatriz Urraca I de León (Imperatrix totius Hispanieae), una mujer excepcional en la historia de la Edad Media. Doña Urraca estuvo desde muy joven íntimamente ligada a Galicia y a la mitra compostelana, a la que hizo grandes donaciones y entrega de valiosas reliquias. Protegió el Camino de Santiago y fundó un hospital de peregrinos en Portomarín. También encargó a Pedro Peregrino la reconstrucción del puente romano de aquel lugar, seriamente dañado durante el conflicto bélico que mantuvo con el que fue su esposo, Alfonso I de Aragón. En nuestra web dedicada al mundo de la peregrinación, recogemos una semblanza de esta mujer, debida al escritor José Pedro Pedreira, quien acaba de publicar una novela histórica sobre ella.

La emperatriz Urraca I de León, en una miniatura del Tumbo A de la Catedral compostelana. Imagen commons.wikimedia.org
URRACA EMPERATRIZ
Por José Pedro Pedreira
Urraca I de León, además de haber sido la primera reina y emperatriz en la vieja Europa, fue una mujer que con el transcurso de los siglos se ha convertido en ejemplo y símbolo de la lucha por los derechos de las mujeres y por la libertad e independencia para vivir su propia vida sin someterse a tutelas varoniles ni a los prejuicios y trabas que a ella le plantearon poderosos señores.
Es cierto que esa fuerza extraña que llamamos destino la colocó en circunstancias y coyunturas especiales que no solemos vivir el resto de mortales. Muchas de ellas fueron difíciles y requerían de un gran coraje, habilidad, paciencia e incluso astucia para enfrentarlas sin dejarse la piel en el intento. En numerosas ocasiones le acabarían causando más heridas que satisfacción. Y eso para Urraca puede que fuese una desgracia, pero para quienes disfrutamos conociendo su historia es una especie de fortuna.
Pienso, sin embargo, que para valorar su reinado, juzgar su comportamiento y hasta entender los ataques de sus enemigos, se necesita conocer su vida.
La boda de una niña
Siendo una niña de poco más de diez años, la pequeña Urraca, hija del rey Alfonso VI y de su segunda esposa, Constanza, fue entregada en matrimonio a Raimundo de Borgoña, quien le doblaba la edad. Primo de su madre, había llegado al reino de León acompañando al duque Eudes en apoyo de las tropas del rey Alfonso VI en su lucha contra los almorávides que ocupaban al-Andalus, tras haber sufrido este dolorosa derrota en la batalla de Sagrajas. No se tienen muchas noticias del tipo de relaciones que mantuvieron como esposos. Puede que fueran felices los pocos años que vivieron juntos. Tuvieron dos hijos (Sancha y quien se acabaría convirtiendo en el emperador Alfonso VII), aunque la entonces condesa de Galicia pasaría la mayor parte del tiempo embarazada durante este primer matrimonio.

Miniatura de un manuscrito de la Biblioteca Nacional de España (Chronicon regum legionensium). Alfonso VI envía legados al papa Gregorio VII.
No es difícil deducir que quien era considerado un apuesto noble borgoñón, hijo del conde Guillermo “el Grande”, ambicioso hasta el extremo de querer desafiar la autoridad de su poderoso suegro, le fuera infiel a su joven esposa, como se relata en mi novela.
Un marido ambicioso de poder
Llegaría Raimundo a formar en sus dominios de Galicia una curia palatina en la que se legislaban fueros y se ejercían funciones de asesoramiento que corresponden a un rey. Ambicionaba convertirse en sucesor al trono de los reinos de León y de Castilla a la muerte de Alfonso VI. Y no escatimó esfuerzos para lograrlo, tanto aliándose con su primo Enrique como rodeándose de nobles y obispos gallegos, entre los que destaca con luz propia Diego Gelmírez, y a los que potenció pretendiendo ganarse sus favores.
Pero aquel a quien algunos retratos presentan como un hombre fuerte, de egregia figura y estampa vigorosa, parece que no gozaba de muy buena salud. Aún no había cumplido los 38 años cuando recién llegado en la que imaginamos una oscura tarde del otoño leonés a Grajal de Campos, villa de la que ostentaba la tenencia, se sintió indispuesto; se retiró a su alcoba y a las pocas horas se rindió en brazos de la muerte.
Hasta entonces Urraca apenas había tomado parte en la administración del condado gallego, “regalo de boda” de su padre, delegando dicha tarea en Raimundo. Pero una vez viuda quiere ejercer su autoridad, amenazada por nobles rebeldes gallegos como el conde de Traba o por el propio Diego Gelmírez o su hermanastra Teresa, que desde el condado Portucalense, pretendía ampliar sus dominios a costa de las posesiones de su hermana.
Dicha experiencia le será muy útil cuando dos años después su padre Alfonso reciba en Toledo la “llamada de Dios”, tras haberla nombrado heredera.

Imagen del Castillo de Grajal de Campos (León) el lugar donde murió Raimundo de Borgoña, primer esposo de Urraca I de León. Imagen de Tomás Alvarez.
Heredera imperial… y mujer
Ninguna mujer había reinado antes y tampoco Urraca hubiera accedido al trono si en la batalla de Uclés, celebrada en 1108, no hubiera fallecido su medio hermano Sancho, fruto de la relación del rey con la mora Zaida.
En una época en que los reyes se consideraba que debían ser también bravos soldados resultaba ya un atrevimiento nombrar heredera a una mujer. Pero Alfonso VI tampoco era tan osado y consideró que, aunque dejaba sus poderosos reinos cristianos en manos de su hija, debía buscarle un esposo que encarnara ese espíritu guerrero del que supone que ella carecía.
Varios nobles de la corte leonesa pretendían la mano de la bella Urraca, entre ellos Gómez González, conocido como el conde de Candespina por haber fallecido en la batalla celebrada en dicho lugar, y del que se dice que fue el primero de los amantes ilustres de la entonces infanta. Sin embargo, su padre consideró que el hombre más adecuado para desposarla sería el rey Alfonso I de Aragón, conocido como el Batallador. La condesa de Galicia no simpatizaba en exceso con la idea, ya que a su futuro marido no se le conocían amantes ni hijos cuando ya contaba 36 años y además se rumoreaba que era un misógino que declaraba públicamente encontrarse más a gusto entre sus soldados que entre mujeres. Pero no iba a contrariar la última voluntad de su padre. Además de que ella no pudo imaginarse que el esposo aragonés también sería un hombre violento y un maltratador.
Conflictos políticos y relaciones tormentosas
Ante las primeras insurrecciones de los nobles gallegos abanderados por el conde de Traba y el obispo Gelmírez, mientras Urraca abogaba por las negociaciones y los acuerdos con los rebeldes, Alfonso de Aragón, fiel a su espíritu guerrero, decidió atacarlos con todas sus fuerzas, provocando hechos tan lamentables como el asalto al castillo de Monterroso a los partidarios de Traba y Gelmírez, o la emboscada y asalto a los mismos en Villadangos, cuando estos viajaban con el pequeño Alfonso al encuentro con su madre en la ciudad de León, a fin de que le concediera su beneplácito para ser coronado como nuevo rey de Galicia, hecho con el que no se mostraba de acuerdo el monarca aragonés, ya que en las capitulaciones matrimoniales se establecía que si los nuevos esposos engendraban un hijo varón, la herencia de los reinos recaería en él, relegando al hijo de Urraca con Raimundo. Los gallegos no podían mostrarse en mayor desacuerdo con esta medida y dicha circunstancia, unida a las bruscas maneras de comportarse el aragonés, curiosamente serían de los principales estímulos para que los levantiscos gallegos fueran engendrando un verdadero odio hacia Alfonso de Pamplona y Aragón, y procedieran a acercarse a la reina.
Las relaciones entre los nuevos esposos fueron tormentosas desde un principio y muy pronto Urraca se comenzó a plantear la idea de librarse de un consorte tan indeseable.
No lo podía abandonar, ya que en las citadas capitulaciones matrimoniales también se había establecido que cada uno de ellos gozaba de autoridad en los dominios del otro y aquel que decidiera separarse, perdería la obediencia debida de sus súbditos, y no estaba dispuesta la reina leonesa a concederle tamaña satisfacción al aragonés. La única salida que le quedaba era recurrir a la Santa Sede para que declarase nulo su matrimonio.

Palacio de la Alfajería de Zaragoza, ciudad que Alfonso I, segundo esposo de Urraca de León, convirtió en sede de su reino. Fotografía de Tomás Alvarez.
El caso ante la Santa Sede
El maltrato no era un asunto que preocupara en exceso en Roma. En cambio sí les preocupaba lo que la Iglesia consideraba relaciones incestuosas y que según sus leyes se extendía a las uniones hasta el séptimo grado de parentesco. Ambos eran bisnietos del rey Sancho de Pamplona y bien asesorada, entre otros por el arzobispo Bernardo (de los pocos clérigos que siempre estuvieron de su lado), fue este el motivo que Urraca alegó para que en 1114 el papa Pascual II accediera a disolver el matrimonio.
Una vez anulado el vínculo que la unía al monarca aragonés, el gran amor de Urraca sería el conde Pedro González de Lara, quien ya la venía consolando en los últimos tiempos del tormentoso matrimonio. Con él tendría dos hijos más, Elvira y Fernando. Con él vivió sus años más apasionantes. Y si él fue quien la acompañó en los momentos más felices de su vida, también la acompañó en los más dolorosos, incluyendo los últimos, cuando aún joven encontró la muerte en la villa de Saldaña.
Y la guerra entre reinos
Pero si Urraca pensó que con la nulidad matrimonial iban a resolverse sus problemas, estaba muy equivocada. El aragonés Alfonso, continuó atacando fortalezas castellanas y leonesas, provocando rebeliones y tumultos contra la reina leonesa de mano de los nuevos burgueses, entre los que contaba con firmes aliados. Así se vivieron hechos tan lamentables como los acaecidos en Sahagún y, sobre todo, los que en 1117 tuvieron lugar en Compostela, donde la reina fue insultada, agredida y según algunos historiadores, incluso violada públicamente.
Pero el rey de Pamplona no solo pretendía apoderarse de importantes poblaciones bajo el dominio de su antigua esposa, sino que gustaba de seguir utilizando el título de emperador, ligado al reino de León y que por tanto no le correspondía. Los enfrentamientos, por tanto, entre los reinos de ambos reyes continuaron. Y si acaso, encontraron una cierta tregua en los días últimos de Urraca fue porque Alfonso I, que había logrado apoderarse de Zaragoza (conquista facilitada por las conquistas leonesas en el valle del Henares, que interrumpían las comunicaciones entre la taifa de Saracusta en manos moras y los almorávides de al-Andalus), debía ocuparse entonces con más celo de la salvaguarda de sus propias fronteras y las amenazas continuas que sufrían. No solo hostigadas por los sarracenos. Sus diferencias con Ramón Berenguer le estaban llevando a serios enfrentamientos con el conde de Barcelona. Una de sus últimas disputas se centraría en Lérida, a la que ambos se sentían con derecho a conquistar.
El final de una reina joven
Pero Urraca aún era una mujer joven, incluso para los parámetros de la época, cuando enfermó gravemente y sus médicos le recomendaron retirarse al castillo de Saldaña, en las plácidas tierras de los Campos Góticos. A pesar de los innumerables acosos y ataques que padeció a oeste, este y el sur y en el interior de sus propios reinos, había conseguido mantener la rica herencia recibida de su padre Alfonso VI para poder entregársela íntegra y todavía ampliando fronteras en algunos frentes a su hijo y heredero Alfonso VII. Como recuerdo en el epílogo de mi novela : “Urraca reinó durante diecisiete años y encontró la muerte en el castillo de Saldaña (Palencia) a fecha 8 de marzo de 1126. Aún no había cumplido los 46 años. Su cuerpo fue inhumado según su propio deseo en el Panteón de los Reyes de la basílica de San Isidoro de León, obra de sus abuelos Sancha y Fernando.
Al día siguiente de su muerte, su hijo Alfonso VII se presentó en León para ser confirmado rey en la catedral capitalina. Recibía prácticamente íntegra la valiosa herencia legada por su abuelo Alfonso VI y que su madre Urraca consiguió transmitirle con enormes dificultades provocadas no solo por los almorávides que ocupaban al-Ándalus sino por su propio marido Alfonso de Aragón, su hermana Teresa y quienes se erigían en defensores de los derechos de su hijo«.

Una mujer, un mito, un símbolo
Con la muerte de Urraca desaparecía una gran reina a la que los cronistas de la época censuraban con saña por actitudes y comportamientos considerados normales en los reyes varones y por el simple hecho de su condición femenina en un tiempo heredero de tradiciones bíblicas y patriarcales que definían a la mujer como “un hombre incompleto”, según refiere en sus escritos el catedrático de literatura medieval H. Salvador Martínez.
Hoy, la imagen y el simbolismo de esta mujer que representa su lucha por sus derechos para ejercer un reinado que le pertenecía y para vivir su vida con libertad e independencia, son todo un ejemplo; no solo para las reinas regentes que pretendan reinar sin tutelas varoniles, sino para todas las mujeres que ansían vivir sus vidas con libertad, independencia y todos los derechos que deben otorgarles la sociedad y la ley.
El próximo año, 2026, se cumple el noveno centenario de la muerte de Urraca y quizá sea un buen momento para continuar reparando la imagen agredida tan injustamente durante siglos de una reina y emperatriz que, por encima de otras consideraciones, podemos considerar una gran mujer, ya que ella misma se consideraba ante todo, mujer, y solo después madre y reina.
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