Tomás Martínez, el hospitalero panteísta y «templario» que se asentó en el inicio de los noventa en el despoblado de Manjarín, casi en la cima del puerto de Foncebadón, se ha ido. Pero queda con nosotros, para siempre su recuerdo y su imagen altruista y quijotesca.

Por Tomás Alvarez

La noticia ya se ha difundido esta mañana en las redes. Sus cuerpo será incinerado mañana, casi al amanecer, en Ponferrada, y por la tarde se celebrará un funeral en el santuario de Nuestra Señora de la Encina de la ciudad berciana. Millares de personas le recordarán en muchos rincones de España y también en lejanos países, porque era un tipo inconfundible.

Tomás Martínez. Un mito templario en el Camino. Imagen de Beatriz Alvarez

Le conocí hace unos treinta años, en su refugio de Manjarín, cuando estaba escribiendo el libro que luego publicaría la editorial Endymion: El Camino de  Santiago para paganos y escépticos. Luego le volví a ver en alguna ocasión. Creo que la última fue una tarde de domingo, en su refugio de aire tibetano. Asistí aquel día a una increíble ceremonia en honor de la Virgen de Fátima en medio de una heterogénea sociedad, donde no faltaban los toques de campana, los estandartes ni las oraciones, y donde el propio Tomás Martínez nos soltó un curioso discurso/homilía, en el que habló de las apariciones de Fátima, los peligros nucleares y la crisis de la civilización.

En el último tercio del siglo XX, el Camino experimentó un renacimiento impetuoso; un renacimiento que jamás hubiera ocurrido sin una inmensa generosidad que permanecía latente en los propios pueblos de la senda santiagueña, pero que vivificaron aún más muchísimas personas sencillas, otras un tanto excéntricas; curas entusiastas y asociaciones de peregrinos.

En dicho tiempo existían lugares necesitados de establecimientos de apoyo al viajero. El puerto de Foncebadón era uno de ellos. Y allí marchó Tomás Martínez; un personaje que me impresionó por su idealismo y generosidad; un ser atípico, aferrado a un paisaje grandioso; territorio de lobos y urces, de historia y leyenda; una leyenda que él contribuyó a seguir aumentando.

La entrada al «mundo» de Tomás Martínez, en una imagen de 2010. Fotografía de Beatriz Alvarez

Esta la descripción que hice de Tomás Martínez para aquel libro sobre el Camino de Santiago:

Un hospitalero panteísta y templario

A casi 1.500 metros de altura, en las cercanías del puerto de Foncebadón, la aldea de Manjarín, abandonada por sus últimos pobladores hace unos treinta años, se va derruyendo lentamente. Las piedras pizarrosas de las viejas paredes quedan poco a poco cubiertas por la maleza, en medio de un paisaje grandioso y verde, que en primavera se cubre de fucsia cuando los brezales estallan en flor.

Sin embargo, Manjarín ya no está desierto. En una pequeña cabaña, adecuada como humilde refugio, vive un eremita, hospitalero, templario, panteísta y defensor de causas perdidas, uno de esos personajes curiosos que forman parte de la propia monumentalidad del Camino.

Tomás Martínez de Paz, nacido en Murias de Rechivaldo, no lejos de Astorga; ex dependiente de comercio; separado; padre de varios hijos; recibió un mensaje inesperado una noche en que pernoctaba en el interior del castillo templario de Ponferrada. Él y un amigo quedaron absortos escuchando unas músicas gregorianas que -dice- surgían en medio de lo que antaño fue salón del Temple. Interrumpió allí mismo su viaje Jacobeo y comenzó a atender a los peregrinos.

Ahora, lejos de sus actividades comerciales de Madrid, en medio de las soledades, el eremita, fortachón y barbado, dice que entendió perfectamente la llamada. Estuvo durante un tiempo en el refugio de Villafranca y allí se percató de una queja general. Todo el mundo hablaba de la aspereza del paso de Foncebadón y de la falta de cobijo desde Rabanal a los aledaños de Ponferrada.

La ruta, bella, es también extremadamente dura. El frio y la soledad reinan en ella; se suceden los kilómetros sin una mísera taberna, ni hogar en el que calentar las manos ateridas.

En Manjarín, en teoría, existía un refugio que no servía para nada. Tomás llegó a él en junio de 1993. Era un reducido habitáculo, que permanecía con la puerta abierta; dentro descansaba una vaca.

Con alguna ayuda, limpió el refugio. El destacamento de un centro militar que hay cerca del despoblado le suministró energía eléctrica, tres bombillas y una nevera. Y en una rústica cocina empezó a hacer caldo y café de malta para los peregrinos y viajeros que cruzaban las soledades.

Cuando el autor de esta guía le visitó, ya no estaba solo. Pascal, un franco-español que viajaba por el Camino, decidió acompañarle. Llegó un día de invierno, y estuvo cuatro días inmovilizado por la nieve. Entonces dedujo que el destino le había unido a aquel poblado.

Pascal, conocedor de rudimentos de carpintería, contribuyó a adecentar el local, construyendo un altillo, entablado, en el que pueden dormir los peregrinos. Nada de camas: un suelo duro y seco, acorde con los eremitas del lugar.

Las propiedades de la diminuta cofradía son exiguas: apenas unas berzas, tomateras, lechugas y plantas de patata, cultivadas en un recodo; un pequeño corral con gallinas, y tres ocas, blancas como la nieve de enero, que se pasean coquetas y orgullosas por los herbazales que rodean el ruinoso poblado. En realidad, eran cuatro las ocas, pero en las soledades también hay accidentes de tráfico. En una aciaga jornada, un automóvil convirtió el cuarteto en trío.

Tomás utiliza un viejo vehículo para recorrer a veces el Camino y transportar a peregrinos en dificultades hasta su refugio, o llegar hasta el mercado de Astorga a vender algún pollo, para incrementar los menguados caudales de la cofradía. Nunca cobra nada a los viajeros, pero mantiene el «bote», amplio y visible, dispuesto a recibir la caridad.

Con esfuerzo y generosidad, al caer la tarde ofrece al peregrino una cena frugal. El menú de un día cualquiera puede ser un plato de macarrones hervidos con laurel y cebolla, y ennoblecidos con un pedazo de chorizo y huevo picado. También ofrece un pedazo de pan integral, suministrado por la comuna de Matavenero, que ocupa otro poblado de un valle cercano. …Y de remate una taza humeante de café de malta, porque el café auténtico priva del sueño.

Únicamente los días grandes, Tomás y la compaña gozan de las delicias de la cordialidad en torno a un queimada hecha con orujo del Bierzo, orujo puro de destilería clandestina.

Por aquellos parajes pasan miles de peregrinos. Todos los días pernocta alguno en la humilde morada, salvo en las primeras jornadas de enero y febrero, que son especialmente solitarias.

En ocasiones se encuentra con rostros conocidos, como una tarde en que le dijo a una joven que deambulaba entre las ruinas del poblado: «cuidado, que te van a comer los lobos». La joven resultó ser Cristina, una de las hijas de los reyes de España, en ruta hacia Compostela.

Mantiene al día un libro de visitas de peregrinos, que se va llenando de nombres de todas las nacionalidades y otro documento único del Camino, el Libro de Quejas, Fraudes y Abusos, donde quienes caminan hacia la tumba del apóstol pueden dejar nota, en cualquier lengua, de las tropelías sufridas en el trayecto, libro que sirve de lenitivo a los sufridores y les descarga de malos recuerdos.

Al inicio de 1995, el eremita saltó a las páginas de periódico al protestar con una corta huelga de hambre contra el alcalde de Santa Colomba de Somoza, ayuntamiento al que pertenece Manjarín, que se negó a aceptar a Tomás Martínez de Paz y a Pascal como habitantes del despoblado.

En una acción con escaso contenido social, el alcalde hizo cortar la luz al refugio, pero Tomás ha contactado incluso con la Casa Real para defender sus intereses. En el fondo, dice, lo que teme la autoridad de Santa Colomba es la pérdida de los pastos del término de Manjarín, que proporcionan sustanciosos ingresos anuales. Pero el hospitalero no quiere pastos, se conforma con que sus ocas paseen en libertad por los aledaños del ruinoso lugar, picoteando praderas y capturando gusanos.

   (Fragmento del libro El Camino de Santiago para paganos y escépticos)

¡Gracias Tomás Martínez!