En lo alto del cerro de Castrojeriz perviven los restos de un castillo que tuvo ante sus muros a las huestes romanas, visigóticas, árabes y cristianas; una atalaya ante la cual han pasado a lo largo de los siglos millones de peregrinos a Compostela.
Por Tomás Alvarez
Al sur, en la solana, se apiñan las edificaciones, siguiendo la línea curva de la base del cerro, uniendo la ex colegiata de Santa María del Manzano con la bella iglesia gótica de San Juan. Entre una y otra se alternan las viejas casas, algunas de paredes derruidas y otras con un aire palaciego que nos revela un pasado de esplendor.

La ex colegiata de Santa María del Manzano, a la entrada de Castrojeriz. Al fondo, el cerro coronado por los restos del castillo. Imagen de Tomás Alvarez
Castrojeriz, en el oeste de la provincia de Burgos, es uno los lugares del Camino con gran encanto; un espacio rural cargado de historia que genera en el viajero sentimientos de admiración… y también de melancolía.
Un paisaje con sabor a historia
La primera vez que llegué allí como peregrino, ahora hace más de treinta años, la población me causó un fuerte impacto. Aquel día llevaba recorrido en bicicleta un largo trecho de campos desolados, despoblados y ruinas. Entre ellas estaban las del convento de San Antón; ruinoso centro religioso que me pareció extraído de alguna de las misteriosas leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer.
Poco más adelante apareció la poderosa silueta de la ex colegiata de Castrojeriz, en la falda del cerro que coronaba el ruinoso castillo. Se palpaba la decadencia del territorio. El camino entre la ex colegiata y el centro urbano era un reino de soledad que olía a deyecciones de ovejas y desembocaba en medio de humildes casas, algunas en evidente abandono. Luego, ya en el interior de la población, se apreciaban sólidas edificaciones que testimoniaban tiempos más prósperos.

Monasterio de San Antón en las cercanías de Castrojeriz: los grandiosos muros de la cabecera del templo, impresionan al viajero amante del arte. Imagen de Tomás Alvarez
En aquella ocasión descansé en el albergue que regentaba Restituto Gutiérrez Vallejo, Resti, una leyenda del Camino; un hospitalero altruista y espartano; un tipo que me pareció que encajaba a la perfección con el alma indestructible de esta tierra dura, aparentemente abandonada por los dioses del progreso.
Castrojeriz: siglos atendiendo al peregrinaje
En la actualidad, Castrojeriz sobrepasa ligeramente el medio millar de habitantes. Es una población muy menguada, comparada con la cifra de hace un siglo. La tendencia demográfica es decreciente, como en la mayor parte de Castilla. El hundimiento poblacional parece que seguirá avanzando, aunque en general el lugar aparenta mejor estado de mantenimiento y conservación, tal como se observa al caminar por la calle Real, que conduce al peregrino ante diversas edificaciones y rincones de interés.
En la actualidad hay varios albergues que atienden a un peregrinaje que ya era muy importante en el pasado. El monje alemán Hermann Künig ya lo refrendó en el siglo XV en su guía, la primera escrita para los caminantes a Santiago de Compostela.
Künig informaba al viajero que pasado Burgos hallaría cuatro hospitales antes de llegar al convento de Sant Thongues (San Antón); y aconsejaba al peregrino que acudiese a este, porque allí le darían el pan que necesitase.

La altiva torre gótica de la Iglesia de San Juan, en Castrojeriz. Imagen de Guiarte.com
“Una media legua más lejos –agrega- llegas a un castillo que se llama Fritz (Castrojeriz). En alemán se llama la ciudad larga. En ella se encuentran cuatro hospitales”, escribió el monje alemán en su guía.
Historia: grandeza y tragedias
La existencia de cuatro hospitales en el siglo XV nos muestra la importancia urbana. En efecto, Castrojeriz tuvo una actividad notable en la historia medieval. Fue una plaza disputada por las huestes musulmanas y cristianas; hace mil años tuvo también sus fueros. Y contó con judería, en la que se registraron hechos muy dramáticos en el Medievo.
En el año 1035, el conflicto entre cristianos y judíos terminó con la muerte de sesenta de estos y la expulsión de los restantes a un pequeño lugar que está a tiro de piedra y que hasta 2014 se denominó oficialmente Castrillo Matajudíos, denominación oficial que fue cambiada entonces por Castrillo Mota de Judíos. Los nombres pueden cambiar… la historia es la que es.
Si en el siglo XV, aquella pequeña ciudad era aún próspera, luego entró en un declive que se aceleró con los efectos del terremoto de Lisboa, la guerra de la Independencia y la desamortización de Mendizábal.
El testimonio de los viajeros
La literatura odepórica santiagueña guarda numerosas referencias de Castrojeriz, aparte de la de Hermann Künig.
Arnold von Harff, el viajero de Colonia que pasó por allí en los mismos días que Künig, denominó a esta población como Castresory, y se impresionó por su plano muy alargado y la elevada fortaleza que dominaba la montaña. Esa fortaleza, precisamente, sería gravemente dañada, al igual que las murallas, con el famoso terremoto de Lisboa de 1755.
Domenico Laffi (siglo XVII) nos narró magníficamente su paso por el lugar, en medio de una plaga de langostas.
Guillaume Manier (siglo XVIII), que viajaba con otros mozalbetes de Francia, nos habla de su encuentro con las jovencitas del lugar, y recuerda que allí vio la fabricación del pimentón.
En el diario del carmelita Giacomo Antonio Naia (siglo XVIII) se da cuenta del excelente trato de los religiosos de San Antón, donde había entonces una comunidad con 20 frailes, y también se alaba a los padres del convento de San Francisco, ya en Castrojeriz, donde le dieron al viajero una esmerada atención, y una excelente pitanza, con buen carnero. Es fama que el carnero siempre fue un “rey” en las mejores mesas hispanas.
los vestigios de una gran riqueza artística
En las cercanías de Castrojeriz destacan las poderosas ruinas góticas del convento de San Antón. Aún nos hablan de armonía sus airosos ventanales góticos y el original rosetón situado a los pies del templo, con tracerías que diseñan cruces Tau, signo característico de la orden Antoniana; congregación médico-religiosa, que atendía a los enfermos de ergotismo, mal de los ardientes o fuego de san Antón.
La ex colegiata de Santa María del Manzano, a la entrada del lugar, merece la visita. Fue una obra encargada por la madre de Fernando III, doña Berenguela. El monumento románico-ojival tiene reformas posteriores. En el interior destaca la talla de Nuestra Señora del Manzano, virgen popular y milagrera de las cantigas de Alfonso X el Sabio.
Santo Domingo, tiene menor interés. Al estilo gótico original le hicieron importantes modificaciones en el XVIII. San Juan, con planta de tres naves, es un templo gótico, con un bello claustro, también gótico.
Del convento de San Francisco –donde Naia disfrutó un excelente carnero- sólo quedan unas ruinas góticas, del siglo XIV. El centro religioso se dañó durante un incendio en los días de la Guerra de la Independencia.

La casa palacio de los Barahona, en Castrojeriz, nos habla de un pasado con mayor riqueza y poder. Imagen de Tomás Alvarez
Entre los edificios civiles, el más airoso es la llamada casa palacio de los Barahona, del siglo XVI.
Pese a la decadencia, este es un territorio de gran atractivo, enmarcado en un paisaje aparentemente humilde que ya hace décadas me maravilló por sus pueblos cargados de arte e historia, y por las poderosas avutardas que descubrí por primera vez en sus fértiles campos de cereal.
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