Continuamos con la serie sobre la historia, la sociedad y las peregrinaciones. Hoy con una referencia a la pervivencia de la huella de las antiguas religiones. Peregrinaciones y peregrinos (7): huellas sagradas.

Por Tomás Alvarez

De forma individual o grupal, el ser humano acudió a los templos y lugares considerados sagrados y numinosos desde hace milenios, tal como lo delatan testimonios de ofrendas realizados por los fieles en centros de la antigua Mesopotamia o del Egipto de los faraones.

Iglesia santo sepulcro en jerusalen

Huellas sagradas: Iglesia del Santo Sepulcro, en Jerusalén, uno de los grandes centros de peregrinación de los cristianos, desde la época de dominación romana. Imagen de Rubén Álvarez.

Los grandes templos siempre fueron centros de peregrinación. Herodoto de Halicarnaso, considerado padre de la Historia, nos dejó testimonio del santuario de Amón, en Siwa, a donde acudiría el propio Alejandro Magno para hacer ofrendas y consultar el oráculo.

El Templo de Jerusalén era otro centro de peregrinación para los judíos; de hecho, el propio Cristo acudió a la peregrinación de la Pascua judía antes de acabar preso y crucificado. En los templos, el orante cumplía con los preceptos de su religión, intentaba conocer su futuro, demandaba el bienestar y la riqueza, o incluso la salud, como ocurría en Epidauro, en el templo de Asclepio.

La pervivencia de las huellas sagradas

Para el amante de la cultura es un placer acudir a esos viejos lugares sagrados. En ellos podemos rememorar un pasado lejano y encontrar huellas del mismo, en ocasiones sumamente vivas.

Frecuentemente, el paso de guerras y culturas arruinó los edificios y las tradiciones religiosas, y con la ruina se acumuló el pesado manto del olvido sobre aquella sacralidad. Pero muchas otras veces perviven superpuestas las muestras de las culturas y religiones pretéritas, llegando hasta nuestros días envueltas en un nuevo ropaje.

Si visitamos Siwa, encontraremos que la intolerancia y el paso del tiempo han arruinado el templo de Amón. Herodoto ya nos indicaba que Cambises II mandó un ejército para destruirlo, pero la expedición se perdió en las inmensas arenas del desierto. Las tropas islámicas también atacaron Siwa… Ahora del templo apenas restan unos paredones que aún rezuman dignidad.

La atracción por lugares misteriosos

Desde la prehistoria, el hombre sintió atracción ante algunos lugares –bosques, lagos, roquedos, etc.– a los que admiró y sacralizó por su rareza o belleza misteriosa.

Son muchos los ejemplos en todo el mundo. Un espacio que atrajo mi atención en un viaje relativamente reciente fue el agudo peñón volcánico que emerge en pleno el casco urbano de Puy-en-Velay, pequeña ciudad del interior de Francia, ligada a la peregrinación a Compostela.

El peñón semeja un gigantesco betilo de unos cien metros de altura enhiesto en medio del caserío y coronado por una iglesita románica. Sin duda, los primitivos habitantes del territorio enseguida lo asociarían a algún ser sobrehumano o celestial. De hecho, las leyendas locales lo ligan al mítico Gargantúa, figura prerromana de leyenda. En tiempos romanos tomó posesión del monte el dios Mercurio… y en la Edad Media se cristianizó al  coronarse con una bella iglesia románica dedicada a San Miguel.

El reaprovechamiento de la sacralidad

Para acceder a la cima hay que esforzarse. El visitante ha de subir por una escalera excavada en la propia roca, de modo que el ascenso a ese lugar de extraña belleza es a la vez una dura escalada y sacrificio purificador.

Cambian los tiempos, cambian las creencias, cambian las divinidades a las que el hombre dedicó los espacios sagrados. Pero, pese al cambio, son muchas las ocasiones en las que la presencia del pasado pervive aparentemente oculta bajo un nuevo “ropaje”.

Pese al paso de los siglos y al ocaso de credos y culturas, en muchas ocasiones podemos detectar el reaprovechamiento de antiguas religiones y centros de culto.

Cuando viajamos por las soledades de la Península Ibérica descubrimos a menudo colinas solitarias coronadas por alguna ermita dedicada a una virgen o un santo. Si profundizamos en la historia, quizá acabemos descubriendo que el templo actual ocupa el mismo lugar que antaño correspondía a una divinidad romana. Ese reaprovechamiento de un espacio o un monumento llega incluso a detectarse en los restos de las edificaciones megalíticas que, estiman los expertos, tuvieron hace miles de años una función sagrada.

Megalito transformado en templo, en Pavía, Portulgal.

Huellas sagradas. Un monumento megalítico convertido en templo. ermita de San Dinis, en Pavía, Portugal. Imagen de guiarte.com

Una ermita megalítica

Este “reaprovechamiento” milenario se aprecia rápidamente al contemplar la curiosa ermita de San Dinis, en Pavía, Portugal. ¿Es una obra del siglo XVII… o de hace milenios?

En todo el Alentejo, Portugal, se halla una densa concentración de monumentos megalíticos. Uno de los más curiosos está en Pavía, al norte de la hermosa ciudad de Évora. Es un dolmen, tal vez del milenio IV a. de C., al que en el siglo XVII se le colocó una torrecilla lateral, transformándolo en una ermita dedicada a San Dionisio; un curioso monumento cristiano-megalítico que se halla en medio del pequeño casco urbano de casas encaladas.

En América abundan los ejemplos de esa pervivencia, porque cada civilización construye sobre la precedente, no sólo en sentido físico sino en el cultural. En Cuzco, el convento de Santo Domingo/Coricancha es síntesis histórica que aúna la religión y la arquitectura incaica con las aportaciones de los conquistadores.

Huellas sagradas superpuestas, en Cuzco

El Coricancha era un templo dedicado al dios Sol (Inti). La propiedad sobre el magnífico edificio, de primeros del siglo XV, correspondió tras la conquista a Juan Pizarro, quien lo cedió a los dominicos. Estos, edificaron sobre él un convento con una iglesia de tres naves. Ahora, la imagen del complejo aúna lo hispano y lo incaico, en una síntesis que se prolonga en los planos decorativos, donde se aprecian elementos como las pinturas cuzqueñas que aúnan las tradiciones europea y local.

El edificio también fue protagonista de la renovación cultural del continente, pues allí, en 1548, se decidió la creación de los Estudios Generales que dieron lugar a la Universidad de San Marcos, primera institución universitaria en América.

Y así como el megalito o el templo incaico se trocaron en centros de culto cristianos, se hizo con las divinidades. Un caso llamativo es el de Isis, diosa/reina madre de Horus (Dios rey /Dios del cielo) reaprovechada en Egipto para mostrar una nueva Isis, la Virgen María, también madre de Dios. La imaginería nos da diversas pruebas de ello.

Mitra y Terra, en nuestros días

Se reaprovechan las construcciones, los paisajes, los dioses, los cultos… Los ejemplos están por doquier. En la portada del Cordero, de la extraordinaria basílica románica de San Isidoro de León, por ejemplo, hay una buena variedad de relieves, sin duda de diversas épocas, incluso de reutilización romana. En la parte superior de la portada, aparece un grupo de placas relacionadas con los signos del zodiaco. Una de ellas, evidentemente es la representación del dios Mitra.

En esta famosa puerta románica, cualquier ciudadano puede ver la escena: un hombre joven, con capa y gorro frigio, mata a un toro hundiendo su puñal en el cuello. Entre las patas del toro brujulea una serpiente. Son los símbolos que aparecen en todo mitraeum, centro de culto destinado a Mitra, dios persa que se introdujo en Roma y fue muy adoptado por las legiones.

La epidermis de nuestra cultura guarda restos insospechados. Y en España, si raspamos un poco la capa exterior de nuestra religiosidad hallaremos muy fácilmente vestigios de la romanidad y huellas sagradas del pasado.

Sin alejarnos del lugar del ejemplo anterior, podemos buscar otra divinidad; en este caso la griega Gea, en Roma denominada Terra. Se trata de la diosa Madre de la Tierra, Mater Terra, encargada de proteger las cosechas, la productividad de los campos, salvadora ante las calamidades climáticas de la sequía y los terremotos.

Santuario inca fundido con convento de Santo Domingo, en Perú

Huellas sagradas: el Coricancha, uno de los grandes centros religiosos de los Incas, sobre el que se alza el convento de Santo Domingo, en Cuzco, Perú. Imagen de Hernán García/Guiarte.com

El templo de Terra

Pues bien, a apenas 50 kilómetros de la basílica románica donde hallamos a Mitra tenemos a la diosa protectora de las calamidades climáticas a la que ahora, como hace dos milenios, se sigue orando y peregrinando. Lo más curioso es que en el siglo XXI ni siquiera se ha cambiado el nombre de la diosa. Se sigue dando culto a Terra, aunque ahora parcialmente adecuada a los tiempos cristianos, rebautizada como Virgen de Castrotierra.  El nombre sigue siendo el romano. Es la virgen del Castro (castrum) de Terra: Castrotierra.

Tampoco ha habido gran esfuerzo para modificar el culto. Como hace dos milenios, la autoridad sobre la imagen no corresponde a los sacerdotes cristianos sino a los síndicos de las tribus (las localidades) que rodean al santuario, que la votan (deciden procesionar con ella) cuando la climatología del territorio es calamitosa para los cultivos.

El sacerdote o el obispo no mueven a Terra de su santuario. Son los representantes del pueblo quienes la mueven y la acompañan con sus enseñas, los pendones, en una marcha a pie hasta la vieja capital romana de los astures, Astorga. Estamos ante un culto civil y bimilenario. muy vivo en el siglo XXI.

El pasado romano está mucho más cerca de lo que creemos. No sólo en el idioma, en las murallas de las ciudades o en las vías y puentes, sino en las iglesias, en los ritos y hasta las peregrinaciones.

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