Factores como el avance del Imperio Otomano, la Reforma protestante… y hasta el descubrimiento de América incidieron en el siglo XVI en la gran crisis del peregrinaje a los tres grandes centros cristianos de peregrinación: Jerusalén, Roma y Santiago de Compostela.
Por Tomás Álvarez
El siglo XVI se puede considerar como el de la mayor crisis de las tres grandes peregrinaciones; las de Jerusalén, Roma y Santiago de Compostela; una decadencia que podemos analizar a la luz de los propios relatos de los peregrinos.

Cantigas de Santa María, de Alfonso X. S.XIII. Peregrinos a Santiago. ilustración del Códice Rico de Florencia.
El siglo anterior, el XV, aún se puede calificar como una edad dorada de las sendas de peregrinación. La literatura odepórica de la época nos ofrece una magnífica teoría de relatos que nos hablan de cuantiosos viajes por tierra y mar. Pero la gran crisis ya estaba incidiendo en las rutas del peregrinaje,
Una gran produción de relatos de peregrinación
La literatura de viajes a Compostela de ese siglo es excepcional. En ella se inscriben muchos textos… y variados. Entre ellos están los del obispo armenio Martiros de Arzendjan; del cortesano francés Nopar de Caumont; del caballero de Colonia Arnold Von Harff; del teólogo dominico suizo Félix Fabri; del barón checo Leo von Rozmithal; del humanista de Núremberg Jerónimo Münzer; del monje servita alemán Hermann Künig, y de muchos otros, especialmente del ámbito germánico.
En los testimonios que nos dejaron aquellos se observa, en general, una gran pasión por el conocimiento y los viajes. Es una pasión que preludia los grandes descubrimientos del siglo XVI. Son viajes totalmente dispares. Algunos se realizan prácticamente en solitario en tanto que otros, constituyen en realidad embajadas cortesanas. En la mayoría de los relatos se aprecia cómo el espíritu medieval se va sustituyendo por el renacentista.
El viajero de la Alta Edad Media sentía que lo natural, las estaciones, la germinación, la enfermedad o la salud dependían básicamente de lo sobrenatural. Por encima de la razón estaba el poder taumatúrgico de los seres celestiales o de las reliquias. En los viajeros del Renacimiento hay una visión más profana, objetiva y curiosa; un interés racional por penetrar en el conocimiento de las cosas.
Peregrinos, exploradores y comunicadores
También se aprecia en los viajeros del siglo XV un ansia por comunicar lo que ven. Son a la vez viajeros y exploradores hacia nuevas fronteras y se apoyan en un sistema de comunicaciones relativamente estable, extendido por un mundo acostumbrado al comercio. Las redes comerciales permiten al peregrino llegar desde Europa Central a Jerusalén con relativa facilidad; utilizando especialmente las naves venecianas que recorrían por el Adriático hacia el Mediterráneo oriental.
El texto más sorprendente del conjunto de los relatos de peregrinación del siglo XV será el de Hermann Künig. Presenta una novedad absoluta en materia de literatura relacionada con el Camino de Santiago. Realmente Künig realiza la primera guía para el peregrino… porque por primera vez escribe con ese fin. Se dirige directamente al viajero, con el que el autor alemán dialoga directamente, informa y aconseja, para darle cuenta de los caminos, las distancias, los albergues, la alimentación, etc.
Pero tras la pléyade de crónicas de los peregrinos del siglo XV podemos ver una escasez de relatos en el siglo XVI. La “moda” de realizar grandes peregrinaciones, había entrado en crisis.

El siglo XVI fue una época de crisis de las peregrinaciones a los grandes centros religiosos como Jerusalén, Roma o Santiago de Compostela. elcaminodekunig.com
Causas de la crisis del peregrinaje del siglo XVI
Son diversas las causas de esta crisis, y a veces difíciles de descubrir; porque en buena parte están relacionadas con la modificación de la propia cultura occidental, en la que el ser humano y la ciencia toman una nueva preeminencia, en detrimento de la propia presencia de la religión.
En el Renacimiento entró en crisis la cosmovisión teísta basada en la creencia de un dios con poder omnímodo y universal que interviene en el mundo y en el destino del hombre de forma activa, permanente, personal y directa. En la sociedad se expandía una nueva percepción del papel del hombre en el mundo; una mutación basada en el ejercicio de la razón, la ciencia y el conocimiento de las leyes de la naturaleza.
En la propia literatura odepórica podemos ver ese cambio. Resulta interesante comparar el relato del peregrino catalán Guillem Oliver, “Romiatge de la casa sancta de Jherusalem”, en el que narra su viaje de 1464, con el del caballero de Colonia Arnold von Harff, realizado en 1496. Asombra la disparidad de enfoques. El primero centrado en las “indulgencias y “perdones” ante las reliquias más dispares, y el segundo, treinta años posterior, interesándose por aspectos geográficos, etnográficos e históricos, aparte de la propia peregrinación.
Un mundo volcado a la ciencia
Pocos años antes del viaje del de Colonia tenemos otro muy interesante. Bernard de Breidenbach, deán de la catedral de Maguncia (Alemania), viajó en 1483 a Jerusalén, acompañado por el dibujante e impresor Erhard Reuwich; de modo que el relato de aquel viaje contó con hermosas ilustraciones en las que aparecían hasta los alfabetos, las ciudades y los animales que conocieron en un largo periplo que alcanzó el Sinaí y Egipto.
Alguna imagen recogida era errónea, como la del unicornio de la imagen que publicamos con este reportaje, que pudiera ser la “interpretación” de un Órix de Arabia (Oryx leucoryx)) visto de perfil y de lejos, en alguna de sus travesías.

El libro del viaje de Bernard de Breidenbach a Tierra Santa y Egipto aportó incluso numerosas ilustraciones relativas a la geografía, la ciencia y el lenguaje.
Toda esa mutación cultural incide en la merma del atractivo hacia el poder taumatúrgico de las reliquias. Y eso hizo más prescindibles los grandes viajes.
Este cambio atectó claramente a Compostela, la ciudad del Santo Apóstol, a quien el Código Calixtino atribuía en el siglo XII un poder omnímodo. Se decía en aquel texto: “la sagrada virtud del Apóstol trasladada desde la región de Jerusalén brilla en Galicia con los milagros divinos (….) los enfermos son curados, los ciegos ven la luz, los tullidos se levantan, los mudos hablan, los endemoniados se libran de la posesión del diablo…” Un poder tal que incluso llega a resucitar a los muertos, tal como de señala en el milagro: “Del niño que el Apóstol resucitó de entre los muertos en los Montes de Oca”.
Pero al final de la Edad Media había decaído la fe en unas reliquias que se atesoraban en multitud de templos de los lugares más inesperados.
Los poderosos santuarios
A medida que transcurrían los siglos medievales, crecía en toda Europa el número de lugares famosos como centros de oración. Desde el los días de las Cruzadas se aportaron infinidad de reliquias de Tierra Santa y en los templos se acumularon desde fragmentos de la cruz a huesos de mártires cristianos o vestimentas de vírgenes y santos.
Por toda Europa se difundieron los milagros de los patronos de los santuarios más notables. En tierra hispana, por ejemplo, el propio rey Alfonso X, en sus Cantigas de Santa María, destaca el papel de la Virgen María como curadora de males en lugares como Lugo (la Virgen de los Ojos Grandes) o Villalcázar de Sirga (Santa María la Blanca).
La proliferación de estos centros dedicados a vírgenes o mártires será una dura competencia frente a los “tres centros mayores de peregrinación”. No hará falta llegar a Compostela porque en multitud de templos estará la reliquia de algún santo o una Virgen con poder de sanación, y cuya visita supondrá beneficios, perdones e indulgencias para el peregrino.
La peregrinación interior
Paralelamente, no sólo crecerá la competencia entre los centros religiosos, sino que también se hablará de la posibilidad de hacer una peregrinación interior. Esto no es sólo una idea de la Reforma, sino que late en notables autores católicos como el propio Erasmo de Róterdam o Tomás de Kempis.
Para facilitar esa peregrinación sin salir de la casa o el convento, escribió el dominico Félix Fabri “Peregrinos de Sión”, a petición de las dominicas de Ulm. Fabri describe no solo las visitas a los tres centros mayores, sino a multitud de santuarios de toda Europa. Leyendo cada día lo referente a uno de estos, las dominicas podían realizar una peregrinación piadosa y espiritual desde la propia celda, evitando un viaje peligroso especialmente para las mujeres.
En el final del siglo XV se fomentaba en la Iglesia Católica ese camino interior, mientras surgían incluso algunas voces, como la de Erasmo, criticando la superficialidad de ciertas devociones populares, incluídas ciertas peregrinaciones. Pero sería el protestantismo quien se opuso radicalmente a la peregrinación, considerando como un fraude y una superstición lo relacionado con reliquias o indulgencias. El propio Lutero llegaría a mofarse de las reliquias del Apóstol, afirmando que tal vez los huesos de Compostela eran los de un perro o un caballo.

La reforma fue una de las causas de la gran crisis del peregrinaje. En la fotogracia, Lutero tentando a Cristo. Cuadro de Bartholomäus Bruyn el Viejo, del siglo XVI. Landesmuseum Bonn. fotografía de Tomás Alvarez
La reforma protestante
La Reforma protestante triunfó en buena parte de Europa en el primer tercio del siglo XVI. Una de sus críticas se dirigió hacia el culto a las reliquias y a las indulgencias. La interrupción de las peregrinaciones de gran parte de Alemania, Escandinavia, las Islas Británicas, Suiza, los Países Bajos e incluso buena parte de Francia implicó una sustancial merma del flujo viajero. En esos territorios no sólo se identificó al peregrino como un personaje anacrónico, sino que a veces se empleó la violencia contra él.
En el magnífico libro de Domenico Laffi, escrito en el siglo siguiente, se destaca la dificultad y desagrado que entrañaba peregrinar por Francia, debido a la abundancia de salteadores y herejes. Es muy viva su descripción de su estancia en Orthez, en el sur de Francia, donde pasó la fiesta de Corpus: “los perros herejes que estaban en las ventanas con la cabeza cubierta con sombreros, se reían como locos de atar al ver el paso de la procesión. El vicario había dado un bando para que permanecieran en sus casas, y por ello estaban en ellas riéndose y befándose”.
Las noticias de las dificultades del peregrinaje por tierra francesa hizo que algunos casos los peregrinos italianos la evitaran recurriendo al viaje por mar. Así lo hizo el peregrino Buonafede Vanti en 1717, tomando un navío que le llevó de Génova a Cádiz.
Las dudas sobre las reliquias del propio Apóstol
La desconfianza ante la autenticidad de las reliquias de Compostela fue una realidad desde tiempo antes de la eclosión de la Reforma protestante. Y en el siglo XV la duda, cuando no la incredulidad, fue creciendo. La cultura del Renacimiento estaba reposicionando al ser humano como centro del universo; analizaba el mundo una mirada más crítica, favoreciendo el ejercicio de la razón sobre la fe.
En la segunda mitad del siglo vemos esa mirada crítica en viajeros como Arnold von Harff, Jean de Tournay o Jerónimo Münzer. El propio Hermann Künig elaboró su guía prácticamente sin referirse a las reliquias santiagueñas.
Münzer dijo que el asunto de las reliquias del Apostol era cuestión de fe y Arnold von Harff y Jean de Tournay se inclinaban por estimar como verdaderas a las de Toulouse. Los dos intentaron ver el cuerpo de Santiago el Mayor, sin éxito. Décadas después, el viajero británico Andrew Boorde escribirá que “en Compostela de España no está ni un cabello ni un hueso de Santiago”

Vista ideal de Jerusalén y del templo de Salomón, xilografía de la Crónica de Núremberg; año 1493. * Fuente Commons/Wikimedia/Crónica de Núremberg.
El descubrimiento de América
Durante siglos, el Camino a Santiago era algo así como el viaje al fin del mundo, al fin de la tierra, al Finisterre. Esa circunstancia es de notable importancia, porque otorgaba a la peregrinación un sentido mítico: la llegada a los confines del orbe.
Muchos de los peregrinos, luego de llegar a Compostela preguntaban por Estrella oscura. Esta era una denominación que diversos viajeros centroeuropeos utilizaron en la Edad Media para identificar a Finisterre. El origen de ese misterioso nombre se debe a una confusión por la analogía de sonidos de la palabra Finisterre. Finster stern significa estrella oscura en alemán.
En el final de la Edad Media, a medida que la sociedad se alejaba de una cosmovisión centrada en la religión, también variaron las razones para el viaje. Perdió vigor el atractivo de los milagros y de las reliquias, y avanzó la fiebre caballeresca y aventurera; y tanbién el interés por la fama y por conocer. La marcha hasta Jerusalén o Santiago tenía ese sentido aventurero y de conocimiento; la búsqueda de los confines.
Lo vemos en los escritos. En el el relato de su viaje Arnold von Harff no sólo nos hablará de territorios asiáticos y africanos, sino que en el camino a las fuentes del Nilo indagó sobre la relación de aquellos lugares con el Paraíso Terrenal. Arnold von Harff buscará el mito de Estrella oscura por el oeste… y la cercanía al Paraíso por el este. Pero la relación del viaje con la leyenda y con el mito se desvaneció en tres décadas: desde 1492, con el descubrimiento de América, al 1522, con la vuelta al mundo de Magallanes y Elcano.
El poder del Imperio Otomano
A lo largo del siglo XVI se produjo además otra circunstancia política trascendental que rompió el automatismo de los viajes a Jerusalén; porque el poder creciente del Imperio Otomano arruinó la comunicación fluida entre Venecia con Tierra Santa.
Multitud de caballeros europeos, movidos por la fe o el espíritu de aventura, viajaron hacia Oriente próximo en la Edad Media; primero con los barcos de los cruzados y luego con los que unían Venecia con Rodas, Chipre y Palestina. El viaje resultaba costoso, pero se hacía con relativa facilidad, porque el tráfico era intenso y en Jerusalén, ya sin presencia cruzada, los franciscanos continuaban facilitando la visita.
En el tramo final del siglo XV, el teólogo dominico Félix Fabri, que viajó a Jerusalén en 1480 y 1483, ya advirtió del crecimiento de la peligrosidad del viaje, porque los turcos intentaban tomar Rodas. Fue en 1522 cuando la Isla de Rodas cayó en su poder.

Los turcos se retiran del sitio de Rodas de 1480. La isla de Rodas caería en sus manos en el año 1522. Miniatura del manuscrito Gestorum Rhodie obsidionis. Biblioteca Nacional de Francia.
Los hospitalarios dejan el Mediterráneo oriental
Con la toma de Rodas desapareció de aquella parte del Mediterráneo la orden de los Hospitalarios y con ella la notable flota que estos mantuvieron largo tiempo. Nadie pudo detener la ofensiva de las tropas terrestres y navales de Solimán el Magnífico, quien aprovechó la guerra en Europa entre Carlos I y Francisco I, para lanzar su ofensiva.
Tras el desastre, Carlos I facilitó la ubicación de los Hospitalarios en Malta, pero todo el Mediterráneo oriental quedó ya bajo el control de los enemigos de la fe cristiana. Los venecianos vieron mermar sus redes mercantiles y los peregrinos se quedaron sin una comunicación segura hacia Jerusalén.
Sólo en 1571, en la batalla de Lepanto, se rompería la dinámica expansiva del imperio otomano. Sin embargo, la peregrinación ya no se recuperaría, máxime cuando gran parte de Europa había quedado afectada por la Reforma protestante.
Y el burocratismo de los Estados nacionales
En el siglo XVI incidió también en el peregrinaje el burocratismo de los estados, que pretendieron controlar el paso de espías, pícaros y maleantes y en el caso de España, posibles propagadores de la Reforma.
Especial mención merece Felipe II, que impuso medidas controladoras tales como obligar a los extranjeros a llevar indumentaria de peregrino; con documentación firmada por sus prelados respectivos, y no separarse de la ruta establecida.
A los españoles se les prohibió llevar ropas de peregrinos; se les exigió licencia expedida por la Justicia ordinaria de su lugar de origen; referencias personales e indicaciones del trayecto, del que no podían alejarse más de cuatro leguas. Saltarse las normas podía suponer la pena de servir en galeras durante un mínimo de cuatro años, la primera vez. La pena se doblaba en caso de reincidencia.
Aunque en la novela del Quijote nos encontramos con un grupo de peregrinos alemanes que viajan por España “haciendo sus Américas” cantando por los pueblos y recabando limosnas para retornarlas a su tierra, la realidad es que Felipe II contribuyó, por las fechas en las que Cervantes escribió la novela, a que el flujo viajero de allende las fronteras empezara a quedar exangüe.
Deja tu comentario