Fernando III fue el monarca que dio el mayor impulso a la Reconquista, tras los avances de los anteriores monarcas leoneses, conquistando Córdoba y Sevilla… pero -según la tradición- también fue el rey que devolvió a Compostela las campanas de la catedral de Santiago, usurpadas por el  temible Almanzor.

Por Jose Pedro Pedreira*

A Fernando III, conocido como el Santo, se le atribuye el mérito de haber conseguido unir de manera definitiva los reinos de León y de Castilla a la muerte de su padre, el monarca leonés Alfonso IX, ocurrida en Vilanova de Sarria en una triste y lluviosa tarde de otoño del año 1230.

En rey Fernando III en una miniatura del tumbo A de la catedral de Santiago de Compostela

En rey Fernando III en una miniatura del tumbo A de la catedral de Santiago de Compostela

Hijo de Alfonso IX de León y de la castellana Berenguela, pocos le auguraban al pequeño Fernando el protagonismo que habría de alcanzar en la historia de España cuando en la que, imaginamos, una clara noche de san Juan de 1201, vio la luz en un solitario centro monástico ubicado en un monte de Peleas de Arriba, en la provincia de Zamora, lo que le granjearía el sobrenombre de “el Montesino”. Sus padres que, en jornadas previas habían partido de Salamanca camino de la capital del reino, se vieron obligados a acampar prácticamente a la intemperie ante la inminencia del parto. …Y si pocos lo veían como protagonista indiscutible de la primera mitad del siglo XIII en los viejos territorios de la península, menos aún pudieron presentir que fuera a sentarse algún día en los tronos de dos reinos cristianos tan principales.

El complicado ascenso a los tronos reales

En Castilla le precedían en la línea sucesoria su tío Fernando, su propia madre y poco tiempo después su otro tío, Enrique, tres años más joven que él. En León tenía por delante a su hermanastro, de nombre también Fernando y a dos hermanastras, Sancha y Dulce, en un reino donde más de un siglo antes ya había reinado una mujer: Urraca I. Y por si este no fuera motivo suficiente, las infantas contaban con el apoyo explícito de su padre, el gran Alfonso IX, quien manifestó que a su muerte deseaba que sus hijas fueran quienes le sucedieran como reinas en los tronos de León y de Galicia, ya que consideraba alevosa y desleal la manera en que su hijo y ex-esposa habían maniobrado para conseguir que se aceptara al joven Fernando III como soberano de una Castilla, en la que a él le asistían legítimos derechos.

Sin embargo, una serie de circunstancias, nefastas casualidades que acabaron de manera prematura con la vida de los varones que le precedían en las líneas de sucesión y la habilidad o astucia de su madre Berenguela, lograron que en 1217, a la muerte de Alfonso de Castilla, el joven Fernando se hiciera con las riendas de dicho reino. Y trece años después, en 1230, mediante la conocida como Concordia de Benavente, alcanzada en esta villa entre la astuta reina castellana y la lusitana Teresa de Portugal, madre de Sancha, Dulce y el ya para entonces fallecido Fernando, pudo al fin el nuevo rey sentarse en el trono del reino de León.

Alfonso IX. Miniatura del Tumbo A de la Catedral de Compostela

El rey Alfonso IX en una miniatura del Tumbo A de la Catedral de Santiago de Compostela. Autor desconocido. Catedral de Compostela. https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=46563225

Teresa, quien por entonces oficiaba como monja en el monasterio de Lorvao, deseaba evitar el derramamiento de sangre que se presumía del enfrentamiento entre los partidarios de las infantas y los de Fernando III. A tal efecto contactó con la reina Berenguela para lograr un acuerdo que pudiera evitar el conflicto armado. Y reunidas en Benavente accedió a que el monarca castellano fuese coronado como rey de León.

En esa negociación también intervino activamente el obispo de Astorga, por lo que en el mismo año de la firma del acuerdo de Benavente, el rey Fernando donó a la iglesia de Astorga y al obispo, don Nuño, la villa de Santa Marina del Rey “por el grande y laudable servicio”.

Fernando III, conquistador.

A partir de entonces y tras sofocar con el apoyo del obispo legionense Rodrigo los focos rebeldes que surgen entre los leoneses descontentos con su nombramiento, prosigue el nuevo rey la tarea reconquistadora en que se habían esforzado su padre y sus abuelos.

En 1234 recupera Úbeda. Solo dos años después, Córdoba, la vieja capital del califato, lo que supuso un duro golpe para los musulmanes que habían dominado durante siglos en al-Andalus.

Prosigue imparable en la toma de las viejas taifas y culmina su ambiciosa tarea de reconquista cuando en 1248 entra victorioso en Sevilla, donde entonces se había establecido la capital del decadente imperio almohade. Este triunfo significaba mucho más que una victoria. Prácticamente todo el poder en manos de los musulmanes retornaba a manos cristianas, lo que le valdría como uno de los principales argumentos al papa Clemente X para canonizarlo en el siglo XVII.

Allí, en la capital hispalense, instalaría su corte y allí permaneció el tiempo que le restaba de vida.

Con la cultura y el arte

Pero si son importantes sus victorias en el campo de batalla, no lo es menos  su apoyo y entrega al mundo de la cultura, especialmente a la música y los libros.

Heredero de un rico estímulo cultural ya que era nieto de Leonor Plantagenet y bisnieto de Leonor de Aquitania, quienes promovieron y apoyaron en sus respectivas cortes la presencia de eruditos y copistas que plasmaran en costosos pergaminos diferentes aspectos del saber y gustaban de contratar trovadores para deleitarse son sus cánticos y sus versos, su madre Berenguela se esforzó en que hiciera suyos dichos valores, no solo sabedora de que sus antepasadas regocijaban sus sentidos con tan nobles artes sino que todas ellas estaban convencidas de que ese apoyo era la mejor inversión que podían realizar unos reyes para granjearse la fidelidad del pueblo.

También Alfonso IX inculcó en el espíritu sensible de su hijo el interés por las labores legislativas, que tan ampliamente y con tanto éxito llevaba a cabo en las diferentes curias celebradas en el reino de León. A tal efecto es de justicia señalar la enorme importancia de la curia celebrada en el año 1188 en la basílica de San Isidoro y los famosos Decreta que en ella se promulgaron. El rey Fernando, por su parte, animó y sufragó con dineros de su tesoro real la traducción del Fuero Juzgo, así como la publicación de otros libros de interés.

En el campo de la música eran habituales las fiestas en su corte para las que se contaba con los más afamados juglares y trovadores. Y se dice que gustaba de las cantigas en romance galico-portugués, atreviéndose incluso a componer alguna. Aunque solían tratarse de composiciones profanas, él solía dedicarlas a la Virgen y otras figuras sagradas.

El rey Fernando III fue el impulsor de tres de las más espectaculares catedrales españolas;

El rey Fernando III fue el impulsor de tres de las más espectaculares catedrales españolas; las de León, Toledo y Burgos.

Fernando III y el Camino de Santiago

Siendo como era un hombre en extremo religioso y sensible a todas las ramas del saber, no podía inhibirse en el apoyo al Camino de Santiago, en pleno apogeo pero también en plena expansión, tras las generosas ayudas al mismo de los reyes leoneses que le habían precedido. Por él entendió, como ya habían entendido de manera especial Alfonso VI, Alfonso VII o Alfonso IX, que no solo entraban devotos peregrinos ansiosos de orar ante la tumba del apóstol sino también nuevas formas de entender la poesía, la historia, la arquitectura…, en definitiva, la vida. Y que por tanto apoyarlo no solo era apoyar una fe religiosa, era apoyar los intereses de sus propios reinos.

Sabemos que no fue él mismo un fervoroso peregrino como lo había sido su padre, quien, precisamente, habría de encontrar la muerte en uno de sus viajes a Compostela (el último). Acababa de conseguir trascendentales victorias sobre las tropas almohades que ocupaban Cáceres, Mérida y Badajoz y deseaba ofrecer sus rezos y plegarias al apóstol, como muestra de gratitud, ya que consideraba haber contado con su auxilio en las batallas.

Fernando, no obstante, apoyó, además de con su entrega y su fe con cuantiosas sumas de maravedíes, las diferentes obras que dignificaban la ruta a Compostela. Y no solo contribuyendo a las reparaciones necesarias en puentes, iglesias y hospitales destinados a la atención de los peregrinos, en especial el Hospital del Rey fundado en Burgos por su abuelo Alfonso.

Impulsor de las grandes catedrales

Como broche de oro en su empeño por dignificar el Camino, es de justicia atribuirle el impulso que prestó a las magníficas catedrales de Burgos y León. Iniciando la primera y reanudando las obras de la segunda.

En las dos grandiosas catedrales se siguieron los nuevos modelos constructivos que llegaban de Francia intentando conseguir que las  iglesias no solo ganasen en elegancia y altura sino también que la luz que se colaba en su interior a través de los cristales venciera a las tinieblas a la hora de “recrear entre sus muros el reino de los cielos”. Las de la capital legionense paralizadas en sus cimientos desde la muerte del obispo Manrique de Lara. Burgos y León eran las dos ciudades principales de sus reinos pero eran también las más relevantes del Camino.

Pero además, durante su reinado se puso en marcha la obra de la suntuosa catedral gótica de Toledo. El propio monarca asistió al acto de colocación de la primera piedra, en agosto de 1227.

Las campanas a Compostela

El rey para demostrar su enorme devoción al santo se declaraba públicamente “alférez del apóstol Santiago”. Y cuando en 1236 entró victorioso con su ejército en la vieja Córdoba de los califas la primera orden que impartió a sus soldados fue la de que accedieran a la mezquita en busca de las campanas de la catedral compostelana que Abu Amir (el Almanzor de las crónicas cristianas) había requisado en sus feroces razias de finales del siglo X por el norte de la península.

Ciertos escritos señalan que el rey de León y de Castilla ordenó cargar sobre los hombros de musulmanes dichas campanas para llevarlas de nuevo a Compostela, como Abu Amir se dice que había hecho a hombros de cristianos para transportarlas en su día hasta la mezquita de Córdoba. Sin embargo, no hay constancia de que este hecho sea cierto, como tampoco lo hay de que el rey acompañara a quienes realizaron ese largo viaje desde el punto más meridional de su reino a través de la antigua Vía Romana de la Plata hasta el occidente donde se presentían próximos los confines de la tierra.

Pero podemos concluir diciendo que también gracias a Fernando III el Santo el Camino de Santiago siguió a los largo del siglo XIII atrayendo peregrinos, saberes y cultura que habrían de enriquecer nuestras tierras y legarnos una herencia que aún pervive y va más allá de credos y de fe.

* Jose Pedro Pedreira, es autor de varias novelas históricas sobre los reyes leoneses. Blog del autor.