Los Reyes Católicos en Compostela. Isabel y Fernando, acudieron a Santiago de Compostela en 1486; en una de las peregrinaciones regias más destacadas de su tiempo.
Por Tomás Álvarez
El viaje tuvo lugar en un periodo en el que los reyes desarrollaban sus campañas contra el reino de Granada, que duraron desde el 1482 a 1492; luchas que determinaron el final del poder árabe sobre el territorio peninsular.

Cuadro de La Virgen de los Reyes Católicos, de autor anónimo, en el aparecen los reyes y sus hijos Juan e Isabel. Los cuatro viajaron a Compostela en 1486. El cuadro, del catálogo del Museo del Prado, es de fecha ligeramente posterior.
El año 1486 destacó por la toma de Loja; un éxito trascendental en el derrumbe de la frontera del reino nazarí de Granada. En aquel hecho de armas combatieron con las tropas cristianas hispanas diversos caballeros extranjeros; convocados a la cruzada por el Papa Inocencio VIII. Entre ellos estaba Edward Woodville, noble emparentado con el rey ingles, quien fue nombrado en las crónicas como Lord Scales, con un importante conjunto de soldados, muchos de ellos excelentes arqueros. Los reyes tuvieron oportunidad de volver a verlos en Compostela, porque en el retorno muchos británicos también acudieron a visitar la tumba del Apóstol.
Desde Córdoba a Compostela
El viaje a Compostela se efectuó tras aquella campaña victoriosa. Isabel y Fernando se habían instalado en Córdoba, a poca distancia del frente. Desde allí partió la comitiva hacia Compostela un 17 de Junio; viaje que tuvo un alcance religioso pero que estuvo compatibilizado con el control político de los reinos.
Como en los períodos precedentes, el territorio permanecía agitado por las luchas de poder de los grandes nobles. A la corte de Córdoba habían llegado noticias del Conde de Benavente, quien informó a la Reina de la abierta rebelión que estaba mostrando el Conde de Lemos, cuyos dominios eran extensos en Galicia y en el Bierzo.
La comitiva real fue numerosa; integrada por unas doscientas personas. En ella estaban también los príncipes; máximos dignatarios religiosos, y nobles. Los viajeros pasaron Linares y Valdepeñas; continuando en dirección norte para detenerse en Arévalo, donde a la sazón se hallaba Isabel de Portugal, madre de la propia reina Isabel. Luego avanzaron por Medina del Campo y Benavente, donde el equipo de los reyes se reforzó con efectivos militares del propio Conde de Benavente, en previsión de los conflictos con el Conde de Lemos.
Las disculpas del Conde de Lemos
Desde Benavente los viajeros continuaron hacia Ponferrada, plaza fuerte del Conde de Lemos, quien demandó disculpas por su conflictividad; acusando a su vez al de Benavente de informar torcidamente para ganar el favor real y hacerse con sus propios dominios.
El viaje continuó por Villafranca, Triacastela y Portomarín; para llegar a Santiago de Compostela el 15 de septiembre. El 6 de octubre iniciarían el camino de retorno. En el regreso, una de las paradas fue en el monasterio del Santa María del Cebreiro. La Reina, una mujer sumamente piadosa, se interesó por el milagro del Cebreiro; donó un relicario de plata a la iglesia y contribuyó a reactivar el centro monástico que estaba en un momento de decadencia.
Toda esta época de final del siglo XV e inicios del XVI fue muy intensa en lo que se refiere a viajeros notables que llegaron a Santiago. De hecho, pocos años más tarde de la visita de los Reyes Católicos, llegarían a la ciudad Felipe el Hermoso y Juana de Castilla; una expedición harto conflictiva y con final funesto. En el primer viaje que había hecho Felipe el Hermoso a España, pocos años antes, le había acompañado el noble flamenco Antoine de Lalaing, quien aprovechó su presencia en la península para ir a Santiago.

La peregrinación de Felipe el Hermoso a Compostela tuvo lugar en su segundo viaje al territorio hispano, como Felipe I de Castilla. Composición con la nao Victoria de un mapa de Ortelius, publicado en la web www.helmink.com / Wikimedia commonsLa densidad de grandes viajeros hacia Compostela era en aquel tiempo muy notable. De ello tenemos constancia en las crónicas de viaje del obispo armenio Martiros de Arzendjan, del noble polaco Nicolás von Popplau; del islandés Björn Einarsson; del barón bohemio Leo von Rozmithal; de los germánicos Sebald Ritter, Jorge de Ehingen, Sebastián Ilsung, Arnold von Harff, Jerónimo Münzer y el texto de Hermann Künig, autor de la primera guía escrita para los peregrinos a Santiago.
Los Reyes Católicos en Compostela
Por lo que se refiere a la estancia de los reyes Isabel y Fernando en Santiago de Compostela, cabe destacar la entrega a la catedral de una cruz de plata dorada con un Lignun crucis incrustado; así como un rico incensario. Fue una estadía relativamente larga, llena de actos litúrgicos y contactos con el pueblo y con los peregrinos, muchos de ellos extranjeros.
En aquel tiempo, la catedral de Santiago de Compostela estaba abierta las 24 horas del día. La familia real, incluso, pasó largas horas nocturnas en el templo, donde se sucedían los oficios y la visitas día y noche. En la visita los monarcas se percataron de la necesidad de reforzar la hospitalidad en la ciudad y determinaron la creación de un gran hospital de peregrinos. La empresa se demoró bastante porque las finanzas de la corona estaban muy ajustadas por los costos permanentes de las guerras en Granada.
Las obras del centro hospitalario se desarrollarían entre 1501 y 1511, siguiendo un proyecto elaborado por el arquitecto real, Enrique Egas.
Los monarcas también aprovecharon el viaje para acudir a Padrón y La Coruña, donde dotaron de diversos elementos a la Iglesia de Santiago.
Un reinado atento al Camino
El Camino de Santiago fue una cuestión esencial para los reyes astures y leoneses, pero la preocupación santiagueña fue menguando a partir de la unión de los reinos de León y Castilla. Esa tendencia se cortaría en el reinado de Isabel y Fernando, especialmente por la devoción de la reina.
Los Reyes Católicos siempre estuvieron muy atentos a los temas del Camino. Ya en 1478, dictaron normas encaminadas proteger a los peregrinos en algunos tramos peligrosos, en los que actuaba el bandidaje.
En 1483 pasaron unos días en Santo Domingo de la Calzada, donde contemplaron el flujo de los viajeros llegados de muchos lugares de Europa. Entonces impulsaron el hospital de la ciudad y restauraron el puente sobre el rio Oja.
Durante aquel reinado, la Orden de Santiago pasó a depender de los monarcas, y ellos ordenaron la creación del gran edificio de de San Marcos, en León, como sede central de la Orden; un monumento notable. La magnífica fachada es de Martín de Villareal y el interior de Juan de Badajoz; en el conjunto hay obra de Esteban Jordán y Juan de Juni.

Dos grandes obras de los Reyes Católicos en el Camino de Santiago: el Hospital de Santiago de Compostela (arriba) y San Marcos de León. Imágenes de guiarte.com
Como nota cultural de interés cabe señalar que en el viaje de regreso de Compostela, los reyes pasaron por Salamanca. Allí Antonio de Nebrija expuso a la Reina su proyecto de escribir una Gramática Castellana, obra que publicaría en 1492.
Precisamente, Nebrija publicaría en 1491 un poema de 75 hexámetros, en latín: Peregrinatio Regis et Regina at dium Jacobum. En él recoge datos del momento político en el que se produce la historia; una breve exposición de la leyenda del viaje del cuerpo del Apóstol en la barca, y de la reina Lupa; y una oración de la Reina a la Virgen a Santiago, demandando la conquista de Granada.
En un artículo de Teresa Jiménez Calvente, en una publicación de la Universidad de Murcia (disponible en internet), podemos ver el contenido de aquel poema de evidentes influencias homéricas, en latín y castellano. La traducción es la siguiente:
Cuando se acallaron los problemas gallegos, el primer cuidado
de los justos soberanos fue cumplir sus promesas con Santiago:
de todos los santos, es a éste al que la gente hispana invoca
como patrono en los peligros y al que adora, en la guerra, casi como a un dios.
(5) Y levantaron para él un enorme templo de sólido mármol
en los confines de Artabria y, ya levantado, se lo dedicaron.
Pues cuentan que, acogido ya Cristo en la sede celestial
y después de que sus discípulos se esparcieran por el orbe entero,
fue éste el primero en morir por orden cruenta de Herodes tirano.
(10) Sus discípulos, llorosos y llenos de odio a su rey, su linaje y su patria,
determinan abandonar aquellas tierras crueles,
testigos de la muerte del Señor y de su asesinado maestro;
y así, pusieron su cadáver en una barca,
sin saber dónde les llevarían los hados, dónde podrían parar.
(15) Y conducidos sin remos por las ondas del Mediterráneo
alcanzaron el hesperio Calpe con Euro propicio;
desde allí, a través de las espumosas olas del estrecho hercúleo
y de los oleajes de océano son llevados, con el soplo del Austro,
hasta tocar los puertos abrigados de Artabria.
(20) Entonces un príncipe romano el gobierno de Hispania tenía,
aquel bajo cuyo reinado nuestro Salvador, Jesús,
por propia voluntad muriendo, alivió los pecados humanos.
Pero aquel rincón y región sometida al Cauro
obedecían totalmente a Lupa, a la que sus costumbres habían puesto nombre.
(25) Ésta, después de ver los milagros del discípulo de Cristo
y de obtener de las aguas lustrales el signo de la fe,
cedió la casa de sus ancestros para túmulo de su huésped.
Desde entonces se veneran el honor y el templo de Santiago,
y no sólo los cristianos vecinos, sino que los que llegan de tierras remotas
(30) lo visitan llenos de devoción:
el cántabro, el vascón, bretones y britanos,
y el que habita en Tule con los que en Hibernia moran,
teutones, galos, griegos y latinos también,
y cualquier pueblo sabedor de que Cristo ha nacido.
(35) Y tras la tierra que Jesús holló con sus plantas
y la que fue regada por la sangre de Pedro y de Pablo,
no hay lugar más sagrado en el orbe entero
por su venerable majestad. Allí colgados pueden verse
los grilletes de cautivos liberados, sus esposas y cadenas de hierro
(40) y, con los grillos que se llevan en los pies, las bolas de metal pesado.
Allí retratos, allí imágenes de aquellos hombres
a los que el compañero de Cristo rescató de la muerte.
Después de que una inmensa piedad, sin recordar sufrimientos,
los trajese hasta aquí, ambos postrados en tierra
(45) pronuncian sus promesas y veneran los umbrales del templo.
La reina, en primer lugar, dice su plegaria de lo más profundo de su pecho:
«¡Oh, gloria de España, salvaguardia de todo lo mío,
al que los españoles veneramos primero, a quien nuestros mayores
siempre vieron como patrono en sus pesares
(50) y, por no citar a aquellos cuyo testigo es la antigüedad,
siendo tú su general, tú su compañero, siendo tú soldado
y alférez, en más de una ocasión mi armipotente esposo quebró los muros,
destruyó las aldeas de los moros, sus fortalezas destruyó,
que eran sólidas por su enclave y por la humanal labor.
(55) En más de una ocasión, superó con horrendo Marte
a los púnicos pueblos fieros y vio montones de cadáveres,
aunque difícilmente el autor de las heridas podía ser uno de los nuestros.
Testigo es el Singilis, que tempera con su dulce onda
las aguas del Betis, de sienes coronadas por el árbol de Palas;
(60) testigo es el Lete, que trae los olvidos del estigio Leteo,
y testigo es, con Mentesa, Cástulo, oriunda del Parnaso,
y Munda, no fama última del esfuerzo de César,
testigos mil lugares rescatados de las manos del enemigo
y entregados a los cristianos, donde a los santos consagró templos
(65) que habían sido de la profana ley de Mahoma.
Por ello, aunque yo no pueda agradecértelo como mereces,
al menos me queda estar siempre contigo obligada,
y dejar, entretanto, una prenda de mi gran devoción
y un recordatorio, testigo de mi ánimo.
(70)Te ruego que aceptes, santo mío, este pequeño presente de mi parte,
y si, por caso, llego a ver con mis propios ojos las murallas de Granada
vencidas por la mano de mi esposo y con tu ayuda,
entonces, en mitad de la ciudad, te dedicaré un templo,
y expulsaremos de nuestras costas
(75) a ese pueblo profano con sus ritos sagrados y con su Mahoma.
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