La magnífica catedral de Burgos, joya gótica, patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, vigilante del Camino de Santiago, destino de miles de turistas, protagonista de Instagram y demás redes sociales, tiene también un pasado popular, bueno y malo, que pasa desapercibido para los visitantes.
Por Miguel Á. Moreno Gallo
Los burgaleses aún nos sorprendemos cuando los turistas bajan de los autobuses, cruzan el puente de Santa María haciéndose fotografías frente al arco y, ¡oh maravilla!, se detienen de repente, todos en grupo, para tomar las primeras imágenes desde la plaza del Rey San Fernando. ¿Pensarán que va a desaparecer en el próximo instante? Tranquilos, que el edificio lleva allí desde 1221, de hecho aún resuenan las celebraciones del VIII centenario.

Catedral de Burgos. Vista nocturna. En el siglo XV, Hermann Künig señaló en su guía, la primera escrita para los peregrinos: “la ciudad tiene muchas torres hermosas”. Fotografía de Miguel Moreno
Pasan los turistas, pasamos los vecinos y allí sigue la catedral, año tras año, generación tras generación, convertida en el emblema de la ciudad y escenario a su vez de los más pintorescos hechos.
Antes, catedral popular; ahora, turística
Ya no quedan restos de la casita en que vivía el campanero, por encima de la nave mayor, desde donde accedía a las quince campanas. “Para las que llaman a coro ni siquiera necesito subir: desde aquí lo hago”, confesaba Dionisio Pérez, sentado en su propia habitación, en una entrevista publicada en agosto de 1929 en la revista Estampa.
Antaño, a aquellas alturas subían también los monaguillos para echar una mano, nunca mejor dicho, y también trepábamos los niños de la Escolanía de la Catedral, vestidos con los roquetes antes de la misa mayor.
Sabemos que antes de construirse la escalera dorada había dentro de la catedral otra rampa por la que subían y bajaban las ovejas desde la parte alta de la ciudad hasta el río. Aquello hubo que prohibirlo, claro. Hoy nos encontramos con el siguiente aviso a los turistas: “No está permitida la entrada al recinto con animales, salvo en el caso de perros-guía”. Y es que la gente pretende entrar con sus mascotas.

El antiguo campanero burgalés, con los “automatismos” de inicios del siglo XX. ADPBU-PH-00658
Beatas, pedigüeños y criminales
La catedral siempre fue una casa abierta a la que acudían las beatas para recorrer las capillas y terminar frente al “Cristo”; arrodilladas entre la fe y el espanto que provocaba aquella figura hecha de cuero a la que le crecían las uñas y el pelo, según el saber popular, sin que nadie haya conocido manicura ni peluquería.
El Cristo de Burgos fue encontrado en el mar por el mercader Pedro Ruiz de Minguijuan, que salvó la talla del crucificado, tan venerada desde entonces. Es sorprendente el número de esculturas religiosas rescatadas de mares, cuevas y escondites diversos. Al pie del Cristo hay unos huevos de avestruz, aunque —de nuevo según la tradición— serían de la gaviota que había anidado en el madero flotante hallado en el océano. En fin…
Aunque la devoción va por barrios, la catedral siempre ha sido ámbito frecuentado por los poderosos, lo que ha provocado que una legión de pobres de solemnidad, algunos provistos de chapa identificatoria en la frente, como los taxis, haya sobrevivido a lo largo de la historia de las largas esperas en la puerta, al arrullo del frío burgalés, mendigando una limosna por caridad.

Los pobres de solemnidad de Burgos, en un grabado de Gustavo Doré, uno de los grandes ilustradores del siglo XIX. Del libro Viaje por España, realizado con el barón Jean-Charles Davillier.
La catedral de Burgos también ha sido escenario de crímenes, como el del gobernador civil Gutiérrez de Castro en 1869, cuando iba a hacer el inventario de los bienes muebles. Una turba, alentada por la falsa noticia —ya entonces—de que en realidad pretendía quedarse con las riquezas del templo, provocó que el gobernador resultara muerto y arrastrado por las escaleras.
Bajo la mirada del Papamoscas
En invierno siempre era menos frecuentada la catedral, por aquello de la temperatura; pero en verano constituía un buen refugio climático. Cabe recordar las palabras del fotógrafo Antonio Cánovas del Castillo (sobrino del conocido político), cuando en 1912 afirmaba: “Dejadme que pase revista a las siestas dormitadas en la frescura de las catedrales de Burgos, Segovia, León y Salamanca mientras los objetivos daban paso a exposiciones de horas y horas”.
Pues eso. Aquel edificio religioso y popular, con olor a incienso los domingos y penumbra de recogimiento el resto de la semana, era un lugar de encuentro solo alterado por las campanadas del Papamoscas, el tintinar de los sacristanes con su manojo de llaves, el deambular de viajeros impenitentes y a veces impertinentes, devotas con su bisbiseo y risitas de los niños que visitaban la capilla de Santiago para ver en los tapices las figuras desnudas de Adán y Eva.
Hablar del Papamoscas es lo mismo que imaginarse a los turistas —y a los paisanos— con la boca abierta mirando a las alturas mientras se dan y se repiten las horas enteras y los cuartos suenan de la mano de Martinillos.
El autómata que saluda en el trascoro es un muñeco del siglo XVIII que vino a sustituir a otro más antiguo, tal vez del siglo XVI. Le acompaña en un balconcillo otro muñeco menor, llamado Martinillos, nombre que se daba a los zagales en el siglo XIX y que fue rescatado por el periodista Juan José Calleja como seudónimo en Diario de Burgos para firmar pequeños comentarios populares, a veces chascarrillos, que no alcanzaban la categoría de noticias pero que resultaban suculentos para la mayoría de los lectores.

El Papamoscas y Martinillos. Dos autómatas sumamente populares que “habitan” en la catedral de Burgos. Imagen de Miguel Moreno.
San Lorenzo, despeñado
El 12 de agosto de 1994 cambió la historia de la catedral de Burgos. La estatua de San Lorenzo —cuya festividad se había celebrado dos días antes— se despeñó desde las alturas de la fachada principal y se hizo añicos.
Sonaron entonces todas las alarmas institucionales y rápidamente se organizaron donaciones, conciertos de Montserrat Caballé (por aquello del incendio del Liceo de Barcelona, ocurrido unos meses antes), visita de políticos y dinero a borbotones que se usó para limpiar las viejas piedras calizas de Hontoria, oscurecidas por el hollín y los líquenes de ocho siglos, y para reformar casi todas las capillas.
La estatua de San Lorenzo, parrilla incluida, fue restaurada y guardada en el interior del edificio, junto con sus once compañeros de la llamada galería de los reyes. Todos ellos fueron sustituidos por figuras de resina sintética. Cosas de la modernidad. También está prevista la sustitución de las puertas de madera de la entrada principal por unas de bronce con las efigies del escultor, Antonio López, en el papel de Dios; su hija como la Virgen María y su nieto como el niño Jesús. Antes habrá que vencer la protesta de los muchos burgaleses que no están de acuerdo. Ya se sabe, los españoles siempre van detrás de los curas, con una vela o con un palo.

Y la historia cambió
Por entonces, 1994, la historia cambió. No fue solo por la estatua defenestrada o por las restauraciones, sino porque, a partir de ese momento, la Santa Iglesia Catedral Basílica Metropolitana de Santa María de Burgos, denominación oficial del templo, se ha convertido en un museo a tanto la entrada, con sus horarios y guías oficiales.
La visita es gratuita los martes por la tarde, y también se puede entrar a rezar a las capillas del Cristo y de Santa Tecla. El altar mayor solo se usa para las fiestas patronales de San Pedro y otros acontecimientos especiales.
Aquel edificio oscuro por dentro y por fuera, incardinado en la vida de la ciudad, se ha convertido en un recurso turístico; un espacio por el que pasean los visitantes absortos en las audioguías, y sobre todo en los móviles. Por la noche, el exterior refulge con una iluminación espectacular que, afortunadamente, suele utilizar el color blanco, aunque en momentos de borrachera cromática llena de colorines las fachadas… qué vergüenza.
Se acabaron los monaguillos, los niños del coro, sacristanes, beatas, canónigos, pobres de solemnidad y transeúntes con ovejas. Así y todo, como rezan las letras de la fachada, “pulchra es et decora”. Eres hermosa y bella.

Enmarcada entre la enramada del paseo del Espolón y un cielo plomizo, la catedral de Burgos emerge bella, como el ideal de un sueño romántico. Fotografía de Miguel Moreno.
Ficha sintética de la catedral de Burgos
Fue mandada construir por Fernando III el Santo y el obispo Mauricio en sustitución de la antigua catedral románica, que fue derribada. Las obras comenzaron en 1221 y la primera misa se celebró apenas diez años después. Pero los trabajos continuaron: A lo largo del estilo gótico se erigieron las agujas de la fachada, la capilla de los Condestables y un cimborrio que se derrumbó en 1539; reconstruido en estilo renacentista.
En el siglo XVI se erigen otras capillas como la de Santa Ana, los retablos de los Condestables y la escalera dorada, obra de Diego de Siloé. También hay elementos barrocos, como las capillas de San Enrique, de las Reliquias, de Santa Tecla y la sacristía mayor. La catedral se declaró monumento nacional el 8 de abril de 1895, y patrimonio de la humanidad de la UNESCO en 1984.
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