Celadilla del Paramo es un pueblo parco en población –unos 200 habitantes- pero grande en ingenio y creatividad; una creatividad que sus vecinos vuelcan en su famoso antruejo (carnaval), sus fiestas y actividades culturales… Un pueblo que ahora ha hecho una monumental exposición de la historia del cómic, en un parque infantil.
El sencillo lugar, que preside la airosa espadaña del templo parroquial, se halla en pleno Camino de Santiago; en la variante que en el siglo XV aconsejó el monje alemán Hermann Künig; variante que acaba de ser reconocida como Camino Histórico a Santiago. Allí, no lejos de la iglesia, ha “florecido en color” un espacio urbano. Un amplio parque de juegos infantiles, rodeado antaño por una desastrada pared es ahora un radiante museo del cómic al aire libre.

Celadilla del Paramo estrena un radiante museo del Cómic al aire libre
Celadilla al aire libre
Gari Ferrero, presidente de la Asociación Cultural del lugar lo cuenta:
“Nadie lo diría viendo las fotos de ahora. Pero durante años ese paraje de Celadilla del Páramo tuvo la misma expresión que una casa cerrada por duelo. Una tapia miraba al parque infantil con la indiferencia de ladrillo; el caño echaba agua con la resignación y el rictus de un funcionario; los rapaces jugaban allí como podían… Era un lugar de paso, no de estancia. Uno iba, llenaba la barrila y volvía sin mirar alrededor, como si el paisaje no fuera con él.
…Y entonces apareció Toño.
Toño vino de Canarias a este rincón del Páramo como quien aterriza en otro planeta. Trajo en la cabeza un archivo completo de películas de ciencia ficción, series de fantasía y dibujos animados. Y mientras otros veían en los muros del parque infantil un paredón desnudo, él veía un fotograma en pausa, esperando que alguien le diera al play. Donde el resto alcanzábamos a distinguir adobes y grietas, Toño adivinaba portales, galaxias, héroes en miniatura preparados para saltar del cemento al recuerdo. Pero un solo actor no hace película.

Hasta la familia de los Simpson disfruta en el atardecer de Celadilla del Páramo, en este original museo de la historia del cómic.
Y un día el sueño echo a andar…
…Y un día empezó a explicar a los vecinos —mayores, jóvenes, niños— lo que soñaba para ese parque y para esas paredes. Entonces ocurrió algo raro; como si se encendiera ante la mirada de todos una gran pantalla en común. Cada uno traía a la conversación un personaje, una escena, una risa de infancia. Y entre todos, siguiendo la idea inicial de Toño, empezaron a pintar.
A veces se olvida lo revolucionario que es un cubo de pintura en manos de un pueblo entero.
Los mayores, que guardan en la memoria un mundo en blanco y negro, sostenían las escaleras, limpiaban brochas, discutían tonos. Los jóvenes, que tienen el pulso entrenado por las pantallas táctiles, dibujaban contornos, cuadraban proporciones, hacían de traductores entre el píxel y el ladrillo. Los niños, que viven todavía pegados a la fantasía, señalaban con la autoridad de los pequeños dictadores de la alegría: «Aquí quiero a este, más grande; y ahí, otro».

Los niños, que viven todavía pegados a la fantasía, reclamaban la presencia de sus héroes del cómic…
Y así, pincel a pincel, Celadilla se fue autorretratando. Lo que antes era un muro cansado es ahora una especie de álbum de cromos en tamaño gigante. Asoman personajes que fueron educadores sentimentales de varias generaciones; figuras que nos acompañaron cuando aprender a distinguir el bien del mal dependía de un capítulo de dibujos. Están allí, inquietas y reveladoras, como si acabaran de escaparse de la pantalla para recordar a los adultos quiénes fueron y advertir a los niños quiénes pueden llegar a ser.
Un parque temático, sin taquillas ni colas
El parque, antes anodino, ha dejado de pedir disculpas por existir. Se ha convertido en un pequeño parque temático sin taquillas ni colas. Un universo de color donde las esquinas ya no dan miedo, las paredes ya no se esconden y el suelo parece un escenario esperando la siguiente escena de juego.
Se diría que hasta el campanario, al fondo, ha enderezado un poco la espalda para mirar mejor el espectáculo.
La transformación ha sido tan profunda que ha cambiado incluso el gesto más humilde del día: el del ir a buscar agua al caño. Antes uno salía de casa con el botijo y el pensamiento en las facturas, en las cosechas, en ese cansancio de pueblo que se confunde con la rutina. Ahora el camino se ha vuelto una pequeña excursión. Se va al caño, sí, pero también se va al encuentro de los colores. …Y el vecino que regresa lleva agua fresca, por supuesto, pero trae además un suplemento invisible: una sonrisa que se le ha pegado a la cara sin darse cuenta; la sensación de que el pueblo se ha mirado al espejo y por fin se ha gustado.

.Ana y Quico, peregrinos de Mallorca que este otoño lluvioso pasaron por el Camino de Künig se fotografiaron en el parque, recién pintado. En la imagen Ana al lado de Zipi y Zape y Mafalda.
A la entrada del parque hay pintado un peregrino medieval que nos recuerda que esta es senda de peregrinación. Y hasta los peregrinos que avanzan por ese Camino de Künig a Compostela, se asoman para soñar un tiempo de héroes lejanos.
La belleza hidrata por dentro
Decimos que el agua es imprescindible para la vida y no mentimos. Lo que a veces olvidamos es que la belleza también hidrata, pero por dentro. Uno puede sobrevivir sin murales, sin dibujos, sin color, del mismo modo que puede sobrevivir bebiendo lo justo para no desmayarse. Pero vivir no es solo sobrevivir. Vivir es esto: descubrir que un rincón olvidado puede convertirse en un lugar al que apetece ir incluso cuando no hace falta llenar el botijo.
Por eso esta loa no es solo para Toño, aunque lleve su nombre en la primera línea. Es también para Cristina, leonesa de Boñar, que comparte casa, vida y paciencia con ese canario que ve universos donde otros sólo veían paredes.

El “Vamos a la cama” de la Familia Telerín…. Unos muñecos cantarines de TVE que ya tienen más de setenta años de historia, ahora en Celadilla.
Es un regalo para la pequeña Evolet, que crecerá pensando que es normal que los pueblos se pinten a sí mismos cuando se sienten tristes. Es para cada mano que sujetó una brocha, para cada vecino que se manchó la ropa y el alma de color, para cada niño que señaló un hueco en blanco y dijo: «Ahí falta algo».
Un pueblo no se mide en hectáreas ni en habitantes
Gracias, Toño, por sacarnos los colores y la sonrisa; por contagiar tu mirada. Gracias, Cristina y Evolet, por sostenerla. Y gracias a Celadilla entera por demostrar que un pueblo no se mide solo en hectáreas o en habitantes, sino en la capacidad de transformar un paisaje aburrido en una fiesta de recuerdos compartidos.

Tampoco podrían faltar en este «museo» de la historia del comic ni los pitufos ni el Capitán Trueno… En la imagen Quico, recordando a un héroe de aventuras de los cómics de antaño.
El agua del caño seguirá siendo la misma, pero a partir de ahora quien la beba notará un matiz distinto, difícil de describir: sabe un poco a esperanza recién pintada. A realidad filmada en tecnicolor».
Vuestros antecedentes en relación con la cultura, podrían hacernos sospechar ciertos avances; pero siempre vais más allá. ¡Enhorabuena!