La revista Peregrino, editada por la Federación Asociaciones de Amigos del Camino de Santiago, publica en su último número (223), correspondiente a febrero de 2026, la primera entrega de un trabajo de Tomás Alvarez, titulado Hospitalidad: una historia milenaria; entrega que se reproduce con autorización de dicha publicación.
Hospitalidad: una historia milenaria (I)
Por Tomás Alvarez
La acogida al peregrino siempre fue un elemento identitario del Camino de Santiago, pero el espíritu de la hospitalidad no era nada nuevo cuando, en la Edad Media empezaron a acudir gentes de diferentes países a la tumba del Apóstol, porque el valor de la hospitalidad ya estaba profundamente consolidado en lo más hondo de nuestra Cultura.

La revista Peregrino publica la primera entrega del trabajo de Tomás Alvarez, “Hospitalidad: una historia milenaria”
La hospitalidad sigue siendo hoy un elemento clave, aunque el espíritu hospitalario parece haber entrado en crisis de la mano de una ética más economicista, por una pérdida del sentido social de gran parte de los seres humanos, y también por la influencia del poderoso sector del Turismo, que desdibuja para muchos la imagen del propio peregrino, a quien algunos perciben únicamente como una persona de la que se de extraer un beneficio económico.
Afortunadamente, perviven en torno la senda de peregrinación diversas organizaciones y muchísimas personas que siguen viendo al peregrino como un ser cargado de valores y que están dispuestos a ayudarle en su marcha, porque su viaje implica una abnegación y un objetivo más grande que el de cualquier excursionista. El viaje de ocio y la peregrinación son, evidentemente, dos temas diferentes.
Desde la Asociación de Amigos del Camino de Künig creamos en 2025 el Premio Hermann Künig de la Hospitalidad, con el afán de realzar públicamente el valor de esta, y concedimos el primer galardón a la Organización de Hospitaleros Voluntarios, por ser precisamente un ejemplo extraordinario de generosidad y altruismo con el caminante que dirige sus pasos a Compostela.
Siglos de cultura de Hospitalidad
Durante el último milenio, millones de caminantes de toda condición recorrieron los caminos de peregrinación, y una inmensa red de caridad sostuvo ese flujo humano; una caridad amparada por monarcas, instituciones religiosas y civiles y –sobre todo- por un pueblo humilde y cargado de amor al prójimo; un pueblo que compartió la escasez para permitir que el viajero hiciera un camino de búsqueda y esperanza.

Peregrina con escudilla y conchas de peregrino en el sombrero y en la escarcela. Pinturas murales de la Edad Media de la Pia Almoina de la Seu Vella de Lleida. Imagen de https://www.turoseuvella.cat/es
Pero esa hospitalidad no surgió de pronto con el Camino de Santiago. Venía de mucho más atrás. Estaba “sembrada” en los caminos de todo el orbe merced a un bagaje cultural de siglos. Lo vemos al estudiar la Historia de la Humanidad y al acercarnos a la ética de las sociedades que nos precedieron.
Como habitantes del mundo mediterráneo, las primeras culturas clásicas que estudiamos en las aulas solían ser las de la antigua Grecia. Aprendimos que allí, hacia el 1200 a.C. ya había notables focos de civilización que entraron súbitamente en una Edad Oscura por el colapso de las culturas tanto micénica como minoica. Ambas cayeron, víctimas de invasiones y catástrofes climáticas que llevaron al empobrecimiento general, al abandono de centros urbanos e incluso la pérdida de sistemas de escritura. Luego conocimos que no sólo se derrumbaron por entonces dichos imperios, sino también otros como el hitita, destrozado por invasores que destruyeron la misma capital de Hattusa; el Imperio Nuevo de Egipto, que detuvo su vitalidad a partir de Ramsés II, e incluso la gran civilización surgida en torno al valle del Indo…
Son crisis que duraron más de medio milenio, y que luego dieron paso a grandes renacimientos. En el siglo VI a.C. ya surgieron en Grecia los filósofos presocráticos y allá por India o China nos encontramos con figuras como Buda, Confucio o Lao-Tse. En el V a.C. – de nuevo en Grecia- nos encontraremos con genios como Sócrates, Eurípides, Herodoto… Muchas de las grandes figuras de aquellos renacimientos culturales tuvieron una incidencia notabilísima en el mundo del pensamiento. En general sus teorías y escritos mostraron una clara orientación hacia la hospitalidad.
En el taoísmo se destacó el valor de la piedad y la entrega al otro, respetando la identidad de cada uno, pero creando una relación de equilibrio que beneficia a ambos. En el confucianismo también se planteó una profunda ética social, en la que se busca que cada ser humano se esfuerce para lograr una sociedad armoniosa y pacífica, donde primen los intereses colectivos. En este marco, también se valora la acogida y la apertura hacia el otro como elemento de mejora. De hecho, su primera virtud cardinal es la benevolencia, el amor al prójimo.
En las religiones de la India y del antiguo Irán, la hospitalidad tuvo también un arraigo profundo. En el hinduismo se demanda tratar al invitado como un enviado de Dios y se considera la hospitalidad como un deber religioso, una virtud. Por su parte, el zoroastrismo considera a la hospitalidad como un imperativo ético más que un deber de cortesía; es una necesidad espiritual, exigida por la propia divinidad porque hasta con el enemigo hay un alma común compartida.

Ulises pasa anta la isla de las Sirenas. El relato de la Odisea nos muestra magníficamente el tema de la hospitalidad en la cosmovisión griega. Mosaico del Museo Nacional del Bardo
La huella de Grecia
Las ideas de la antigua Grecia han trascendido a toda nuestra cultura occidental. Para los antiguos griegos, la hospitalidad estaba directamente relacionada con la armonía. Ellos imaginaron un sistema social regido por el equilibrio y la armonía. En la obra de Las fenicias, de Eurípides, Yocasta exhorta a su hijo así: “la igualdad une a los amigos con los amigos; a las ciudades con las ciudades; a los aliados con los aliados. La ley de la naturaleza es la igualdad”. Y ese espíritu de armonía, equilibrio y encuentro con el otro emana de la propia Religión. Zeus, el mayor representante del panteón griego, es considerado como Zeus hospitalario; protector de viajeros y suplicantes, quien incluso se disfraza de peregrino para comprobar cómo se cumple con tal mandato ético.
La importancia de la hospitalidad se comprueba muy claramente en la Odisea. En esta obra maestra descubrimos reiteradamente ese valor. Así ocurre en el viaje de Telémaco, el hijo de Ulises, cuando abandona la isla de Ítaca para ir en busca de su padre. También vemos el mandato divino de la hospitalidad cuando Ulises llega a la isla de los Feacios y se presenta, suplicante, ante Nausica, la hija del rey. La joven ordenará a sus siervas que atiendan al héroe en lo que necesite “pues todos los huéspedes y suplicantes proceden de Zeus”.
Pero hay otro ser hospitalario maravilloso que se describe en la Odisea. Es Eumeo, el porquero de Ulises, quien cuidó, alimentó, alojó y vistió a su dueño, cuando éste retornó a Ítaca de incógnito, disfrazado de pordiosero. En la misma obra, Homero nos presenta el ejemplo contrario: Polifemo; un ser odioso, no hospitalario, deshumanizado, bestial, que representa el caos y la barbarie.
En realidad, la hospitalidad se nos presenta en la obra de Homero como una virtud; una disposición personal a acoger al viajero, un ser protegido por los dioses. Pero también la podemos ver como institución «quasi sacra«; con su ritual que va desde el encuentro y el saludo hasta la partida, con los dones de la hospitalidad.
La hospitalidad en los días de Roma
Tras el apogeo cultural y político griego, sucedió el periodo conocido como helenístico, impulsado a su cenit por Alejandro Magno y sus sucesores. Entonces, en Macedonia, Grecia, Egipto y el occidente de Asia, hasta la India, se produjo una fusión de la cultura griega con la oriental.
Pero durante ese tiempo creció al oeste de Grecia una nueva potencia: Roma. Esta ciudad no sólo controló el Lacio sino que amplió su dominio a gran parte de aquel mundo helenístico. Mas el dominio romano no sería cultural, sino político. El nuevo imperio quedaría marcado por la cultura griega, en ámbitos como la filosofía, el arte y la propia religión.
La hospitalidad siguió siendo un valor importante en el mundo romano, pero con un cierto enfoque utilitarista y normativo que no se planteó en el ámbito griego. Podríamos decir que la hospitalidad en Grecia tenía un sentido personal, moral y religioso; una disposición que incitaba al ser humano a recibir al viajero fuese cual fuese; a ofrecerle comida y descanso, e incluso obsequiarle a la hora de la partida.
En Roma, en cambio, la hospitalidad pierde ese carácter personal para adquirir un matiz político y jurídico. Se trata de una alianza planteada con una visión más economicista y colectiva. Frecuentemente se ratifica mediante acuerdos y símbolos; estableciendo lazos que se utilizan para la guerra o para el comercio. Gana, pues, la mirada institucional y política y pierde en parte el contenido religioso y personal.
El cristianismo
El cristianismo, surgido en un mundo oriental, no se contagió tanto del normativismo romano sino que se planteó más en el sentido moral griego. La hospitalidad será para los cristianos una virtud que induce a favorecer al extraño, al extranjero y al necesitado; interpretando que con ello se cumple un mandato divino. La hospitalidad es un reflejo del amor de Dios.
En el Antiguo Testamento podemos encontrar diversas escenas de hospitalidad hacia el viajero. En la propia vida de Cristo podemos detectar una permanente mirada hacia el otro, al que necesita su ayuda. Y en el Nuevo Testamento vemos reiteradas alusiones a esta virtud. Destacaré la epístola de san Pablo a los Hebreos (13.2) donde dice “No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”; un texto en el que podemos detectar la alusión a la acogida de tres desconocidos por Abrahán (Génesis 18). También hallamos el mandato de la hospitalidad en san Pedro: “8-Ante todo, mantened entre vosotros una ferviente caridad, porque la caridad cubre la multitud de los pecados.9-Sed hospitalarios unos con otros, sin quejaros” (1 Pedro 4: 8 y 9).
Esa posición de apertura hacia el que llega de afuera se denotará en las propias normas de la Iglesia y en los ordenamientos monacales, que insistieron y sistematizaron la atención a los viajeros. San Benito, san Isidoro y san Fructuoso, dejaron escritas reglas en las que se recalca el deber de dar acogida a los transeúntes; instrucciones que serán esenciales para atender el peregrinaje.
Los xenodoquios
Desde el origen del cristianismo fue habitual la atención al viajero y al enfermo en casas particulares, y frecuentemente en las de los diáconos; aunque la institución más primigenia fue la de los xenodoquios.
Un xenodoquio era un centro destinado, en origen, a atender a los enfermos de la comunidad; pero pronto estos establecimientos se destinaron también a las personas sin hogar, ancianos y transeúntes. Ya en el concilio de Nicea del año 325 se estableció que cada obispo debía crear un xenodoquio en su ámbito diocesano. En lo que se refiere a Hispania, se sabe que en el siglo VI existía al menos uno de estos en Mérida, en las cercanías de la basílica martirial dedicada a santa Eulalia, adonde acudían devotos desde tierras lejanas.
El hundimiento del Imperio Romano conllevó también la ruina de las ciudades y sus sistemas administrativos y asistenciales. Con las invasiones de los pueblos bárbaros también se detuvo el mantenimiento de las vías de comunicación y se colapsó el comercio. El mundo se ruralizó, y fueron los centros monacales quienes mantuvieron abiertos espacios para la acogida a necesitados y transeúntes.

Los grandes monasterios medievales se planificaron con servicios de hospitalidad . Plano de la abadía de Saint Gall, Suiza, formado por varios pergaminos cosidos. Elaborado en Reichenau, sur de Alemania. Abbey library of St. Gallen
La hospitalidad monacal
En toda la Edad Media, la hospitalidad monacal fue clave. La regla benedictina, de inicios del siglo VI, establece que al transeúnte hay que recibirlo como al mismo Cristo. En Montecasino, donde san Benito edificó un monasterio sobre las ruinas de un templo pagano, el monje escribió sus reglas, en 73 capítulos; un ordenamiento destinado a la vida de aquel cenobio, pero que se fue extendiendo a toda Europa, y en cuyas disposiciones se establece la necesidad de atención al prójimo y de no abandonar jamás la caridad.
En el capítulo LVIII sobre La recepción de los huéspedes, se dice: “Recíbanse a todos los huéspedes que llegan como a Cristo, pues Él mismo ha de decir: huésped fui y me recibieron. (…) Al recibir a pobres y peregrinos se tendrá el máximo de cuidado y solicitud, porque en ellos se recibe especialmente a Cristo”. Establece también que ha de haber una cocina aparte para el abad y los huéspedes, para que estos no incomoden la vida de los hermanos, si llegan a horas imprevistas, y que la hospedería ha de estar gobernada por un hermano que tendrá preparado un número suficiente de camas.
Otra regla conocida es la de san Isidoro, algo posterior, en la que se dedica atención a la recepción de los necesitados, enfermos y peregrinos siguiendo un pensamiento de Cristo: Quien a vosotros recibe a mí me recibe. El santo sevillano en su Regula Monachorum insiste en que la hospedería y la enfermería estén apartadas del núcleo de la vida monacal para que enfermos, huéspedes y forasteros no perturben la paz de los monjes. En los monasterios isidorianos era el abad responsable último de cuidar especialmente de los huéspedes, para los que había un portero especial, que cuidaba de la hospedería exterior.
San Fructuoso, hacia el año 640, elaboró también una regla en la que la hospitalidad es esencial. El abad es responsable de la atención a los transeúntes, y aquellos que querían ingresar en la comunidad estaban encargados, durante un año, de realizar los trabajos de mantenimiento de la hospedería, haciendo las camas, calentado el agua para los pies, acarreando leña para el fuego, etc. El santo berciano estipula que el propio abad asista a la mesa de los huéspedes y prevé la existencia de un cocinero especial para ellos. En su regla distingue entre huéspedes estables y transeúntes, y se estipula que cuando se marchen han de recibir el viático, más o menos importante en función de las posibilidades del monasterio.
El plano de la abadía
Un documento excepcional para comprobar la importancia de la acogida al peregrino en los monasterios es el antiguo plano de la abadía de Saint Gall, en el nordeste de Suiza, cerca del lago Constanza.
Fundado por un monje irlandés en el siglo VII, el recinto abacial de Saint Gall fue muy activo durante toda la Edad Media, aunque remodelado y saqueado en siglos posteriores. En la actualidad es un edificio tardobarroco, Patrimonio Mundial de la UNESCO. De las destrucciones y saqueos se salvó un plano, del entorno del siglo IX, en el que se refleja la disposición general del monasterio. Este semeja una pequeña ciudad en cuyo núcleo está el gran templo y su claustro, en torno al cual se ubican las zonas esenciales para la vida de los monjes.
Entre los distintos apartados del plano no solo aparecen espacios para el jardín de hierbas medicinales o las eras, sino cabañas para los distintos animales, establos y zonas donde aparcar los carros. El objetivo era disponer todo de tal modo que la comunidad pudiera resolver sus necesidades allí. Básicamente, la disposición del plano estructura los 33 edificios en cuatro zonas: una para la vida religiosa, con la iglesia y el claustro; otra para la zona cultural, con la escuela, el scriptorium y la biblioteca; una zona de contacto con el exterior, para la caridad y alojamiento de viajeros, y por último el espacio de actividad económica y explotación: talleres, cuadras. etc.
Los departamentos para los viajeros están divididos en tres edificios: uno para los ilustres, otro para los peregrinos normales y un tercero para los religiosos. Salvo este último, los dos primeros –viajeros especiales y peregrinos– se hallan a la entrada, cerca de la iglesia y los establos, en los que los recién instalados podrían dejar sus animales, si no llegaban a pie.
El plano, de excelente factura, no nos deja dudas sobre la capacidad de planificación de aquellos monjes del siglo IX, ni de su preocupación por la atención a los viajeros, una preocupación que heredarán los cluniacenses, cistercienses y demás órdenes que fueron apareciendo a lo largo del tiempo y que contribuirían a transformar las grandes rutas de toda Europa en sendas propicias para el viaje a los grandes santuarios.
Hispania, tierra hospitalaria
Ese mandato de atención al viajero también lo apoyó pronto la monarquía asturiana a poco de iniciarse la Reconquista. Ya en el siglo IX, Alfonso II parece haber impulsado la creación de un centro de apoyo a enfermos y peregrinos llegados a la ciudad de Oviedo. Y a partir de dicho reinado conoceremos diversas iniciativas encaminadas a la apertura de centros de atención a pobres y peregrinos, impulsadas por la monarquía y por la propia nobleza. La hospitalidad florecía en el noroeste de Hispania, a la vez que aumentaba la atracción a la tumba del Apóstol.
Esa preocupación por el peregrino sería asumida también por las órdenes militares, muy especialmente la de San Juan de Jerusalén, así como la propia sociedad civil, a través de cofradías asistenciales de pueblos y ciudades. De esta forma, los distintos ámbitos sociales se implicaron directamente en sostener la hospitalidad desde la Edad Media
En el ámbito hispano, ese espíritu abierto hacia quien llegaba de otras tierras nunca fue extraño. A este respecto cabe recordar un texto de Diodoro de Sicilia historiador griego del siglo I a. C, quien residió en Roma en los momentos en los que esta ciudad emergió como potencia mediterránea. Este autor alaba la la filoxenia (filos=amor y xenos=extranjero) de aquella sociedad celtibérica donde se acostumbraba a dar generosa acogida al viajero recién llegado: “Los celtíberos –escribió- son crueles con sus enemigos, pero con los extranjeros se comportan muy amablemente. Todos les ruegan que tengan a bien hospedarse en sus casas y rivalizan entre ellos en la hospitalidad”. El autor griego afirmaba que aquellos que atendían a los forasteros gozaban de gran predicamento, considerándolos como individuos amados de los dioses.
Las necesidades del peregrino
Desde el origen de la peregrinación santiagueña fue habitual que el viajero se preparase adecuadamente para tal recorrido. El cántico medieval alemán conocido como Von sant Jacob comienza precisamente advirtiendo de esos preparativos:
…Procúrese dos pares de zapatos,
escudilla y cantimplora.
Proveerse ha de sombrero de ala ancha,
y una capa bien forrada de piel,
para que cuando esté en descampado
no le pase la humedad,
igual si llueve, nieva o sople el viento.
Añada la esportilla y el bordón,
no olvide la confesión,
confesión y contrición.
Respecto a este último punto, cabe recordar que en el inicio de la marcha se realizaba en muchas ocasiones una ceremonia en la que el propio obispo, abad o autoridad del templo local, bendecía a quien partía hacia Compostela. También se bendecían sus pertenencias, entre ellas el bastón que, tal como indica el Códice Calixtino, era “sustento de la marcha y el trabajo (…) tercer pie para sostenerse, elemento de defensa y símbolo de la fe”.
Además, fue común proveerse de documentos para acreditar la condición de peregrino; documentos especialmente utilizados por caballeros de la nobleza que incluso marchaban con credenciales signadas por monarcas o el propio papa, que les sirvieron para acceder fácilmente a las cortes de los reyes y a los palacios de los dignatarios civiles y religiosos.

Una sencilla terracota, diseñada por la ceramista Marta Rivera, e inspirada en una antigua ilustración de la guía de Hermann Künig, para reconocer el Premio de la Hospitalidad en el peregrinaje.
La guía de Hermann Künig y la hospitalidad
En el año 1495 en el taller de Mathias Hupfuff, de Estrasburgo, se publicó la primera guía orientada a los peregrinos jacobeos, con el título de Die walfart und Strass zu sant Jacob. Fue un texto absolutamente sintético e innovador, escrito en un tiempo a caballo de la Edad Media y el Renacimiento, en el que brilla especialmente la preocupación por el viajero y la hospitalidad.
La literatura de viajes a Compostela del siglo XV es excepcional. En ella se inscriben los textos del obispo armenio Martiros de Ardzenjan, de Felix Fabri de Ulm; de Nompar de Caumont, de Arnold Von Harff, de Sebastián Ilsung. Leo von Rozmithal, Jerónimo Münzer, Hermann Künig, etc. Habitualmente, en los testimonios de estos viajeros se observa una auténtica pasión por el conocimiento y los viajes; una pasión que preludia los grandes descubrimientos del siglo XVI. En general, son relatos que tienen un enfoque testimonial y en ellos se aprecia cómo el espíritu medieval se va sustituyendo por el renacentista.
La primera guía del Camino de Santiago y la hospitalidad
Pero, por primera vez en la historia de la literatura santiagueña, el relato de Künig se plantea de una forma diferente. Está enfocado al lector. Se dirige a él como peregrino; le habla en segunda persona para aconsejarle no sólo en lo material sino en el estado anímico: “Empezarás el camino con alegría”, le indica al inicio.
Este diálogo con el lector, al que llama “hermano peregrino”, es absolutamente nuevo en la literatura odepórica. Künig se dirige a él, le informa y casi emplea un mensaje imperativo (tú debes) para encaminarle hacia un camino o un centro en el que será atendido caritativamente.
Frente a los escritos odepóricos de la pléyade de autores del siglo XV, el de Künig va directamente a informar al viajero de lo que necesita saber para hacer el viaje con seguridad: los caminos, las distancias, la atención en los albergues, los puentes, los peajes, las fronteras, las divisas, la provisión de alimentos… El objetivo es que el peregrino avance con seguridad, llegue y retorne con vida. Lo explica Künig casi al inicio del librito, donde, tras recomendar la oración, pasa directamente al cuidado del propio cuerpo:
“Quiero en este describir los caminos y pasos/y todo aquello que cada hermano de Santiago/debe prever para beber y comer”.
El monje alemán escribe para un lector sencillo, que va a pie y tiene que aprovisionarse de vino y pan para algún tramo duro; que encuentra ciudades donde puede arreglar el calzado o adquirir recuerdos; lugares donde ha de estar atento al cambio de moneda y a la posible estafa en el peaje. A veces también informa de la calidad de la acogida.
Por esta característica hospitalaria, cuando en el año 2025, planteamos la concesión de un galardón a la hospitalidad le dimos el nombre de Premio Hermann Künig, “en razón a que este monje alemán, autor de la primera guía para el peregrino concibió su obra como una herramienta esencial para orientar los pasos del peregrino (…) con el objeto de que este pudiese avanzar por el Camino gozando de seguridad y hospitalidad”.

Una dama elegantemente vestida abre su puerta al caminante; un peregrino a Santiago que le entrega un poema. Ilustración del siglo XV, del Códice Manesse/ Heidelberg, Universitätsbibliothek Heidelberg.
Peregrinos de distintas clases
El viaje a Compostela no presentaba la misma dificultad para todos. Reyes, nobles y mandatarios eclesiásticos podían ir de palacio en palacio; recibiendo banquetes y regalos. Cosme III de Medici lo comprobaría en su viaje de 1668-69: si en Madrid lo recibió la familia real y le obsequiaron con un lujoso baúl con clavos de plata, una vajilla de plata para el chocolate y una cuantiosa provisión de “panes y pastillas” para elaborar la bebida, en Santiago de Compostela, el arzobispo le obsequiaría con veinte cubos de ostras, aparte de una sustanciosa provisión de cajas con conservas diversas, pescados y jamones.
En el caso de los reyes, estos solían hacer el viaje con comitivas de cortesanos, servidores, carruajes con viandas y repuestos e incluso rebaños de ganado. Los nobles y mandatarios episcopales apoyaban su marcha con unas mulas en las que llevaban vajilla y alimentos.
Tradicionalmente, clérigos y frailes gozaban de un respetable estatus que les permitía pernoctar en los centros religiosos o en las casas de los párrocos rurales. Pero las más de las veces, los viajeros eran de posición humilde.
La gente sencilla en la mayoría de los casos peregrinaba sin una buena intendencia previa, ni siquiera con una provisión económica para realizar un viaje muy largo. Para este tipo de viajeros, lo básico era contar con algo de pan, aunque fuese negruzco, elaborado con el salvado, o mezcla de otras harinas de leguminosas, y un lugar en el que dormir. Se confiaba plenamente en la caridad. En el propio Códice Calixtino se aconsejaba la pobreza en la peregrinación: “porque los mismos apóstoles fueron peregrinos a los que envió el Señor por el mundo sin dineros ni calzado”.
Las redes de apoyo al viajero
La densa red de monasterios y conventos era básica para sostener ese flujo de peregrinos. Pero los mayores trechos del recorrido correspondían a ámbitos rurales, donde los viajeros humildes habrían de recurrir a la mendicidad por las casas campesinas; casas pobres pero en las que se compartía todo, incluso en muchas ocasiones un suelo de tierra para dormir sobre él …y el hambre.
La gran red monacal solía disponer de espacios para dormir, pero en los núcleos rurales la red hospitalaria era deficiente, con lo que los peregrinos no sólo mendigaban el pan, sino la acogida para pasar la noche, a veces sobre el suelo de una cabaña o en algún pajar, tal como relata Nicola Albani en su magnífica crónica odepórica.
En algunos lugares de España donde no había centro de atención, existía en la antigüedad un vocal del Concejo encargado de distribuir a los transeúntes entre el vecindario. Incluso existió el llamado “bastón del peregrino” o “bastón del pobre” que el encargado entregaba al recién llegado para que acudiera con él a la casa donde le habrían de atender.
Habituados a oír maravillas de la grandiosa acogida a los viajeros en hospitales como el de Roncesvalles o el Hospital del Rey burgalés, donde no faltaba al caminante comida en abundancia, el lector puede tener una imagen falsa del viaje.
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