Manuel Alejandro González, conocido en el ámbito de la peregrinación como Alex Camino, es un peregrino y hospitalero que acaba de publicar su cuarto libro: “Las señales del Camino”; una narración que destila amor, idealismo y fantasía.

Por Tomás Álvarez

La primera vez que Alex recorrió la senda santiagueña no se imaginaba que ese camino que emprendía le iba a cautivar, ni que al llegar a Compostela las lágrimas iban a empaparle el rostro. Desde entonces sigue recorriendo caminos, ayudando a los peregrinos, predicando un camino de búsqueda y libertad, sin prisas ni agobios. Y tambien lo explica en libros como el último que ha dado a conocer: «las señales del Camino».

Manuel Alejandro González, conocido como Alex Camino, peregrino y hospitalero, acaba de publicar su cuarto libro: Las señales del Camino

Leí el trabajo en un tiempo récord: apenas dos tardes, y al terminar intenté calificarlo dentro una tipología literaria. Lo primero que me vino a la mente fue definirlo como novela naif.

La novela destila ese encanto naif de espontaneidad, sencillez, libertad de normas, a la par que una exaltación de colores y sentimientos. A todo ello cabe añadir la cercanía a los espacios y tipos populares… y la fantasía. Realmente, en muchos momentos de la lectura me sentí como un niño, gozando con un delicioso cuento, fruto de un autor en el que se detecta una mirada romántica propicia a la ensoñación.

Dos amores y un homenaje

En la novela encontramos dos amores y un homenaje. El primero de los amores es el propio Camino de Santiago, el escenario rural por donde discurre la trama. El segundo, es la fascinación que surge entre Marie, una peregrina que viene desde Bélgica, y Leandro, un periodista de provincias, a quien el director del periódico ha encargado la realización de una amplia crónica del Camino, ante la proximidad de un año jacobeo.

Fruto de esa relación entre una mujer inteligente y sensible y un periodista que quiere despachar rápidamente el encargo con un par de entrevistas y unas fotos, surge una historia donde aparecen los afectos y las decepciones, a la vez que se describen los espacios rurales gallegos, cuajados de campos verdeantes, propicios para la morriña, y gentes humildes y generosas.

Pero sobre todo, en el libro se descubre la riqueza del Camino y las señales del ocultas que aparecen ante el peregrino que es capaz de recorrer la senda con espíritu de búsqueda, alma generosa y corazón sensible.

Y el homenaje

…Y como un elemento para “unir” el conjunto… el homenaje a Elías Valiña; el clérigo que con una brocha y unos botes de pintura amarilla fue capaz de hacer revivir al Camino de Santiago, cuando este era poco más que un recuerdo; una tradición esclerotizada. La figura del personaje sobrevuela los espacios del relato.

Con aquella pintada insólita, Elías Valiña señalizó el Camino para que la gente pudiera caminar por él; lo puso otra vez en el Mapamundi. Creo que todos los homenajes que se le pueden hacer pues son pocos”, afirma este escritor que se autodefine esencialmente como peregrino.

Me emociono, cuando voy al Cebreiro, y contemplo la primera flecha amarilla que pintó él (Elías Valiña), ahora casi desgastada, casi escondida. Debería estar protegida, y con un cartel advirtiendo al viajero que aquella flecha inicial marcó la resurrección del Camino”.

Por poner un “pero” al trabajo, apuntar que en el escrito hay alguna incorrección, fruto, probablemente, de una premura en la labor de autoedición; deficiencia que en todo caso no merma el atractivo del relato ni el valor de su mensaje.

Peregrinos caminan hacia Compostela por el paso de los Montes de León por la senda de Künig hacia Compostela, vía que también les llevará a Lugo, ciudad vinculada a la peregrinación

Peregrinos caminan hacia Compostela por el paso de los Montes de León por la senda de Künig hacia Compostela, vía que también les llevará a Lugo, ciudad vinculada a la peregrinación desde el inicio del Camino de Santiago. Imagen de Alex Camino.

Contra la turistificación de la senda

Como en su libro anterior, “Lo que perdí en el Camino”, Alex muestra una gran decepción ante el proceso de “turistificación” de la senda jacobea, y defiende un Camino de dureza y sacrificio, en el que viajero simultaneaba el avance hacia Santiago de Compostela con un proceso de búsqueda, un camino propio e interior.

la primera vez que hice el camino –recuerda Alex- lo empecé como turista, pero pronto cambié. Me di cuenta de que allí había algo más. Lo que me encontré fue absolutamente maravilloso una experiencia única, una aventura

Empecé a  recorrer el Camino -afirma-  en Villafranca del Bierzo, en el año 1999, cuando ya estaba “siendo invadido” por los interesados en su explotación económica y política. Ya había empezado lo del Xacobeo… y aunque aquello no era lo de ahora, ya entonces sentí el peligro que se cernía. Y ese peligro ha ido a más”.

De escuchar a la naturaleza… a los auriculares

“En la actualidad –agrega- el Camino ha perdido para la mayoría el sentido de búsqueda y de encuentro consigo mismo. Todo está planeado. No hay sorpresa ni búsqueda; no hay emoción. La gente ya sabe exactamente dónde va a parar, en qué albergue u hotel dormirá; qué es lo que va a cenar…  y en el recorrido a veces se llevan unos auriculares para ir escuchando música del cantante en boga… en lugar de caminar absorto escuchado los ruidos de la naturaleza, los cantos de las aves o la música del agua…”

El escritor recuerda con un especial cariño su reciente paso por las sendas recomendadas ya en el siglo XV por el monje alemán Hermann Künig, en territorios de León y de Lugo. “Cuando hice el Camino de Künig por León me quité esa espina, porque me encontré con un camino sin saturar, y donde la gente veía de otra forma al viajero. Lo sentí al pasar por los pueblos como Quintanilla, Villamejil o Villagatón. Sentí ese recibimiento y esa hospitalidad como un peregrino de los sesenta”.

Hospitalero y peregrino

Alex Camino lleva casi treinta años ligado a la senda de peregrinación. “Desde entonces -dice- mi obsesión ha sido volver una y otra vez para sentir la sensación de libertad que se experimenta”.

Tras hacer su primer Camino de Santiago, en 1999, Manuel Alejandro González, conocido como Alex Camino, abrió un albergue al estilo tradicional, a donativo, en Bodenaya, localidad asturiana del Camino Primitivo.

Su relación con el Camino fue de tal intensidad que buscó un lugar para abrir un albergue al estilo tradicional, a donativo. Ese lugar lo encontró en Bodenaya, una pequeña localidad del Camino Primitivo, a 50 kilómetros al oeste de Oviedo. Allí encontró una sencilla casa y después de un año de trabajos, abrió sus puertas como albergue de peregrinos. Algún tiempo más tarde repitió la experiencia en Caborredondo, Cantabria, en el Camino del Norte.

Como con libros anteriores, el autor ha optado por no hacer un lanzamiento editorial del libro. “He preferido -indica- controlar la edición y contactar directamente con los lectores. Cualquiera puede comprar el libro y contactar conmigo por el email alesitogonzalez@msn.com